¿Cuántas divisiones tiene el Papa? El impacto internacional de la Santa Sede


por Alfredo Garland Barrón.

Mientras Benedicto XVI se prepara a emprender un viaje histórico a México y Cuba, en círculos romanos causa cierto revuelo el reciente libro de Marco Politi, “Joseph Ratzinger. Crisis de un papado”. Para el veterano vaticanista el pontificado de Benedicto presenta notables contrastes. Por un lado un Papa que despliega un mensaje de esperanza en Jesucristo, proponiendo “una espiritualidad intensa, rigurosa y alegre”; y por otro, la incertidumbre en la conducción estratégica de la Iglesia. Uno de los campos más desgastados, según Politi, sería el geopolítico, donde la Santa Sede habría perdido mucha fuerza en el escenario internacional. Sin embargo, a pesar de sus opiniones, Politi reconoce que los “exigentes y complejos” viajes de Benedicto XVI han sido coronados con grandes éxitos.

Politi comparte una tendencia frecuente entre algunos analistas y líderes políticos: subestimar el impacto internacional de la Santa Sede, posición que constituye un serio equívoco. Para empezar, es importante no reducir el Vaticano a una nación como cualquier otra, y por tanto, no se le pueden aplicar los mismos criterios con los que se juzga cualquier otra nación. Sin olvidar esta consideración, es innegable constatar que a pesar de conformar el estado soberano más pequeño del mundo -un maratonista podría recorrer su contorno en escasos minutos-, y carecer de poder económico o militar, ha mostrado una capacidad efectiva y persistente en la promoción de la libertad, la reconciliación y la dignidad de la vida humana. La política exterior vaticana se caracteriza por su activa discreción y por su inalterable compromiso con la paz y la justicia para todos los pueblos.

Gracias a este prestigio la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 176 naciones y diversos organismos internacionales. Escribiendo para una revista de política internacional, el periodista John Allen, en un artículado titulado “Piénsenlo de nuevo: la Iglesia Católica”, aludía a la importancia de las dimensiones espirituales, morales y culturales de la catolicidad. “El catolicismo –afirmaba– está atrayendo a nuevos y diversos millones de seguidores, que se suman a las tradiciones de la Iglesia” (Ver Foreign Policy, November/December, 2008).

La población católica del mundo creció de 266 millones en 1900, a 1,1 mil millones en el año 2000, un aumento del 314 por ciento. Más allá de la evidente expansión por el natural crecimiento de la población mundial, según estas cifras “no es que el catolicismo se esté reduciendo -explicaba Allen, aludiendo a la disminución de católicos en regiones como Europa-; sino más bien, su centro de gravedad demográfico está cambiando. Lo que antes era una religión en gran medida homogénea, concentrada en Europa y América, es ahora una fe verdaderamente universal” (Ver Foreign Policy, November/December, 2008). Por ello los líderes internacionales deberían prestar seria atención a la Iglesia.

Pero los compromisos vaticanos con la libertad y la dignidad humanas han suscitado también violentas persecuciones. Es sumamente conocida la desdeñosa pregunta del dictador soviético Joseph Stalin lanzada en 1935: “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?” Mediante esta ironía el brutal gobernante pretendía acallar la demanda del Primer Ministro francés, Pierre Laval, para que abandone la persecución de los católicos en la Unión Soviética.

Menos conocida es la intervención del Beato Juan XXIII en la crisis de los misiles en Cuba, en el año 1962. Durante trece críticos días el mundo estuvo al borde de la catástrofe nuclear. El 14 de octubre los norteamericanos descubrieron que la Unión Soviética estaba instalando misiles en la isla caribeña. El presidente John F. Kennedy decretó el estado de emergencia y el bloqueo marítimo de Cuba, alegando que aquellas armas, ubicadas a escasos kilómetros de las costas de Florida, y a pocos minutos de vuelo de Washington, constituían una gravísima amenaza. Los norteamericanos querían obstaculizar la aproximación de una flota de buques soviéticos que transportaban nuevos proyectiles nucleares hacia la isla.

Kennedy reunió un grupo consultivo en la Casa Blanca. Entre los llamados “Excom” había varios influyentes funcionarios que abogaban por la ejecución de un ataque inmediato a las instalaciones soviético-cubanas para frustrar su activación. Pero aquella acción traería la reacción inmediata de Rusia y de los países comunistas, asociados en el Pacto de Varsovia; podría desencadenarse una ofensiva militar sobre Europa, o el lanzamiento de misiles intercontinentales a suelo norteamericano.

Dispuesto a hallar otras vías de solución, Kennedy movilizó diversos conductos de diálogo con el líder soviético, Nikita Kruschev, también presionado por su estado mayor militar para no retroceder ante las presiones estadounidenses.

Uno de aquellos “canales” discretos fue el Papa Juan XXIII, quien solicitó la ayuda de un pensador norteamericano, Norman Cousins, que había cultivado vínculos con científicos e intelectuales soviéticos. El académico, quien también mantenía estrechos lazos con la Casa Blanca, había servido de conducto entre el Papa y Kruschev, obteniendo la libertad de dos cardenales, Stepinak de Ucrania, y Beran de Checoslovaquia, apresados en los “gulags” siberianos tras la II Guerra Mundial.

Esta vez Juan XXIII solicitó a Cousins que empleara sus “conexiones” para presentar una solución conveniente a los dos líderes enfrentados. El Papa, un personaje mundialmente respetado, propuso a los soviéticos que desviasen de Cuba el convoy con los misiles, y a los norteamericanos, que concluyan el bloqueo marítimo. “Kruschev dijo que sí; haría retroceder los barcos. Kennedy respondió que agradecía la intervención de Juan XXIII porque la situación era sumamente grave. Sin embargo el centro de la crisis no eran los convoyes rusos o el bloqueo norteamericano, sino los misiles desplazados en territorio cubano. Si éstos no eran desmantelados, Estados Unidos se vería obligado a bombardear Cuba el día sábado. La comunicación alcanzó al Papa el lunes. Al mundo le quedaban apenas cinco días de relativa paz” (Ver Norman Cousins, Peace in the Nuclear Age, PBS, 1989).

El 25 de octubre Juan XXIII lanzó un vibrante mensaje radial: “Suplicamos a los jefes de estado que no permanezcan insensibles a este grito de la humanidad. Hagan todo lo que esté en su poder para salvar la paz. Así evitarán al mundo los horrores de la guerra. Continúen negociando”. Mientras tanto Kennedy y Kruschev lograron un arreglo que resolvió la crisis: Rusia retiraría los misiles de Cuba y los Estados Unidos desmantelarían sus bases en Turquía.

Más tarde el Papa confiaría a un colaborador: “Aquel mensaje había contribuido a la salvación de la paz. Cuando hablo de paz, los hombres prestan atención” (Ver Cardenal Pietro Pavan, Testimonio, en La Societá 2, 2003). La crisis nuclear de octubre ayudó a Juan XXIII a articular una de sus encíclicas más importantes, la “Pacem in Terris” (1963), donde manifestaba que la guerra y la paz eran fruto de la actuación humana. La guerra puede evitarse, la paz auténtica puede construirse.

El mundo que encontró el Beato Juan Pablo II cuando asumió el papado en el año 1978 estaba fraccionado por la “Guerra Fría”. Pocas personas podían avizorar un cambio del orden mundial, quebrantado por las ideologías. El politicólogo Francis Fukuyama resaltaba el pesimismo vigente, demostrado en “la casi universal convicción de que el comunismo totalitario permanecería en el tiempo” (Ver The end of history and the last man, p. 28). Juan Pablo II pensaba de manera distinta. Deseaba dinamizar la política vaticana, hasta aquel momento orientada hacia la “Ostpolitik” -el diálogo y el respeto del status quo-, para que impulse a los regímenes comunistas hacia “evoluciones positivas hacia la libertad” (Andrea Riccardi, Juan Pablo II. La biografía, p. 396).

Ello se materializó con la larga marcha a la que Juan Pablo II contribuyó, alentando a los pueblos del Este europeo a recuperar la memoria de su historia. Durante sus múltiples visitas a Polonia, su tierra natal, el Santo Padre fue transmitiendo una sucesión de ideas y principios que intensificaron el anhelo de libertad y solidaridad, por ejemplo el estímulo de la vida religiosa y la importancia de los valores morales. Bajo aquellos preceptos se fundó el movimiento “Solidarnosc”, liderado por el obrero católico Lech Walesa.

Desaconsejando cualquier forma de violencia, el Santo Padre realizó constantes llamamientos para que los pueblos oprimidos vivan según sus convicciones morales y culturales. Aquellos que estaban encadenados a regímenes que limitaban sus derechos elementales debían vivir “como si fueran libres”, rechazando las injusticias. Estos principios eran válidos, tanto para los estados comunistas, como para dictaduras como las de Chile, Nicaragua y Filipinas, cuyas poblaciones recuperaron la democracia, en buena medida gracias a la intervención de la Iglesia y de Juan Pablo II.

La libertad y la solidaridad fueron extendiéndose en la Europa del Este, culminando con la caída del Muro de Berlín. En 1991 ocurrió la implosión del “imperio soviético”, que con tanta violencia había implantado Stalin tras la II Guerra Mundial. Sin embargo, es interesante notarlo, para Juan Pablo II la extinción de la Unión Soviética “no significó en absoluto la victoria del capitalismo” (Andrea Riccardi, Juan Pablo II. La biografía, p. 448).

Cuando Benedicto XVI asumió el pontificado romano en el año 2005, la realidad mundial era muy distinta a la hallada por su antecesor. Se trataba de un mundo “unipolar”, encaminado hacia diversas crisis sistémicas. Podríamos enumerar la inacabable violencia en las naciones del Oriente Medio y del África, los desequilibrios entre los países ricos y pobres, los desafíos que plantea para la Iglesia el alejamiento de Occidente de sus bases cristianas, la crisis económica de naciones otrora poderosas, la cruenta persecución de los cristianos en los estados de cultura islámica, y el futuro de la Iglesia en la emergente China.

En la visión de Benedicto XVI, los hechos de coyuntura, aunque de grave importancia, estaban supeditados a la dimensión religiosa, una característica que considera innegable e irrenunciable en el hombre. La negación de esta dimensión crea desequilibrios y conflictos, tanto en el aspecto personal como interpersonal.

Una de las naciones donde el Papa Benedicto XVI ha animado una fuerte presencia de la Iglesia ha sido Cuba. En conjunto con los obispos, y particularmente con el Cardenal Jaime Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana, la Santa Sede ha servido como un conducto para negociar mayores libertades para los cubanos. Lejanos están los días en que el régimen comunista, oficialmente ateo, perseguía implacablemente a la Iglesia. Por ejemplo, el Cardenal Ortega y Alamino, apenas ordenado sacerdote, fue confinado a un campo de trabajos forzados. Sin embargo la Santa Sede y la Jerarquía católica cubana miran actualmente un futuro alejado de la represión.

Con aquel objetivo la Iglesia ha ayudado a liberar a cientos de prisioneros políticos; obteniendo también permiso para que las “Damas de Blanco”, un grupo de familiares de los presos, puedan marchar los domingos por las calles de La Habana, resaltando su oposición.

En una reciente visita a Estados Unidos el Cardenal Ortega discutió con las autoridades norteamericanas la improcedencia del embargo a Cuba, obteniendo que la Casa Blanca levante las restricciones para los viajes de grupos académicos y religiosos. Varios años antes el Vaticano había tomado una firme posición contra el embargo. Más tarde Benedicto XVI animó a que distintas personalidades católicas, tanto laicas como eclesiásticas, sustenten su inutilidad ante los norteamericanos, ya que afecta especialmente a los más pobres. Todas estas acciones están encaminadas a facilitar la nueva realidad nacional que se presentará cuando los cubanos confronten el futuro sin la férrea dictadura castrista.

Para Benedicto XVI la dialéctica entre secularismo y fe constituye un desafío y una gran posibilidad para la presencia de la Iglesia en el ámbito internacional. Principalmente porque deben tenderse puentes entre la fe y la secularidad. “Lamentablemente -sostenía el Papa- la tendencia dominante ha sido la contraposición y la exclusión uno del otro. Hoy vemos que precisamente esta dialéctica es una chance, y que hemos de encontrar una síntesis y un diálogo profundo y de vanguardia” (Benedicto XVI a los periodistas, Portugal, 11 de mayo de 2010). El reto consiste en que las grandes culturas de la humanidad “entablen un diálogo a partir de su dimensión religiosa trascendente, que es una dimensión del ser humano (…) La razón, como tal, está abierta a la trascendencia y sólo en el encuentro entre la realidad trascendente, la fe y la razón, el hombre se encuentra a sí mismo” (Discurso al Cuerpo Diplomático, 10 de enero de 2011).

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Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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