¿Por qué es importante filosofar? Vigencia y Actualidad de la Pregunta por la Verdad


¿Por qué es importante filosofar?

Vigencia y Actualidad de la Pregunta por la Verdad.

 

El Papa Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio hace una afirmación atrevida a primera vista y quizá algo molesta para el estudioso especializado de la filosofía: “Cada hombre es en cierto modo, filósofo y posee concepciones filosóficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visión global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia”[1]. Con esta interesante apreciación el reconocido filósofo y teólogo de nacionalidad polaca señala implícitamente la necesidad y sempiterna importancia del quehacer filosófico ya que la existencia, el rumbo vital que cada uno toma depende de la respuesta que dé a preguntas fundamentales paradójicamente cada vez más ignoradas y olvidadas como ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué me corresponde hacer? ¿Qué es lo bueno? y filosofar, en esencia, no es otra cosa que eso, dejarse maravillar, seducir e interpelar por ciertos asuntos que se transforman en interrogaciones que el hombre se autoformula.

Un mundo globalizado en el que todo está al alcance de un click y sobreabunda la información (que no necesariamente es buena información) parece haber generado paulatinamente en el hombre una pérdida del asombro, de esa maravilla ante las cosas que antiguamente despertó en los presocráticos la inquietud por conocer el principio (arjé) de la naturaleza. Es a raíz de esta situación que la filosofía parece cada vez más un ejercicio inútil que desperdicia preciado tiempo, el mismo que podría utilizarse en cuestiones de tipo práctico, las cuales generan un resultado visible, material, evidente, sin embargo, estos mismos procedimientos utilitarios remiten a las  preguntas fundamentales antes mencionadas pues ¿para qué se esfuerza el hombre? ¿Qué sentido tiene esa carrera loca hacia el “progreso” si no sabemos a dónde vamos y cuál es nuestra meta? Avances científicos, técnica y desarrollo sin reflexión y más aun sin pasión, dejan al hombre frente al tedio en el que hoy se encuentra, al borde del sinsentido y la desesperación; fenómenos como el stress, la depresión y el suicidio (sobre todo entre jóvenes) demuestran que un esfuerzo desmedido en el “hacer” sin la pregunta previa por el “ser” desemboca necesariamente en la “náusea” ante la existencia que ya Sartre describió con maestría en su obra[2].

Habiendo quedado claro que en la vida humana abundan las preguntas es válido profundizar en el ejercicio posterior, el de las respuestas. Quien se interroga con sinceridad, valentía y audacia no escatima esfuerzo alguno en hallar soluciones ciertas, sólidas, satisfactorias, no se conforma con una primera e imperfecta contestación (opinión-doxa) para irse a dormir la siesta bajo la sombra de la mediocridad, prefiere entonces indagar y soportar los rayos del inclemente sol con tal de conseguir el fruto esperado, al cual el pensamiento griego llamó sofía (sabiduría) y que no sería errado relacionar con el concepto de verdad (veritas-veritatis). El escritor inglés Gilbert Keith Chesterton afirmaba que el hombre de hoy no aspira a los ideales de antes más por miedo y aprensión que por aquel “progresismo” con el cual disfraza su pusilánime  actitud, así, si los filósofos de antes buscaban la sabiduría y la verdad, el hombre contemporáneo prefiere dimitir de tan noble ideal para decir con rostro cándido y total desfachatez que no hay que buscar una verdad que no existe sino permanecer impávidos e instalados en el reino de la opinión, aparentemente más sano y tranquilo, es aquí donde la filosofía como amor por el saber y el conocimiento cierto se presenta para darnos su mano y recorrer como nuestro lazarillo el camino oscurecido por un relativismo cada vez más arraigado en la actual sociedad.

Se habla hoy de tolerancia, pluralismo, diversidad y respeto por el otro, nunca ha estado el hombre más sensible a estas problemáticas como hoy, cuando los mass media en su vertiginoso avance abren mentes y horizontes a pasos agigantados. Válido es entonces reconocer que nadie puede cerrarse en sus prejuicios y mucho menos tratar de imponer sus puntos de vista a otros, eso nadie lo discute, sin embargo, el error está en pensar que solo el relativismo o el escepticismo como pretendida inexistencia de la verdad pueden protegernos del totalitarismo, el fanatismo y los excesos de quienes creen ser dueños de esa misma verdad. Si es cierto que todo es opinión no hay diálogo ni encuentro posible, no hay convivencia y cada quien puede permanecer en su prejuicio y su perspectiva sin considerar al otro, incluso pasando por encima de él, por el contrario, la búsqueda de la verdad y la sabiduría exigen que cada uno salga de su caverna hacia la luz donde están los demás, donde las posiciones individuales son revaluadas y sometidas a juicio, donde la tolerancia, el respeto y sobre todo la caridad son posibles, relativismo es igual a egoísmo mientras que búsqueda apasionada de la verdad equivale a solidaridad y comprensión. Es pertinente darle la palabra al filósofo alemán Robert Spaemann, que de manera bastante acertada sintetiza este mismo asunto refiriéndolo a la esclavitud, tema que despierta una altísima sensibilidad en la cultura occidental a la cual pertenecemos, hija orgullosa de los Derechos del Hombre:

  Ahora bien, si los cristianos conviven en un contexto esclavista o racista, y dicen que ese régimen es injusto, según eso podrían recibir la siguiente contestación: “Pues bien, por mi parte eso puede valer para vosotros los cristianos, y podéis entonces dejar en libertad a vuestros esclavos, pero, por favor, dejad en paz a los demás con vuestras ideas”. Los cristianos tendrían que responder entonces: “No, no hablamos aquí en nombre de la Revelación; nuestra idea de los derechos humanos es válida para todos. Nosotros lucharemos contra los negreros, aunque los negreros no sean cristianos y su conciencia les permita tener esclavos. Nosotros afirmamos que, en este sentido, el negrero debe abandonar su convicción, su falsa conciencia, y dejar libres a sus esclavos”

 


[1]  Fides et Ratio nº 30

[2] “Desde los inicios de la humanidad, la acción se comprendió como un dinamismo que tiene su punto de partida en la “naturaleza” del agente, es decir, en el ser mismo de la persona, en su interioridad más profunda, manifestándose siempre en dirección a un ‘fin’ o un horizonte de sentido que otorga significado y da una intensidad particular a la acción” García, Alfredo. San José: Modelo de acción en San José ante los desafíos del tercer milenio. Lima. VE. 2004. p.161

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