¿Es posible hablar de valores universales?


Una reflexión a partir del VIII Congreso Latinoamericano y del Caribe de Bioética

En junio del 2011 en Viña del Mar se realizó el VIII Congreso Latinoamericano y del Caribe de Bioética bajo el título de “Bioética y Sociedad en Latinoamérica”. Entre los distintos temas que se desarrollaron destacaron bioética y pobreza, situación actual de la bioética, investigaciones y bioética, comités nacionales, fundamentación de la bioética, ética clínica y otros.

Uno de los aspectos que marcó muchas de las exposiciones y trabajos fue el de enfatizar la distancia que existe entre la propuesta anglosajona fundada en cuatro principios prima facie [1] (respeto de la autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia), más conocida como principialismo [2], y la propuesta latinoamericana que mostraba la insuficiencia e inaplicabilidad de estos cuatro principios por un lado, y por otro, destacó la necesidad de hablar de protección, valores, tradición cultural, menor desarrollo socio-económico y mayor índice de pobreza.

Dentro de la disciplina de la bioética y sobre todo en el campo de la ética biomédica, el principialismo propuesto por Beauchamp y Childress en 1979, de gran influencia en Norteamérica, pero también en Europa y otros lugares del mundo, parecía la respuesta ante los desafíos que se enfrentaban producto de los avances tecnológicos. Sin embargo, la puesta en práctica reveló la falta de prioridad entre los principios lo que llevaba a solucionar los conflictos sin el uso del principialismo; una vez resuelto el conflicto, se confrontaba con la teoría para ver cuál de los principios había predominado.[3]

Por otro lado, la cultura Latinoamericana tiene una lectura crítica de la propuesta anglosajona argumentando las grandes diferencias entre los países del hemisferio norte y los del hemisferio sur. Se habla de un mayor índice de pobreza, de un menor desarrollo tecnológico, de valores tradicionales distintos, de religiones distintas, y otros tantos factores ya conocidos que sabemos nos diferencian de los países del norte, y que por todo esto, es que no es posible importar ni aplicar el principialismo a nuestra realidad.

¿Es necesario distinguir éticas según lugar de origen? ¿Será posible hablar de una ética universal? El fundamento de la bioética es la persona humana. Ciertamente existe una ética universal fundada en valores objetivos que distinguen lo que es bueno de lo que es malo. Esto no se opone a la existencia de una ética particular, valores particulares válidos solamente para grupos determinados. El fundamento de la ética es la naturaleza humana. Entendemos por naturaleza aquello que tienen en común los miembros de la especie humana. La racionalidad, la emotividad y la libertad, son algunas de las características en común que se desprenden de esta naturaleza.

Warren Reich en 1978 define la bioética como “el estudio sistemático de la conducta humana en el campo de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud, en cuanto que esta conducta es examinada a la luz de los valores y principios morales”. Otros entienden la bioética como un espacio de reflexión y de investigación interdisciplinaria sobre los desafíos que han surgido a partir de los avances tecnológicos y médicos. Habrá otras definiciones, pero en definitiva se entiende la bioética como una ciencia que trata de definir qué es bueno y qué es malo en los actos humanos dentro del ámbito biológico-médico. Su tarea es la de orientar los actos humanos y por ello es una ciencia práctica; dado que se trata de la dirección de los actos humanos según aquello que es objetivamente bueno o malo, la bioética tiene un carácter normativo.

Al estar de acuerdo en que el sujeto de la bioética es la persona humana, ya que los nuevos desafíos surgen como resultado del trabajo del hombre, del uso de su razón, inteligencia y creatividad, se necesita una comprensión integral del ser humano desde la que podamos proponer principios que estén en sintonía con la naturaleza humana la que se expresa de manera especial, aunque no exclusivamente, en la acción. Una comprensión integral del ser humano exige mirar la triple dimensión de cuerpo, mente y espíritu, siendo esta última la más olvidada en una cultura que mira el desarrollo científico y tecnológico como eje del desarrollo humano.

Todos los tratados internacionales relacionados con los derechos humanos, desde el Código de Núremberg (1947) hasta el Informe Belmont (1979) pasando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), son la más evidente manifestación del reconocimiento del valor superior que posee el ser humano con respecto a todas las demás formas de vida, y; por lo tanto, de suma importancia el velar por su protección y bienestar integral normando y delimitando el comportamiento social. Los distintos estilos de vida que vemos hoy en día, los que podemos decir son expresión final de experiencias históricas, generan corrientes de pensamiento que no han perdido de vista lo central de la existencia: la vida. Es así como hoy se habla de cuatro modelos éticos de referencia práctica: (1) el modelo liberal-radical, (2) el modelo pragmático-utilitarista, (3) el modelo sociobiológico y (4) el modelo personalista, siendo el último el único que privilegia a la persona humana por sobretodo.

Considerando el respeto por la vida humana y la libertad como principios fundamentales [4], como vimos algo ya reconocido universalmente [5], es posible hablar de valores universales en bioética (1) partiendo del reconocimiento de la naturaleza humana la que se expresa a través de diversas características en todo miembro de la especie humana y que se identifican desde la propia experiencia y (2) buscando permanentemente la verdad entendida como la adecuación del entendimiento y la cosa. Una propuesta muy contraria para quienes se adhieran al consecuencialismo/utilitarismo, ya que la dignidad humana o la naturaleza humana son, para ellos, meros conceptos heredados de una tradición judeo-cristiana, o para quienes se adhieran al modelo liberal, ya que manejan una visión distorsionada de la libertad: la posibilidad de hacer cuanto a uno le plazca siempre y cuando no afecte a los demás.

La propia experiencia consiste en entender al hombre no sólo como sujeto agente, es decir, como autor de sus actos, sino también entendiéndolo como sujeto que experimenta sus propias acciones, sus sentimientos y pensamientos, que tiene conciencia de su subjetividad. Categorizando la subjetividad que reconocemos a través de la experiencia personal y uniéndola a la realidad del hombre como sujeto en el cosmos, podremos conocer mejor al ser humano. Esta categorización, unida a la verdad, nos proporcionará la mirada integral necesaria para descubrir los valores universales.[6]

No pretendemos agotar la discusión acerca de lo objetivo y lo subjetivo ni dejar de reconocer que hay otras definiciones de “verdad”; también somos conscientes de la necesidad de desarrollar temas como la libertad, y que más allá de los valores universales el diálogo interdisciplinario siempre será necesario en bioética para encontrar las mejores soluciones a cada uno de los problemas. Simplemente no será posible extendernos en ello por ahora.

No son los contextos sociales, los acontecimientos actuales, el nivel de desarrollo económico, los índices de pobreza, la religión, las tradiciones, o el avance tecnológico, los elementos desde los cuales se desprenden principios fundamentales y normas para la acción. Es a partir del propio hombre cuya naturaleza permanece estable a pesar de los siglos desde donde surgen los principios universales. De ahí nacerán las reglas y valores de cada realidad particular.

Citas

1. Un principio prima facie es aquel que se debe seguir, siempre que no entre en conflicto con otro de igual rango.

2. El término principialismo procede del inglés principialism y fue utilizado por primera vez a manera de crítica en “A Critique of Principialism” (Clouser, D. & Gert, B., The Journal of Medicine and Philosophy 15 (1990), 219-236).

3. Ver Requena M., P. (2008). Sobre la aplicabilidad del principialismo norteamericano. Cuadernos de Bioética, XIX, PP. 11-27.

4. Es en la propia existencia donde encuentran asidero bienes como la salud, la familia, la amistad, etc., por lo que la vida es necesariamente el mayor bien. (Ver Los Bienes Humanos de A. Gómez-Lobo)

5. Podemos inferir esto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

6. Ver El hombre y su Destino de Karol Wojtyla. Ahí se propone una comprensión cosmológica, personalista y transfenoménica del hombre.

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Acerca de Jose Luis Allende

Jose Luis Allende Risi es Licenciado en Biología, Master en Bioética y Director del Instituto de Bioética de la Universidad Gabriela Mistral. También es actualmente el Director del CEC Chile.

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