La respuesta cristiana a la encrucijada del mal


El Papa Benedicto XVI ha elegido una enseñanza de la Carta a los Hebreos como tema de su mensaje cuaresmal para el 2012: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras” (10, 24). En su cuestionante exégesis centrada en la caridad, la acción para el bien y el cuidado por el prójimo, el Santo Padre alude a una enérgica frase del Papa Pablo VI: “El mundo está enfermo” (Populorum progressio, 66). La ausencia de caridad, plenitud del amor, de buenas obras y del amor fraternal deja lugar a la iniquidad y a la maldad. El mundo está enfermo, podría afirmarse, por su renuencia a forjar preceptos como los que se enseñan en la Epístola a los Hebreos.

El problema del mal se manifiesta, entre otras cosas, en infinidad de acontecimientos trágicos y malignos para las personas. También existen accidentes y desgracias naturales frente a las que muy poco podemos hacer, como los terremotos, maremotos, tempestades o enfermedades incurables. Sin embargo, Pablo VI se refería más bien a los males del mundo, a las perversidades suscitadas por el pecado del hombre, contra los cuales estamos obligados a luchar, renunciando a un complaciente e indiferente silencio.

La centuria de años que está por concluir en el 2014, y que empezó con una cruenta guerra de dimensiones planetarias en 1914, ha traído a la humanidad    asombrosos adelantos técnicos y descubrimientos benéficos, en conjunto con una profusión de maldades extremas, inducidas por pecados personales e ideologías de perversidad, impulsadas por personajes trágicos y brutales. Pensar en categorías ideológicas constituye, precisamente, una de las “técnicas” del mal, porque anula toda consideración por los sufrimientos de la persona concreta.

La prodigalidad de rupturas y atentados contra el ser humano ha ejercido una acción insensibilizadora en el mismo núcleo de la cultura contemporánea. En incontables oportunidades contemplamos con lejana indiferencia e impotencia acontecimientos trágicos y violentos que se suceden todos los días: basta con mencionar los atentados contra la vida de los que están por nacer; las persecuciones a pueblos enteros por sus orígenes étnicos, o por sus creencias religiosas; el flagelo de las guerras; y la agobiante e injusta miseria que consume a un altísimo porcentaje de la humanidad.

“La Sagrada Escritura -recordaba Benedicto XVI- nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de ‘anestesia espiritual’ que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás” (Mensaje Cuaresmal, 2012). ¿No será que nuestras dificultades, grandes o pequeñas, nos han absorbido al punto de hacernos sordos ante los gritos del pobre y el desesperado? ¿Está destinado el hombre a mecerse en la impotencia como un pequeño madero en un mar encrespado al capricho de las tormentas desatadas por acontecimientos perversos? En cierta forma la somnolencia ante las crueldades e injusticias nos vuelve co-responsables de las acciones malignas. La indiferencia permite un espacio al mal del que debería carecer. El mal se multiplica como una grave enfermedad cuando nada se le interpone. Traspasados ciertos límites, el malvado endurece su corazón, volviéndose más despiadado e implacable.

A la sombra de los acontecimientos ruines en nuestra historia moderna el pensador norteamericano Lance Morrow se preguntaba si actualmente existe más pecado y malignidad –o menos– que hace cinco años o cinco siglos. ¿Estamos ante un auténtico abismo? ¿El mundo está tornándose cada vez más oscuro? (Evil, 1991).

Este mismo autor destacaba que una de las tentaciones del hombre moderno es justamente desconocer la existencia del pecado, añadiendo la sentencia del novelista ruso Fedor Dostoiewski señalando que la mayor conquista del mal ha sido convencer a la gente de su inexistencia. Con horror Morrow aludía a ciertas tesis posmodernas y aberrantes de pensadores como Jean Baudrillard, para quien la malignidad constituía una desgracia necesaria para mantener la vitalidad de la civilización. Ideas delirantes como esta adelantadas por el pensador francés constituyen otra cara de la dimisión de lo humano.

La realidad es que la secularidad ajena a Dios se muestra incapaz de aportar explicaciones satisfactorias sobre el mal, y menos aun tiene capacidad de establecer senderos esperanzados y definitivos para combatirlo. Alejándose de la luz de la fe religiosa, que postula un Dios Misericordioso, el hombre hodierno parece empequeñecerse  con fatalismo e impotencia ante el mal, “al reino de las bestias”, en palabras del filósofo Jean Paul Sartre.

De hecho, el problema del mal ha sido empleado, una y otra vez, como argumento decisivo para negar la existencia de Dios. La lógica de la tesis manifiesta: “Si Dios existe, tendría que ser todopoderoso y benevolente. Dios no podría permitir la existencia del mal. Sin embargo el mal existe, concluyéndose que Dios no puede existir”. La falaz “solidez” de esta proposición se estrella contra un fundamento ineludible: la responsabilidad de los males anteriormente enumerados corresponde a opciones equivocadas del hombre.

El Apóstol San Pablo denunciaba a aquellos “que aprisionan la verdad con la injusticia” (Rom 1, 18). San Juan Crisóstomo, un Padre de la Iglesia, afirmaba: “¿De donde viene el mal? Ésta es una pregunta que cada uno debe responderse. ¿Acaso no es el resultado de la libre voluntad y de la elección? Eligiendo el mal, el hombre se hace agente de su propia destrucción y de las catástrofes que aquejan el mundo” (Homilías sobre la Epístola a los Romanos, 14, 5).

Para el Beato Juan Pablo II las raíces del mal se anidan en una concepción perversa de libertad, sustento de la “cultura de muerte”: Una “verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad” (Evangelium vitae, 12). Allí está el centro del drama vivido por la cultura contemporánea: “el eclipse del sentido de Dios y del hombre” (Evangelium vitae, 21). A Karol Wojtyla le correspondió sobrellevar dos de los regímenes más bárbaros del siglo XX: el nazismo y el comunismo. Amparados en sus ideologías inhumanas, los fanatizados nazistas y marxistas-leninistas degradaron a pueblos, razas y clases sociales al estado de “categorías inferiores” por sus características étnicas, creencias religiosas o diferencias culturales, justificando su opresión y exterminio.

El misterio del mal

Desde el inicio de las culturas los seres humanos han buscado respuestas ante el problema del mal. Para los antiguos constituía una realidad aterrorizante. Las religiones arcaicas solían atribuirlo a la voluntad de un ser superior, bueno o malo. En el contexto de estas visiones, el sufrimiento tenía la función de purgar las culpas de la persona humana. De esta convicción surgen, por ejemplo, los ritos expiatorios.

Algunas religiones “divinizaron” la maldad y al maligno, dándole una concreción de “representante personal” del principio malo, como adversario poderoso de Dios. Este “principio malo” se enfrenta con sus ejércitos y partidarios al principio del bien en eterna y cíclica batalla, como dos mundos opuestos y equivalentes (Ver Geo Widengren, Fenomenología de la Religión, p. 117).

En las enseñanzas judeo-cristianas el mal constituye un misterio que se introduce en la naturaleza humana, que por sí misma es buena. Una de las tentaciones comunes es creer que el mal tiene vida propia. Pero, como aclaraba el Cardenal Yves Congar en un lúcido ensayo: “Hay cosas malas, pero el mal, en cuanto tal, no existe”. El mal tiene la realidad, no de lo que es, sino de lo que no es (negación) y, de una forma más precisa, de lo que no es, siendo así que debería ser (privación). Lo malo, el mal no es del ser, es un vacío en él, una falta” (El Problema del Mal, en Dios, el Hombre y el Cosmos, p. 606).

Congar explicaba que “el lugar del problema del mal, sentido como escándalo, es el hombre en cuanto no es sólo parte de la naturaleza, sino que estima y construye por sí mismo su destino”. El eminente teólogo aludía al aspecto esencial de la naturaleza humana, la libertad: “la condición o la raíz, a la vez, del bien y del mal” (El Problema del Mal, p. 602).

El Papa Benedicto XVI definía al mal en similar dirección: “No es una criatura nueva, algo espontáneo y real que exista en sí mismo, sino que es, por naturaleza, negación, una corrosión de la criatura. No es un ser -porque el ser sólo puede proceder de la Fuente del Ser-, sino una negación. Que la negación pueda ser tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero creo que es consolador saber que el mal no es una criatura, sino algo parecido a una planta parásita. Vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo igual que lo hace la planta parásita cuando se apodera de su hospedante y lo mata. El mal no es algo propio, existente, sino pura negación. Y si me entrego al mal, abandono el ámbito del despliegue positivo de la existencia a favor del estado parasitario, del auto-carcomerse y de la negación de la existencia”(Joseph Ratzinger, Dios y el Mundo. Creer y vivir en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald, p. 120).

El problema del pecado

Aquello que se interpone entre la persona y Dios es el pecado. El mal es consecuencia del pecado. El teólogo Santos Sabugal explicaba que el mal tuvo un principio: “Destruido ese vicario señorío del hombre sobre la creación de Dios por su pecado y sometida (la creación) por él a la esclavitud de la corrupción”, se vuelcan sobre la persona y la naturaleza una serie de males que la entristecen (Credo. La fe de la Iglesia, p. 246.).

El pecado “es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1849). Es una ofensa contra Dios, porque cuando peca, la persona toma partido contra el Padre Amoroso. Mediante esta acción, el ser humano introduce en el mundo el mayor mal que pueda existir. El pecado, como ruptura, culmina por constituirse en una aversión a la voluntad del hombre para con Dios

El pecado es una fuerza inserta en el hombre que le apremia a buscar su propia satisfacción, a rechazar las exigencias de Dios, prefiriéndose a sí mismo como norma suprema y encerrándose en sí mismo de tal forma que no se abre en adelante a las exigencias de la gracia de Dios, rehusando corresponder a su amor y más bien optando por el orgullo y el egoísmo.

El pecado original

“Cuando se contemplan los males del mundo y se contrastan con la bondad de la creación, el ser humano debería contemplarse a sí mismo, y ver atrás su propia historia humana hacia esa ruptura fontal, hacia el pecado original de donde surgen todos los males”, señalaba Luis Fernando Figari (El pecado original, niveles de ruptura y reconciliación, p. 15).

En el pórtico de su historia la realidad del hombre fue distinta. El drama de estas rupturas primeras muestra algunos elementos fundamentales del problema del mal y del sufrimiento que genera. Yahvé, Dios, se revela en los primeros capítulos del Génesis como el creador de todo lo existente. El “Padre amoroso” que hizo todas las cosas con sabiduría y amor” (Sal 104, 24). Creó al hombre “muy bueno”, “a su imagen y semejanza” (Gen 1, 27).

En su plan original, Dios no consideraba el dolor. Tampoco deseaba que exista el mal. El Demonio y la trágica cooperación del hombre fueron la causa para que el mal entrara en el mundo, mediante el acontecimiento del pecado original. Cuando el hombre y la mujer desobedecen y toman el fruto prohibido en el vano deseo de “ser como dioses” (Gen 3, 5), se hacen culpables de la irrupción del pecado. El mal entró en el momento en que el hombre intentó transgredir esta verdad siguiendo al engañador, al Demonio.

La ruptura fontal recogida en los primeros capítulos del Génesis significa la negación de la vida y la desobediencia al divino Plan de Dios, suscitando aquello que San Pablo describe como el “mysterion tés anomías”, el “misterio de la iniquidad” (2 Tes 2, 7). El mal es elusivo, precisamente misterioso. Conocerlo y entenderlo en el plano sistemático o científico es complejo.  Su brutalidad aturde. Actúa de pronto, sinuosamente, perversamente, horriblemente. Podemos percibirlo en toda su ferocidad porque las personas sufren.

Aquel “eclipse” de humanidad es contestado por la promesa de Dios amoroso que quiere que el hombre reencause su vida. Anuncia a las personas caídas la reconciliación, el retorno a la amistad. Este anuncio se cumplió en la   Encarnación del Verbo de Dios.

Sendas de virtud y crecimiento espiritual como las recogidas en la Carta a los Hebreos, presentada por el Papa Benedicto XVI, colocan un dique efectivo a la sutil propagación del mal. La concentración de los pecados personales, aquellas faltas que parecen “microscópicas”, se transforman en una especie de “macro-organismo”. Solemos olvidar que todos los males respiran el mismo aire y comparten el mismo sistema circulatorio. Por eso el pecado “es un asunto serio”, juzgaba L.F. Figari. “El hombre ha hecho todo lo posible para que su realidad no lo interpele. Así, el mundo moderno suele ignorar el pecado, su existencia, su eficacia,  mucho más una cierta comunión de los pecadores, una comunión del pecado” (El pecado original, niveles de ruptura y reconciliación, p. 16).

El Evangelio: el amor como clave del sufrimiento

Paradójicamente el dolor y el sufrimiento son parte de la senda por la cual el Padre Amoroso obra la redención. Los padecimientos y la misma muerte ya no son más un “sinsentido”. Tampoco una fatalidad. El cristiano piensa en la gloria futura respondiendo al dolor con alegría. Vive un optimismo dramático, colocando su mirada en la esperanza.

El dolor y el sufrimiento adquieren sentido en el amor oblativo del Señor Jesús, Siervo de los dolientes. El Beato Juan Pablo II aludió al complejo y dificultoso problema del mal y la respuesta cristiana desde la esperanza traída por Jesucristo en el misterio de la Encarnación-Salvación:

“El límite del poder del mal, la potencia que, en definitiva, lo vence es -según explica- el sufrimiento de Dios, el sufrimiento del Hijo de Dios en la Cruz: ‘El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre otros (…) Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro orden: en el orden del amor (…) La pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro (…) Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor (…) Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación (…) El mal (…) existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo (…) de los que se ven afectados por el sufrimiento. Cristo es el Redentor del mundo: ‘Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron’ (Is 53, 5)” (Juan Pablo II, Memoria e Identidad. p. 206).

El Señor Jesús no destierra el dolor, pero lo despoja del carácter punitivo. El sufrimiento en la cruz se transforma en el “arquetipo” de todo dolor y padecimiento. Al contemplar al Señor crucificado la persona descubre el sentido del propio dolor: la redención. Jesús responde al dolor con el propio dolor. Se cumple la redención mediante el sufrimiento: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16)

¿Cómo responder al mal cotidianamente?

Nuestra vida está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (Evangelium vitae, 104). Las enseñanzas cristianas insisten en que corresponde a la persona combatir al mal y al maligno, junto al Señor Jesús, para despojar el mundo del pecado y del mal. El creyente posee el gran don de la fe: “No temáis” porque “ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 30.37).

Juan Pablo II, forjado en el crisol del dolor y la esperanza, nos enseñaba que “Dios no quiere la enfermedad; no ha creado el mal y la muerte. Pero, desde el momento en que éstos, a causa del pecado, han entrado en el mundo, su amor tiende totalmente a sanar al hombre, a liberarlo del pecado y de cualquier mal, y a colmarlo de vida, paz y alegría” (Ángelus,  13/2/2000).

Benedicto XVI, por su parte, nos convoca a cooperar con la acción redentora de Dios, conducida a través de su Hijo amado, quien vive una auténtica vida humana sin evadir pruebas y dolores. “La cultura contemporánea -explicaba el Santo Padre- parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es ‘bueno y hace el bien’ (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro” (Mensaje Cuaresmal, 2012).

Sabiéndonos amados personalmente por Dios podemos asumirnos como personas llamadas a vivir la alegría y la esperanza. Nuestra vida constituye la afirmación del valor de lo existente, de la Creación y de la confianza en la vida futura. A partir de la seguridad en Dios descubrimos que no se trata de una alegría ingenua ni de una expectativa vana. Combatamos el mal haciendo el bien y fijándonos en el otro. Confiemos en Jesucristo que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios.

Alfredo Garland Barrón

Anuncios

Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: