Todos podemos ser líderes


Mucho se ha hablado de liderazgo, de cómo ser un líder, o de las características que no le pueden faltar a uno. Se ha hablado de liderazgo burocrático, autocrático, democrático, carismático, aquel que “deja hacer” (laissez-faire), el orientado hacia las personas, el orientado hacia los objetivos, el transaccional, el transformacional, el servicial y el ambiental. Las personas extrovertidas, sociables, inteligentes, creativas, espontáneas, han sido consideradas líderes natos por la facilidad con la que son seguidos y escuchados. Por otro lado los introvertidos, organizados, detallistas, metódicos, han sido reconocidos líderes por ser confiables, independientes, leales y buenos para ir a lo esencial. Existen otras muchas combinaciones como personas existen, y todas podrán ejercer liderazgo. ¿Cuál es entonces el fundamento del liderazgo?

Considerando que el ejercicio del liderazgo se identifica por la manera en que una persona influencia sobre otra u otras, y por lo tanto por los cambios culturales que se dan, podemos decir que el fundamento del liderazgo es la persona humana.

Es posible mencionar cualidades que consideramos fundamentales en un líder, pero, como ya vimos, las combinaciones pueden ser innumerables. La clave está en el conocimiento personal que permita reconocer, distinguir y unir las propias cualidades para vivir según el máximo de nuestras capacidades y posibilidades. Una buena manera de entrar en el mundo interior es preguntarse: ¿Cuánto me conozco en una escala del 1 al 7? ¿Soy capaz de reconocer por lo menos cinco fortalezas y cinco debilidades en mí? ¿Cuál es mi actitud frente a mis debilidades y cuál ante mis fortalezas? ¿Estoy contento con quién soy? ¿Sí o no, por qué? ¿Cómo me aproximo a la realidad? ¿Conozco el mundo en el que vivo, mi país, mi ciudad? ¿Cómo me aproximo a las otras personas?

Para responder a estas preguntas necesitamos una actitud crítica que permita romper con modelos y paradigmas asimilados de manera inconsciente que generan distintos grados de alienación y pérdida de identidad, obstáculos evidentes para el conocimiento personal y la consolidación del carácter. Unido a este trabajo de reflexión e introspección está el entrenamiento, la acción y la experiencia, haciendo del ejercicio del liderazgo un aprendizaje permanente.

Podemos decir entonces que un líder es un agente de cambio: una persona capaz de influir y generar cambios en otros y en la cultura como consecuencia de una vida coherente. La coherencia entre lo que se piensa, se siente, se habla y se vive es ya un mensaje que el receptor asimilará de distintas maneras. Cuando este tipo de mensajes responden a un anhelo, a una inquietud, a una necesidad profunda, es que estamos frente a un cambio, a una transformación. Es por ello que la integridad de vida expresada en acciones concretas será lo que marcará un liderazgo verdaderamente transformador.

Liderazgo y ética serán a partir de este momento conceptos estrechamente vinculados entre sí.

La ética abarca el estudio de la moral, la virtud, el deber, el vivir bien, todo lo que apunta a la búsqueda de la felicidad como bien nos explica Aristóteles.[1] Es una ciencia que trata de definir qué es bueno y qué es malo y así orientar la acción. Dado que se trata de la dirección de los actos humanos la ética tiene un carácter normativo y acentúa el hecho que un acto bueno perfecciona verdaderamente al hombre que lo está realizando.[2] Entendemos un acto bueno como un acto racional, un acto que cumple la exigencia que el fin alcanzado soporte la crítica racional. Por ejemplo, el planificar un asalto a un banco es un acto racional cuyo fin es tomar dinero ajeno. En este caso el fin no soporta la crítica racional, no es racionalmente aceptable.

Existen valores comunes para todos y existen aquellos que pertenecen a grupos selectos, culturas particulares que desarrollan hábitos y costumbres propias de su lugar de origen. Cuando los valores universales y particulares están en sintonía con la naturaleza humana, no hay oposición entre ellos, se complementan y son responsables de la riqueza de cada pueblo expresada en la vida de las personas que lo habitan. Estas costumbres particulares aportan al estilo del liderazgo ejercido, no censuran ni disminuyen.

Si afirmamos que el fundamento del liderazgo es la persona humana entonces es necesaria una comprensión integral del ser humano desde la que podamos proponer caminos para realizarnos de manera integral y armónica lo que se expresa de manera especial, aunque no exclusivamente, en la acción. Una comprensión integral del ser humano exige mirar la triple dimensión de cuerpo, alma y espíritu, hoy un desafío dentro de una cultura que pretende reducir la realidad a todo lo visible, cuando la realidad tiene una dimensión visible y una invisible. Es por todos conocido aquel “lo esencial es invisible a los ojos” maravillosamente expresado por Antoine de Saint-Exupéry en El Principito…

El cuerpo es la dimensión externa del hombre. A través de él reunimos información acerca del mundo que nos rodea y nos relacionamos con él. El cuerpo es bueno y necesario por ello es importante cuidar de él. El alma es la forma del cuerpo, aquello que hace que el hombre sea lo que es. Es la sede de la personalidad del hombre; abarca el intelecto, la voluntad y las emociones; el consciente, el subconsciente y el inconsciente. Aristóteles dirá que existen tres tipos de alma, la vegetativa, la sensitiva o animal y la racional o humana, siendo esta última la más completa. La racionalidad diferenciará hasta aquí al hombre del animal. Le permitirá tomar decisiones, satisfacer sus apetitos de manera responsable y libre, a diferencia de un movimiento instintivo e irreflexivo.

Cuerpo y alma han captado la atención del hombre moderno, de nuestra cultura actual, y nos esforzamos permanentemente por lograr niveles cada vez más altos de conocimiento y control sobre ellos. Son ampliamente conocidos los beneficios de una buena alimentación, de dormir entre siete u ocho horas al día, del ejercicio físico. También conocemos las ventajas que proporciona practicar técnicas de meditación y relajación como el yoga para adquirir paz mental, orden y armonía que tanto bien han hecho y hacen a nuestro cuerpo y mente sobretodo hoy que solemos vivir agitados y preocupados por todo lo que hacemos y quisiéramos hacer.

Sin embargo, la vida espiritual quedó relegada o confundida con el alma o la mente. No se le reconoce muchas veces porque no se le entiende, otras porque se ignora su existencia, otras porque se cree que sólo es campo de unos pocos entendidos. El espíritu es el núcleo, la dimensión más profunda del ser del hombre. Es el principio mismo de la vida humana. Es el vínculo que tiene el hombre con Dios.

La vida espiritual parte con la toma de conciencia que somos criaturas y que existe una huella en nosotros que proviene del Creador. Esto tiene como primera consecuencia una manera de ser que nos distingue de toda otra forma de vida. Por lo tanto, requiere del cultivo de una relación con Aquel que nos creó. Orar y meditar son aquí medios claves para ejercitar esta dimensión tan especial. Las demás consecuencias de esto se descubrirán, entre otras formas, a través de la propia experiencia.

El hombre accede a su propia realidad y a la realidad que lo rodea, es decir conoce, a través de estas dimensiones que lo hacen un ser integral: el cuerpo conoce a través de los cinco sentidos, el alma por el razonamiento intelectual y el espíritu por una percepción mística que trasciende los métodos ordinarios de la razón humana.[3]

Un líder es aquel hombre o mujer que se realiza rectamente, consciente de la dimensión trascendente de la que participa, que reconoce el carácter de ser creado y llamado a la existencia, que asume el desafío y la responsabilidad de ser quién es. Es aquel capaz de influir en otro, una influencia que tiene su origen en una convicción interior transmitida con firmeza; una convicción enraizada en la verdad, en la conciencia de sí, y nutrida de virtudes propias de hombres y mujeres esforzados que se lanzan a la aventura de vivir coherentemente desde la propia identidad y misión. La humildad, el sacrificio, la generosidad, la honestidad, el compromiso, la justicia, el respeto, la valentía, el sentido de trascendencia son algunos de los valores que encontramos hechos vida en los líderes, valores y vidas que los hicieron líderes. El punto de partida no son las herramientas que se aprenden en talleres y simposios, sino uno mismo: el conocimiento, aceptación y valoración de la propia existencia.
Citas:

1. La felicidad según Aristóteles es “el bienestar acompañado de la virtud, o la posesión de los medios suficientes para vivir, o la vida muy agradable junto con la seguridad de continuar en ella, o el buen estado de las riquezas y de los cuerpos junto con la posibilidad de conservar y usar de estos.” (ARISTÓTELES. (2007). El Arte de la Retórica. Buenos Aires: Eudeba, 2da edición, pp. 60-62.)

2. Ver El hombre y su Destino de Karol Wojtyla, pp. 135-37.

3. The Art of Prayer:  An Orthodox Anthology compiled by Igumen Chariton of Valamo, trans. by E. Kadloubovsky and E. M. Palmer, edited with an introduction by Timothy (Kallistos) Ware (London:  Faber and Faber, 1966) 18.

 

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Acerca de Jose Luis Allende

Jose Luis Allende Risi es Licenciado en Biología, Master en Bioética y Director del Instituto de Bioética de la Universidad Gabriela Mistral. También es actualmente el Director del CEC Chile.

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