Fe y Ciencia: el Papa científico


El aliento de la Iglesia católica al cultivo de las ciencias naturales significó un acontecimiento trascendental para la cultura universal. Innumerables católicos, exploradores del mundo espiritual y del cosmos, comprendieron que la ciencia y la teología compartían una tarea común: el conocimiento de la verdad. Los logros obtenidos por estas personas entregadas a la ciencia y la investigación desautoriza el postulado que hace coincidir el progreso científico con la exclusión de Dios. Como lo afirmaba en 1979 el Papa Juan Pablo II, en un homenaje al físico Albert Einstein, “al cristiano nada humano le es ajeno. ¿Cómo podría desinteresarse la Iglesia de la más noble de las ocupaciones estrictamente humanas, la investigación de la verdad?” (Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 10 de noviembre de 1979).

A lo largo de los siglos aquella firme creencia, presente en la Iglesia desde sus inicios, ánimo a numerosos sabios, eruditos y científicos católicos –muchos de los cuales eran clérigos y religiosos– a laborar en el campo experimental, impulsando el conocimiento. Uno de los más destacados fue sin duda Silvestre II, el “Papa Científico”, cuyo pontificado transcurrió entre los años 999 y 1003. Su recuerdo, sin embargo, ha quedado sumergido, junto a otros incontables sabios medievales, en una injusta oscuridad, parte de la mal llamada “Edad Oscura”. No obstante, nadie mejor para personificar esta fructífera relación entre la Iglesia y la ciencia que el genial, curioso y sistemático Silvestre, a quien el historiador Brian Stock calificó como “uno de los mayores ejemplos del surgimiento de la cultura científica en el occidente europeo” (Science, Technology, and Economic Progress, en Science in the Middle Ages, p. 37).

En la época de Silvestre ninguna persona culta pensaba seriamente que la Iglesia católica tomase partido contra la ciencia. Todo lo contrario. Las matemáticas se situaban en el culmen de los conocimientos naturales porque, de acuerdo a las enseñanzas de la Sagrada Escritura, Dios había creado el mundo teniendo en cuenta sus dimensiones espaciales, su peso y medida. Para los estudiosos medievales el cultivo de las ciencias constituía una senda segura para conocer a Dios y sus designios para el bien humano.

Silvestre II creía firmemente que Dios había dotado a las personas de la capacidad de razonar para obtener mayores conocimientos. Mientras impartía cátedra en la prestigiosa escuela catedralicia de Reims escribió: “La Divinidad regaló al ser humano con un gran bien: le dio la fe, pero sin negarle la sabiduría. Los hombres justos viven de acuerdo a la fe, pero es más correcto combinar la ciencia con la fe” (Ver Nancy Marie Brown, The Abacus and the Cross. The history of the Pope who brought the light of Science to the Dark Ages).

Gerberto de Aurillac, quien sería el primer Papa francés, nació en un humilde hogar entre las montañas de la provincia auvernesa de Cantal, cuando mediaba el siglo X. Era una época particularmente cruenta para una Europa que soportaba feroces invasiones en todos sus confines: vikingos, sarracenos, magiares y hunos asediaban a los desorganizados reinos cristianos, también desvastados por plagas, sequías, hambrunas, terremotos y conflictos internos.

Muy bien familiarizado con aquellas adversidades, Silvestre tenía también otras prioridades: la enseñanza de la lógica, las matemáticas, la geometría, la astronomía y la investigación científica. Alejándose unos instantes de los acontecimientos apocalípticos que parecían ceñirse sobre el continente europeo, en el año 1000 redacta una carta a su amigo Adalboldo donde le explica el mejor procedimiento para calcular el área de un triángulo. Este pequeño tratado de geometría constituía una función primordial entre las actividades del Papa, quien había sido elegido a la Cátedra de San Pedro precisamente por la conjunción de su santidad y sabiduría.

Silvestre era ampliamente reconocido por su gran genio y admirable elocuencia, sobrepasando a sus contemporáneos por su erudición en las artes liberales, sobresaliendo como el más notable astrónomo y matemático de su tiempo. “En Gerberto -manifiesta Stock-, que conocía el astrolabio, el chilindro (un reloj de sol portátil) y la posibilidad de fijar posiciones geográficas bastante precisas a partir del cálculo de latitud y longitud, se percibe la vena pragmática del intelectual occidental dando los primeros genuinos pasos hacia la práctica de las ciencias” (Science, Technology, and Economic Progress, en Science in the Middle Ages, p. 37).

Gerberto acudió al monasterio benedictino de Aurillac para recibir una sólida educación latina, estudiando particularmente a Cicerón y Virgilio a los pies del maestro Raymundo de Laval. En su correspondencia madura citará con ímpetu tanto a las Sagradas Escrituras y a Padres de la Iglesia, como San Agustín de Hipona, entremezclándolos con clásicos romanos y cristianos como Horacio, Terencio, Boecio, Calcidio, Isidoro de Sevilla, Casiodoro, Livio, Lucano, Macrobio, Ovidio, Plinio, Quintiliano, Salustro y Tranquilus, entre los más comentados.

El primer encuentro con su vocación de científico parece que ocurre cuando el prometedor Gerberto fue enviado a España para profundizar su educación. Su destino fue el monasterio catalán de Santa María de Ripoll, cercano a la ciudad de Vich. A pesar del relativo aislamiento de Ripoll, enclavado en los montes Pirineos, el convento benedictino mantenía un intenso intercambio cultural y científico con el vecino reino islámico de Al Andalus, cuya capital, Córdoba, era cuna de una de las más majestuosas bibliotecas medievales. Sus centros de enseñanza reunían a musulmanes, cristianos y judíos, ocupados en estudiar las letras, las ciencias y la medicina, y en la traducción al latín y al árabe de obras científicas y filosóficas de autores griegos, hebreos, bizantinos y orientales.

Gerín, el docto abad de Ripoll, había aprovechado una prolongada tregua entre los musulmanes de Córdova y el Ducado de Barcelona para engrandecer la biblioteca abacial, oportunidad empleada por el recién arribado Gerberto para estudiar las nuevas adquisiciones. Gerín, descrito en las crónicas antiguas como una “estrella deslumbrante” de la cultura, y un brillante matemático, acogió al joven monje franco como discípulo, iniciándolo en las ciencias, especialmente la geometría, e inculcándole el gusto por la experimentación para comprobar los enunciados y las hipótesis.

Los tres años transcurridos en España constituyeron para Gerberto una experiencia definitoria en su vida de científico y matemático, calando hondo el afán de experimentar para validar las hipótesis. Contribuyó a su búsqueda de sabiduría su siguiente destino, Reims, donde fue uno de los principales gestores de la enseñanza y la difusión de la lógica de Aristóteles recopilada principalmente por Boecio. En aquella prestigiosa escuela catedralicia Gerberto pronunció cátedras de lógica sustentadas en Aristóteles, Cicerón y Porfirio.

Otra de las materias que Gerberto reforzó en Reims fue el clásico “Quadrivium” (Aritmética, Geometría, Astronomía y Música) cuyo valor aprendió en Barcelona junto a Gerin, así como con Atón, el Obispo de Vich, quien había asimilado los conocimientos matemáticos de los árabes de Córdoba.

Gerberto ejecutó uno de los primeros experimentos acústicos para estudiar la diferencia de sonidos producidos por los órganos de tubos de las catedrales, y la resonancia proveniente de las harpas y las cuerdas de las liras. Con tal fin construyó modelos a escala de órganos musicales y desarrolló ecuaciones que le ayudaron a entender la mecánica de emisión de sonidos.

Fue asimismo autor de un acucioso estudio sobre el astrolabio, instrumento que poseía la virtud de mostrar las horas y realizar mediciones empleando como referencia el sol y las estrellas. Incluso lo empleó para calcular la circunferencia de la tierra, que Silvestre y sus colaboradores entendían como esférica, “con la forma de una manzana”, y no plana como un disco. Sus nuevos conocimientos quedarían recopilados en su “Liber de utilitatibus astrolabii” (David C. Lindberg, The beginnings of Western Science. The European Scientific Tradition in Philosophical, Religious, and Institutional Context, 600 B.C. to A.D. 1450, p. 188).

Astrolabio

Animado por la curiosidad científica empleó unos cilindros para enfocar la vista sobre las estrellas, componiendo mapas estelares donde registraba la posición de los astros de acuerdo a su longitud y latitud. Entre las obras astronómicas más valiosas de Silvestre II está una “esfera armilar”, o astrolabio esférico, una especie de primitivo planetario, dedicado a explorar los planetas y su ubicación en el cosmos. Incluso concluyó que Mercurio y Venus orbitaban el Sol.

Otra de sus iniciativas –quizás una de las de mayor impacto para el avance de los conocimientos científicos– fue la introducción de los números arábigos entre los europeos, hecho que facilitó operaciones como la adición, la substracción y la multiplicación. Gerberto asoció los números indo-arábigos a los cálculos que podían ejecutarse con el ábaco, cuyo empleo alentó a través de tratados y manuales, convirtiéndose en el primer matemático cristiano en descartar los engorrosos numerales romanos y adoptar los nueve números arábigos y el cero.

En la perspectiva del monje y científico, las matemáticas constituían la ciencia más alta porque eran la base de las otras. Pero, a pesar del énfasis matemático, comprendió que las entidades numerales carecían de objetividad real; se trataban de abstracciones de cuerpos materiales. Su insistencia en la obtención de medidas cuantitativas exactas surgía de sus reflexiones sobre las Sagradas Escrituras, que le hablaban de la racionalidad del Creador, quien había dispuesto el número, el peso y la medida de todo.

Su inquietud intelectual siempre le acompañó. Por ejemplo, años más tarde, cuando Gerberto era reconocido como un prestigioso maestro, solicitó al monasterio de Aurillac un libro que había pertenecido a Gerín, “un pequeño volumen de multiplicaciones y divisiones de números” redactado por un español llamado “José el Sabio”, quizá el Vizir Abu Yusuf Hasdai. En otra misiva encarga un libro de astronomía de origen árabe y traducido al latín por un monje catalán llamado Lupitus. También relata a los monjes haber descubierto un tratado astronómico atribuido a Boecio, el sabio cristiano del siglo VI.

En el año 996 Gerberto construyó el primer reloj mecánico de péndulo, accionado por la tracción de pesas y engranajes. La civilización europea empleaba diversos métodos, aunque todos rudimentarios e imperfectos, para calcular el tiempo, con el detrimento de la exactitud en las observaciones científicas, la reglamentación del trabajo o los horarios de la vida litúrgica en los monasterios y parroquias. Hábil en la mecánica, Gerberto enfrentó el reto de construir aquel instrumento, el primer reloj mecánico, que indicase las horas con precisión, aceptando el pedido de la ciudad alemana de Magdeburgo para colocar el reloj en una torre de la iglesia.

Elegido Papa en el año 999 con el nombre de Silvestre II, el nuevo Pontífice se entregó a pacificar Europa y renovar la fe del pueblo católico. Con gran tesón logró atraer a la Iglesia a dos de los más temidos flagelos de la civilización Occidental: los pueblos vikingos y magiares. El siguiente paso fue la conversión de la nación polaca al cristianismo. Para este acontecimiento histórico apoyó las misiones de San Adalberto de Praga y San Romualdo, quienes lograron convertir a la fe al tenaz Rey Boleslao el Grande, quien celebró una alianza con el Emperador Otón III, decidido colaborador de Silvestre II en la edificación de la “renovatio imperi” en Europa.

Concluyendo este breve repaso de la vida de uno de los hombres más geniales de su tiempo, recordamos las palabras del Beato Papa Juan Pablo II al celebrarse el milenario de la elección al pontificado de Silvestre II: “El monje Gerberto, hombre notable, brilló singularmente en su siglo. La amplitud de sus conocimientos, sus cualidades pedagógicas, su erudición sin par, su rectitud moral y su sentido espiritual lo convirtieron en un auténtico maestro. Los emperadores y los Papas recurrieron a él. Gerberto, humanista sabio y filósofo erudito, verdadero promotor de la cultura, puso su inteligencia al servicio del hombre. Formó su mente y su corazón, buscando siempre la verdad, mediante la lectura de obras profanas y la meditación de la Escritura. Todo le interesaba; si ignoraba, aprendía; si sabía, transmitía. Con su espíritu de apertura y su gran generosidad, Gerberto supo poner sus conocimientos y sus cualidades morales y espirituales al servicio del hombre y de la Iglesia. Nos recuerda que la inteligencia es un don maravilloso del Creador, para que el hombre sea cada vez más responsable de los talentos recibidos, y sirva a los demás, realizando así su verdadera vocación”.

Anuncios

Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: