América Latina. Telos y Carácter


Introducción

 

Entendiendo carácter en su significado originariamente griego de ethos como morada, intimidad y lugar donde se habita, el presente ensayo busca proponer un carácter latinoamericano constituido fundamentalmente por una lengua común, una fe y un pasado ibérico que todos los pueblos latinoamericanos comparten. Dicho carácter se convierte en potencia en continua actualización y su aceptación sincera, sin resentimientos ni negaciones de ninguna clase, es decir, aceptando todo lo que se es, permitirá al pueblo latinoamericano lanzarse hacia una meta que está en plena sintonía con su identidad y no puede entenderse sin su asimilación. La noción de carácter que brinda la psicología servirá de base para este trabajo y lo acompañará en cada una de sus etapas:

Constituye lo que en el hombre es anterior a su historia; lo sólido y permanente; lo que resiste al cambio y es susceptible por consiguiente, al menos en la medida en que logramos conocerlo, de proporcionarnos las bases estables en qué apoyar la deducción, si no de los actos del hombre considerado, al menos de las condiciones más profundas que los hacen posibles y determinan la línea general de su conducta (Grieger 1963 22, énfasis mío).

Lo mismo que en clave antropológica, no se puede responder a la pregunta “¿hacia dónde voy?” sin antes responderse con todo lo que esto implica: “¿Quién soy?”. El descubrimiento de la propia identidad toma importancia si se considera con Bauman que la identidad es “la verdad de la existencia que todavía no ha llegado, que constituye una tarea, una misión, una responsabilidad. Al igual que los demás estándares, la identidad permanece obstinadamente por delante: es preciso correr hasta quedarse sin aliento para alcanzarla” (2001 91). En la posmodernidad no es posible hablar de un principio al cual ser fiel y en el que cobra sentido la búsqueda de la identidad, su loca carrera “hacia lo que está por venir” desemboca en el absurdo de no encontrar un referente, un norte. Con este breve discurrir se pretende demostrar que al hablar de Latinoamérica sí se puede encontrar dicho principio y es este el que indica a los latinoamericanos cuál es el horizonte, cuál es la meta o telos en la que se vinculan su origen, su tradición y su destino, este principio está marcado por el carácter mestizo, por la síntesis que no solo es étnica sino también cultural, “espiritual” (cf. Wagner de Reyna 1949 66).

En resumen, el presente ensayo propone que la historia, la lengua y la religión son elementos constitutivos que van configurando una cultura particular. La pregunta por la identidad de América Latina debe dirigirse a su matriz cultural si quiere encontrar una respuesta válida. Ese es el núcleo del asunto. Los Estados nacionales que se configuraron en el siglo XIX tienen un sustrato común que es una cultura, cuyos rasgos generales se fueron perfilando al correr del tiempo en un impresionante proceso que se dio de manera semejante en toda Iberoamérica, incluyendo algunas regiones más al norte, como California, Texas,La Florida, Nuevo México y otros territorios.

La Fe, el Fruto Maduro de una Evangelización Constituyente          

Al hablar de síntesis en la forja de América Latina no se pretenden igualar los aportes de ibéricos e indígenas; ciertamente el concepto de síntesis da a entender que con la fusión de las dos tradiciones culturales se produjo una nueva realidad, pero en este encuentro hubo factores que jugaron un papel más importante porque estaban encima de otros. El principal factor fue sin duda la fe en el Señor Jesús transmitida a través de la Iglesia sin ignorar la importancia de los distintos planos de la vida social que contribuyeron al mestizaje y a la construcción de un carácter totalmente nuevo, heredero de España y de las culturas precolombinas.

La importancia de la evangelización constituyente en la consolidación del carácter latinoamericano no es una idea históricamente acomodada, varios son los que defienden su importancia, Christopher Dawson, el célebre historiador inglés indica, aunque en el contexto europeo, que la fe fue el elemento aglutinante que dio unidad a distintos grupos humanos del Viejo Continente:

Los pueblos del Norte no poseyeron literatura escrita, ciudades, ni arquitectura de piedra. Eran, en una palabra, “bárbaros” y solo por el Cristianismo y los elementos de alta cultura transmitidos porla Iglesia, Europa occidental adquirió unidad y forma (1995 23).

Ortega y Gasset diferenciaba con rigor el plano de las ideas y el de las creencias, “las ideas se tienen, en las creencias se está” (2002 3) afirmaba el filósofo español en 1940. Siguiendo el camino que señala Ortega, puede decirse que en el plano de las ideas es muy fácil negar la influencia de la fe o decir que fue impuesta en todos los casos, si bien este hecho es parcialmente cierto, pero las creencias subyacen en lo más profundo del carácter dando base a toda idea sobre la realidad que pueda tener el hombre latinoamericano, siguiendo a su maestro de juventud Julián Marías enfatiza en la permanencia y solidez de las creencias:

En la vida del más creador de los pensadores, las creencias ocupan el puesto decisivo… Los pueblos hispánicos, por extraña fortuna, han conservado con sorprendente vivacidad un fondo de creencias vitales que palpa todo el que tenga un poco de experiencia de pueblos, y esto es lo que les da esa realidad que los caracteriza, a pesar de sus enormes limitaciones y defectos (1986 330).

La unidad latinoamericana que pervive a pesar de las divisiones y desgarramientos a nivel económico, político y social se debe a una “matriz cultural del continente” que Juan Pablo II identificó conla IglesiaCatólica, a unas creencias comunes que configuran la forma de pensar y actuar del hombre latinoamericano, cuya aproximación al pobre y desvalido, por ejemplo, se distancia enormemente de la que tiene el norteamericano, influenciado por un pensamiento calvinista de la predestinación y la prosperidad para unos cuantos; el cristiano educado por las misiones de franciscanos, dominicos, jesuitas y otras congregaciones religiosas aprendió la caridad por la palabra y el testimonio de aquellos hombres que dieron su vida por los maltratados, enfrentándose incluso con grupos de terratenientes abusivos, cuya existencia no es legítimo negar o maquillar. El ejemplo de las reducciones jesuíticas al sur del continente tiene importancia a este nivel:

Estas fueron iniciadas hacia 1609 como una de las experiencias evangelizadoras más atractivas y que en algo recuerdan a los hospitales de Tata Vasco. En ellas se da un sistema de gran autonomía política, y parejo al proceso de anuncio dela Palabray de iniciación sacramental se produce un proceso de educación cívica y artesanal de gran envergadura. Con toda claridad se percibe cómo en las ‘reducciones’ de este tipo evangelizar es civilizar en todo el sentido de la palabra. Los desarrollos económicos de las ‘reducciones’ rivalizan con sus logros culturales (Figari 1992 56).

La fe del latinoamericano no es entonces un barniz superficial que “decora”, las velas estampadas con la cruz que impulsaban las embarcaciones hispánicas trajeron consigo las semillas del Evangelio, regadas a lo largo y ancho del continente para echar raíces con el tiempo y dar fruto en una cultura católica que aún le reza a la morenita del Cobre y ala Virgende Guadalupe. En América Latina cobran vigencia las palabras del Apóstol Pablo, quien se refiere a Cristo como “el que de los dos pueblos hizo uno, derribando de en medio el muro de separación, la enemistad” (Ef. 2,14).

Vivir en Español

La lengua es un elemento fundamental a la hora de considerar la identidad de una determinada cultura ya que referirse a ella no es sólo hacer mención de lo lingüístico, como bien lo explica Marías, cuyas reflexiones a este respecto son de gran profundidad:

El rasgo capital, abarcador y unificador, es sobre todo la lengua española. Pero cuando se habla de ella, hay que considerarla más allá de su carácter estrictamente lingüístico; quiero decir que no se trata solo de hablar, sino de vivir en español. Es algo históricamente envolvente, una forma de instalación histórica. En todo el mundo hispánico hay una comunidad de interpretaciones de lo real, de gestos mentales, biográficos, que lo caracterizan desde hace siglos, a lo largo de épocas distintas y en condiciones sociales muy diversas (1986 248).

La lengua común une al limeño en la procesión del Señor de los Milagros, al mexicano que visita a su “morenita” en Guadalupe y al dominicano que va al mercado, por ello hablaba Rubén Darío de “la Américaingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español[1]

El idioma, como antes se señaló, no sólo es relevante por su dimensión lingüística, en su núcleo mismo se crea una forma de vivir, sentir y pensar distinta a otras, con características y giros muy propios, Marías señalaba que la unidad generada por la lengua española no tenía equivalentes, ni siquiera el latín o el inglés porque el primero se dividió en un sinnúmero de romances después de la caída del Imperio y el segundo porque no ha llegado a ser lengua propia de otras razas sino de británicos emigrados a otras latitudes; en cambio, señalaba emocionado el pensador español:

En Lima, viendo- y oyendo- la procesión de San Martín de Porres-santo negro, por cierto-, entre la catedral donde está enterrado Francisco Pizarro y la maravillosa Iglesia de San Francisco, al ver a tantos millares de peruanos, con diversidad racial tan bien fundida, hablar y gesticular como en Ávila o en Sevilla, pensaba: ¡Qué contagiosos somos los españoles! (1986 290).

Al proponer a España como Plaza Mayor de Hispanoamérica, Marías reconocía la importancia del español a la hora de considerar la viabilidad de este proyecto, pues esa forma de vincular pensamiento y realidad que es la lengua, marca profundamente el carácter de un pueblo porque permea toda su herencia (definiendo así el temperamento) y se hace constantemente manifiesto en su ambiente[2].

Vivir en español es compartir una estructura narrativa de la existencia que no respeta los cánones del europeo sino que sigue un orden arbitrario y fragmenta  el tiempo a la manera de algunos relatos de Cortázar, es mezclar lo mítico con lo real de forma muy natural y sin poner motes ni etiquetas como “realismo mágico”; vivir en español es más que hablar en dicho idioma, pues implica dejarse sumergir en lo surreal de este continente de la esperanza, ingresando en su lógica sin exigirle que se acomode a ideas ni esquemas traídos de otras latitudes, es interpretar la realidad con la mente del indígena y con las palabras del conquistador, penetradas por el dialecto de los nativos que las transforma en un nuevo español, que si bien comparte las raíces ibéricas está enriquecido por la experiencia del mestizaje. Este fenómeno de la lengua encuentra una poética descripción en las palabras de Santos Chocano: “la sangre es española, incaico es el latido”.

El valor unificante de la lengua queda reafirmado por Carlos Fuentes, quien en su libro En esto creo hace una maravillosa definición de Iberoamérica, dando enorme valía al castellano:

Hablamos la segunda lengua occidental, la cuarta lengua mundial: el castellano, idioma de quinientos millones de hombres y mujeres. Las diferencias están allí. Los nacionalismos y los regionalismos crean sombras aquí, dan luces allá, establecen matices en todas partes. Pero la lengua une. Treinta millones de norteamericanos hablan español (2002 133, énfasis mío).

Por mucho que se pueda criticar la acción del hombre español en América, es innegable que dejó el legado de su lengua, con la cual se escriben esas mismas críticas, negar la herencia o querer negarla no la anula automáticamente, la mirada reconciliada y objetiva de nuestra historia nos enriquece más que las negaciones y los odios con que a veces hemos leído el pasado mestizo del “continente de la esperanza”.

 

La Raza Cósmica

La conciencia del mestizaje ha estado presente en la reflexión de importantes pensadores latinoamericanos. Ya a finales del siglo XIX José Martí hablaba de “nuestra América mestiza” (1971 162). Algunos años más tarde el mexicano José Vasconcelos acuñará el término “raza cósmica” para expresar esta realidad. Desde el Perú José dela RivaAgüerose refiere al “mestizaje viable y progresivo, el cruzamiento indo-español en que estriba el americanismo” (1960 29). El venezolano Mariano Picón Salas opina a su vez que “contra el hispanismo jactancioso y contra el indigenismo que querría volver a la prehistoria, la síntesis de América es la definitiva conciliación mestiza” (1944:17-18). La realidad latinoamericana se explica para el pensador peruano Víctor Andrés Belaúnde desde el concepto de “síntesis viviente”, que no se entiende como un mestizaje únicamente a nivel étnico sino que se hace cultural, e incluso espiritual, como antes se indicó. A través del lente de análisis que le ofrecen las ciudades, José Luis Romero describe el proceso de mestizaje:

Medio siglo antes de la independencia las ciudades latinoamericanas comenzaron a ser inequívocamente criollas, y asumieron su realidad social y cultural. Por eso comenzaron a ser auténticas e iniciaron su verdadero proceso continuo y coherente de desarrollo, dejando atrás la artificiosa estructura de la ciudad hidalga (1976 120).

Romero ve en la ciudad un proceso que no es el de la imposición, como algunos defensores de la leyenda negra afirman tercamente, resistiéndose a las realidades históricas y a pruebas irrefutables como lo son las ciudades criollas. El concepto de “sincretismo” que Fuentes utiliza para describir la religión mestiza, parece ser la herramienta de Romero en su ejercicio analítico sobre las ciudades y las ideas en América Latina:

Comprar y vender eran funciones que intercomunicaban y durante un instante equiparaban a los dos términos de la operación. Quizá por eso repararon tanto los viajeros y observadores en el papel de las mujeres que llenaban las calles y el mercado, cada una de las cuales volvía luego a su núcleo con algo de lo que había comprado, pero también con algo de lo que había oído y aprendido. La mulata o la mestiza observaba los vestidos, las costumbres y el lenguaje de su cliente de buena posición y procuraba imitarla; pero su cliente aprendía los usos vernáculos y populares y terminaba gustando del encanto de los colores vivos que ostentaban las ropas de las gentes del pueblo, de sus platos preferidos, de las palabras vernáculas que incorporaba al español, de los giros linguísticos que inventaba el ingenio popular:

 

Verás en la mayor plaza

Golpes de finos conceptos

En cualquiera verdulera

En cualquier carnicero

(1976 138).

A la síntesis originaria antes descrita se sumarán posteriormente la influencia africana y asiática aunque en menor proporción. Lo africano y lo asiático pudieron integrarse por el hecho de que el mestizaje, como se ve, nunca ha sido cerrado y excluyente, sino abierto, invitando a la reconciliación e integración antes que a la separación o exclusión. Es claro, por lo demás, que el encuentro entre la tradición cultural europea y la indígena no fue simétrico. Hay efectos diferentes, sin embargo el mundo de ambas se remecerá y sufrirá profundos cambios. La aceptación de la presencia del otro obligará a dar cuenta de esa nueva presencia, generando importantes transformaciones en cada cual. Fueron los ibéricos quienes conquistaron a los nativos americanos y no al revés, pero si para los segundos se trató de una sorpresa que transformó radicalmente su forma de vida, para los primeros un fruto importante del encuentro fue la llamada “duda indiana” en la que tienen gran relevancia las aportaciones de Fray Francisco de Vitoria, Suárez, Sepúlveda y el Padre de las Casas, son dos mundos que se encuentran y desde aquel momento ninguno de los dos es lo mismo. Deliciosa pregunta, según José Guillermo Ánjel es aquella de ¿qué pasó con los indígenas que viajaron a España para ser conocidos por los Reyes Católicos? El literato puede fantasear con esta escena pero cualquiera se da cuenta de que es la metáfora perfecta de que Europa también fue transformada, porque fue “completada”.

Si bien somos una “raza cósmica”, la síntesis no está acabada pues “estamos siendo”, como le gustaría recordar al maestro Fernando González, sin embargo, es fundamental entender el carácter, aquellos rasgos que permanecen, que son fundamentales, que dan esencia y sustancia a la identidad, hoy que tantos quieren derrumbar dichas categorías impidiendo así la solidez que se requiere para abrirse al mundo sin perder la autenticidad tan buscada en nuestro continente.

Conclusión

El telos del hombre americano no le corresponde preverlo a un simple ensayo, pero lo que se ha querido defender en este breve e incompleto trabajo investigativo es que es imposible pensar en un destino si no se tiene claro el carácter, esa morada íntima, ese hogar que define, ese sello imborrable que no se puede negar de manera tajante desde la teoría. Fe católica, lengua española y mestizaje dan consistencia al carácter latinoamericano y son los elementos insoslayables si se quiere hacer una lectura no acomodada de la identidad del hombre que habita y que ha echado raíces en el Nuevo Continente.

“Hasta cuando somos ateos, somos católicos” (2002 133) decía Fuentes con inestimable acierto, pero no sólo con el aspecto religioso vislumbramos lo inamovible de nuestro carácter, siempre que se quiere aparentar lo que no se es, siempre que se quiere ceder al afán globalizador de las sociedades contemporáneas, que en un esnobismo absurdo y simpático (simpático porque absurdo) quieren igualar e imponer esquemas de pensamiento, sale el “indio”, sale el “español” que se lleva dentro, sale lo que a veces se quiere ocultar por complejos, que como toda falta de valoración o estima personal, son irracionales. Es en el carácter y en su aceptación reconciliada donde América Latina puede encontrar un telos común y avanzar en su historia sacudiéndose de una inercia que es natural a quien no sabe quién es y por tanto no reconoce hacia dónde va; la unidad, fruto de un reconocimiento sincero y sin adornos ni ocultamientos será la que librará de la tragedia que ya antes de la Segunda Guerra, Ortega y Gasset auguraba para Europa. A cada quien corresponde suplir los peligros que en la época eran posibles para las naciones más allá del Atlántico con las posibles amenazas para Latinoamérica, si se resiste a la unidad y prefiere la fragmentación aniquilante, que tal vez fue la pesadilla de los libertadores:

La unidad de Europa como sociedad no es un ‘ideal’, sino un hecho y de muy vieja cotidianidad. Ahora bien: una vez que he visto esto, la probabilidad de un Estado General europeo se impone necesariamente. La ocasión que lleve a término súbitamente el proceso puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico (Marías 1986 250).

 

Carlos Andrés Gómez Rodas 


Bibliografía

 

Bauman, Zygmunt. La posmodernidad y sus descontentos. Madrid: Ediciones Akal, 2001.

Belaúnde, Víctor Andrés. La Síntesis Viviente. Madrid: Cultura Hispánica, 1950.

de la RivaAgüero, José. Afirmación del Perú. Fragmentos de un Ideario. Lima: Publicaciones del Instituto Riva Agüero, 1960.

Figari, Luis Fernando. Evangelización, Promoción Humana y Reconciliación. Lima: VE, 1992.

Fuentes, Carlos. En esto creo. Barcelona: Seix Barral, 2002.

Grieger, Paul. Estudio Práctico de Caracterología. Medellín: Bedout, 1963.

Lora Risco, Alejandro. La existencia Mestiza. Ensayo para una lógica y una psicología de América Latina. Santiago de Chile: Pacífico, 1962.

Marías, Julián. Hispanoamérica. Madrid: Alianza Editorial, 1986.

Martí, José. José Martí. Páginas escogidas.La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1971.

Ortega y Gasset, José. Ideas y Creencias. Buenos Aires: Acroworld, Primera edición digital. 2002

Picón Salas, Mariano. De la conquista a la independencia. Tres siglos de historia cultural hispanoamericana. México: Fondo de Cultura Económica, 1994.

Romero, José Luis. Latinoamérica. Las ciudades y las Ideas. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 1976.

Vasconcelos, José. La raza cósmica. México: Espasa Calpe, 1997.

Wagner de Reyna, Alberto. La filosofía en Iberoamérica. Lima: Imprenta Santa María, 1949.


[1] Las palabras son del poeta nicaragüense en su Oda a Roosevelt publicada en 1904

[2] Temperamento y ambiente son los elementos constitutivos del carácter. (cf. Grieger 1963 23)

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