A propósito de Hugo


Hugo, la última producción de Martin Scorsese, es una película sobre la cual vale la pena detenerse unos instantes. A pesar de ser la más nominada para los premios de la Academia, al final obtuvo cinco estatuillas –un logro, por cierto, destacable– en categorías por lo general consideradas menores. No obstante, ha logrado una casi unánime crítica favorable, e independientemente de la opinión de los expertos, suscita en el cinéfilo común una serie de sugerentes reflexiones.

Basada en la novela La invención de Hugo Cabret de Brian Selznick, nos introduce no solo en los albores de la historia del cine, sino también en la grandeza del ingenio y la creatividad del hombre. La trama gira sobre un muchacho, Hugo, y la búsqueda de una respuesta frente a la muerte de su padre. Hugo recuerda mucho a un personaje de Dickens. Se trata de un niño huérfano, solitario, obligado a trabajar por un tío ebrio que finalmente lo abandona. Su historia se desarrolla, sin embargo, no en un opresivo tugurio de la Inglaterra victoriana, sino en la luminosa París de los años 30, una década efervescente que en la película se condensa en la estación de trenes de Montparnasse, vibrante de vida y movimiento en una Francia que se recupera luego de los trágicos acontecimientos de la primera guerra mundial.

La trama, que no ofrece mayores complejidades, nos hace tomar contacto con el ingenio del hombre y su capacidad para crear sueños e ilusiones. La increíble y compleja mecánica de los relojes que alberga la estación, o la referencia a los muñecos autómatas de la familia Jaquet-Droz, recuerdan, sin embargo, que muchas ilusiones elaboradas por el hombre se reducen finalmente a ingenios mecánicos. Lejos de ser una crítica, se trata por el contrario de todo un homenaje a la capacidad creadora del hombre y, particularmente, a la de Georges Méliès, gran referente en la historia del cine y personaje central de la película.

Hijo de un relojero muerto en un accidente, Hugo conocerá a Méliès, quien tras sus años de esplendor en el mundo del cine dedica su vida a la reparación de juguetes en una pequeña tienda en la estación, una víctima más de la destrucción causada por una guerra absurda. Ambos se encuentran golpeados por el dolor y el sufrimiento, pero pronto empezará una relación –ciertamente difícil al inicio– que los llevará a redescubrir el valor y el reconocimiento de su propia dignidad.

Hugo y Méliès aparecen en un principio como dos máquinas rotas por la vida, y como todo lo quebrado, apartados del sentido original de sus existencias. Ambos deberán abandonar su encierro y su soledad para caminar hacia el descubrimiento de un nuevo sentido. La película nos recuerda así que no es el hombre un complejo artefacto mecánico susceptible de ser reparado por la mano experta de un mecánico o relojero. Sí puede, sin embargo, ser sanado, y lo es de hecho por el amor, la preocupación, la entrega, el perdón y el reconocimiento del valor y dignidad personal. Hugo y Méliès encontrarán una reconciliación personal no a través de una herramienta o un artilugio mecánico, sino por medio del encuentro y el mutuo reconocimiento del intrínseco valor que cada uno tiene como persona.

Acostumbrados hoy en día a maravillarnos por los impresionantes adelantos de la tecnología y el ingenio humano, Hugo nos lleva a dirigir la mirada al hombre, creatura infinitamente más compleja y maravillosa que la más deslumbrante de sus propias invenciones. Nunca está demás reconocer el don creativo que todos poseemos, que se retrata magníficamente en la magia e ilusión que, en las manos de un personaje como Méliès, es primer paso para despertar una mirada aletargada y llenarnos de asombro. No parece ser el mensaje de la película, pero tampoco resulta errado suponer que, con la consideración del tal don, el hombre eleve la mirada a Aquel que se lo dio, y que no es el gran arquitecto o relojero de los ilustrados decimonónicos, sino el Padre que entrega todo por su creatura.

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  1. Buena interpretación de la película

  2. José Luis

    Realmente una buena película. Además del valor del contenido en la línea narrativa que mencionas, el componente estético es muy interesante. La utilización de colores, las saturaciones en los mismos, los climas fríos y cálidos, las texturas para los distintos tiempos narrativos, etc… nos revelan un estilo fílmico un poco alejado de lo que ya nos acostumbró la industria hollywoodense y nos lleva a revalorizar el arte detrás del cine (muchas veces sólo encontrada en el cine independiente)… ¿Arte o Masas? Creo que no hay oposición

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