Iglesia, universidad y verdad


Por Alfredo Garland Barrón

La controversia que en estos momentos envuelve a la Pontificia Universidad Católica del Perú da pie para tocar un tema de particular relevancia en relación al papel que juegan las universidades católicas y su libertad de cátedra. La situación por la que atraviesa esta universidad es compleja y no es tarea de esta reflexión profundizar en un tema que tiene múltiples aristas.

A raíz de esta suceso, sin embargo, salta a la discusión un hecho de particular relevancia y sobre el cual queremos detenernos como punto de partida para esta reflexión. Se trata de la solicitud de las autoridades eclesiásticas para que la PUCP adecue sus estatutos a la “Ex Corde Ecclesiae”, constitución que norma los principios fundamentales de las universidades que se reconocen como católicas. Frente a esta petición la PUCP ha manifestado que corresponde a la asamblea universitaria decidir al respecto, siempre y cuando la adecuación a la “Ex Corde Ecclesiae” no “altere la autonomía” de la universidad (La Republica, 29/02/2012). Es decir, se da a entender implícitamente que el acomodamiento de la PUCP a la constitución vaticana podría limitar la libertad de cátedra.

A raíz de esta controversia surge la interrogante: ¿las disposiciones que propone la Iglesia limitan la independencia universitaria? Antes que constituirse en una “camisa de fuerza” para controlar las universidades, la “Ex Corde Ecclesiae” brota de la preocupación de la Iglesia por impulsar una auténtica educación en las universidades católicas. De hecho, las universidades católicas nacen “del corazón de la Iglesia” (N. 1).

El Magisterio eclesial ha manifestado lo que entiende por autonomía en diversos documentos. El Concilio Vaticano II enseñaba que “las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores” (Gaudium et spes, 36). El documento conciliar animaba a la investigación metódica en todos los campos del saber, “si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales”. En este orden la búsqueda de conocimiento “nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios” (Lug. cit.).

La “Ex Corde Ecclesiae” se adecua a estos criterios, afirmando que la universidad “goza de aquella autonomía institucional que es necesaria para cumplir sus funciones eficazmente y garantiza a sus miembros la libertad académica, salvaguardando los derechos de la persona y de la comunidad dentro de las exigencias de la verdad y del bien común” (N. 12).

Un poco de historia

Los anteriores son principios que la Iglesia defiende y despliega desde hace dos milenios. Un breve recorrido –evidentemente incompleto– a lo largo de la historia de la Iglesia nos da amplias evidencias de esta realidad.
Por ejemplo, uno de los “pioneros” de la “libertad de cátedra”, entendida como el amor a la búsqueda de la verdad, fue San Justino, quien en el siglo II sufrió el martirio por sus creencias cristianas. Filósofo de vocación, Justino emprendió una exhaustiva exploración de las escuelas de pensamiento de su época, descubriendo en la fe la verdad que anhelaba. La academia de filosofía cristiana que estableció en Roma atrajo a numerosos estudiantes, granjeándose también el desdén de los filósofos paganos, particularmente del cínico Crescencio, quien lo denunció ante las autoridades. Justino Mártir enseña que “cuanto más indagamos en el misterio de Dios con la ayuda de la fe, mayor será nuestro entendimiento de la realidad” (Ver Arzobispo Michael Miller, El reto de la universidades católicas: visión desde el Vaticano, 2005).

Más adelante San Agustín (354-430), Obispo de Hipona, impulsaría decisivamente el desarrollo de un humanismo cristiano. Con este propósito compone “De Doctrina Christiana” en el año 396. Dirigiéndose a laicos y clérigos, propone el estudio de las artes liberales y los clásicos, como Cicerón y Quintiliano, para comprender mejor la verdad presente en las Sagradas Escrituras. La meta: profundizar en la fe con la inteligencia (Fides quaerens intellectum).

Correspondería luego al británico Alcuino (735-804), monje en York, promover el llamado “renacimiento cultural carolingio”. Alcuino obtiene de Carlomagno (742-814) un decreto para que los monasterios regenten escuelas para laicos y clérigos. Un escrito poético destaca su obra académica: “Abrevaba en todas las fuentes de la ciencia a los espíritus sedientos. Enseñaba a unos las reglas de la gramática; hacía fluir para otros las obras de la retórica (…) Explicaba también la armonía del cielo, los arduos eclipses del sol y de la luna (…) las leyes de los astros (…) los movimientos violentos del mar (…) la naturaleza del hombre (…) las diversas combinaciones de los números y sus formas” (Ver Pierre Riché, La educación en la cristiandad antigua, p. 65).

Carlomagno manda a Teodulfo, Obispo de Orleans, que los sacerdotes establezcan escuelas para niños y jóvenes donde puedan aprender la gramática y las matemáticas elementales. El mismo emperador había dado el ejemplo, fundando en Aquisgrán la “Escuela Palatina”, germen de las universidades. Ahí se impartía el Trivium (retórica, gramática y dialéctica) y el Quadrivium (geometría, astronomía, aritmética y música).

En paralelo, los monasterios habían emprendido la tarea de recoger y preservar la cultura clásica, particularmente en las épocas de violencia y confusión que siguieron a la extinción del imperio carolingio. En aquellos difíciles años del siglo X brilla San Gall, en los Alpes suizos. Entre sus maestros destacan Ekkehardo II, quien restaura el estudio del griego, y Notker Labeo, quien traduce autores clásicos del latín al germánico. “He osado -relata Notker- realizar algo completamente inusitado: he emprendido la traducción a nuestra lengua de los escritos latinos y su explicación con ejemplos o con consejos dados por Aristóteles, por Cicerón o por otro escritor antiguo. Así he traducido ‘De Consolatione’ y algunas partes del ‘De Trinitate’ de Boecio (…) y las ‘Categorías’ de Aristóteles” (Ver La educación en la cristiandad antigua, p. 78).

En el siglo XI ya están establecidas las principales “Escuelas Catedralicias”, como Reims y Chartres, antecesoras de las universidades. En ellas se enseñan materias como música, medicina y dialéctica.

Un hito fundamental es la experiencia de San Anselmo de Canterbury (1033-1109), principal impulsor de la escolática y autor del “Proslogion”. A San Anselmo debemos un gran esfuerzo para profundizar la fe con la inteligencia: “No busco comprender para creer -enseñaba-; creo para comprender, pues creo también que no podría comprender si no creyera” (N. 1).

En su sentido más moderno, las universidades surgen en el siglo XII, cuando los antiguos “colegios catedralicios” dan paso a corporaciones de alumnos y maestros, reunidos por el interés común de aprender y enseñar. Renombrados centros de enseñanza como Oxford, París, Colonia, Praga y Bolonia solicitan de los Papas la protección de sus fueros ante la ingerencia indebida de autoridades civiles o eclesiásticas. Es por eso que en el origen de casi todas las universidades de la antigua Europa subsiste una “bula papal” que autoriza o confirma su fundación. Para la Iglesia era fundamental que la fuerza animadora de las universidades fuese el amor por el saber y el amor por la verdad.

Estos concisos ejemplos nos ofrecen una imagen contrapuesta a la visión lóbrega que suele predominar sobre la cultura en el medioevo. Un estudioso como Jacques Le Goff, ajeno a la Iglesia católica, manifiesta: “La Edad Media es un momento decisivo en la evolución de Occidente: la elección de un mundo abierto frente a un mundo cerrado (…) La escolástica, apoyada en una institución nueva, la universidad, sigue siendo clerical pero fomenta el espíritu crítico y alienta en su seno el desarrollo de conocimientos y oficios” (La civilización del occidente medieval, pp. 11-12).

Las enseñanzas de dos educadores: el Beato Newman y Benedicto XVI

En el año 1851 el rector de la Universidad Católica de Dublín, el Beato John Henry Newman, planteaba cuales debían ser los ideales académicos de su instituto, trazando una norma a seguir por las universidades católicas. Newman, un intelectual y teólogo convertido del Anglicanismo, manifestó en su libro “El fin y la naturaleza de la educación universitaria” que un instituto superior católico tenía la riqueza invalorable de integrar la verdad en relación a Cristo Jesús, el Logos Encarnado, el camino, la verdad y la vida para el mundo. La vocación universitaria consistía, ante todo, en anunciar aquella Buena Nueva en el ámbito académico y en el mundo de la cultura.

Su fin era educar la inteligencia, acostumbrándola a razonar bien en las distintas materias académicas y profesionales, alcanzando la verdad y comprendiéndola. Para ello debían cultivarse los estudios humanísticos, filosóficos, científicos y teológicos. Uno de los errores a evitar era creer que la misión universitaria era utilitarista, cuyo sólo fin era capacitar competentes profesionales, entendiendo que para ello había que desplazar la sabiduría humanista y religiosa. Newman sostenía que la religión era fundamental para conocer la verdad, teniendo muy presente la enseñanza de San Agustín, que “la verdad de la fe y la de la razón nunca se contradicen” (Contra Academicos, III, 20,43). Resultaba imposible que la verdad revelada y los valores que derivaban de ella contradigan la razón y la ciencia.

Benedicto XVI, maestro universitario durante dos décadas, afirmaba por otra parte que la misión primaria de la Iglesia era evangelizar, y para ello las instituciones educativas católicas ofrecen un espacio privilegiado. Las universidades debían ser “lugares en los que se reconoce la presencia activa de Dios en los asuntos humanos”. Cualquier aspecto de las comunidades de estudio debía reflejar la vida eclesial de fe. Las universidades debían constituirse en “diakonias” de la verdad que la Iglesia ejerce en medio de la humanidad. Los educadores cristianos debían garantizar “la posibilidad de descubrir la verdad última sobre la propia vida y sobre el fin de la historia a través de la revelación de Dios” (Discurso en la Universidad Católica de América, 17 de abril, 2008).

El Santo Padre presentaba un bello modelo para la universidad: “Cada institución educativa católica es un lugar para encontrar a Dios vivo, el cual revela en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y su verdad. Esta relación suscita el deseo de crecer en el conocimiento y en la comprensión de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes lo encuentran se ven impulsados por la fuerza del Evangelio a llevar una nueva vida marcada por todo lo que es bello, bueno y verdadero; una vida de testimonio cristiano” (Lug. Cit.). Aquel es ideal propuesto a la PUCP, presente desde antiguo en los anhelos de sus fundadores.

Anuncios

Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: