Las enseñanzas de Getsemaní


Por Alfredo Garland Barrón.

La experiencia de Getsemaní constituye el pórtico de la Pasión del Señor Jesús. Aquel episodio ocurre después de la cena pascual, celebrada en Jerusalén. Getsemaní cuestiona intensamente a la persona del siglo XXI, como lo hizo con los discípulos más cercanos a Jesús. Fue una ocasión en que el Salvador se sometió al sufrimiento y la angustia, como prolegómeno de la terrible Pasión y la muerte en la cruz, que sobrevendrían al día siguiente.

¿Por qué acude el Señor Jesús al olivar de Getsemaní? Hallamos una apropiada e iluminadora respuesta en las mismas palabras del Señor: “Para que el mundo sepa que amo al Padre y obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14, 31).

La obediencia a Dios está acompañada de innumerables lecciones que el Señor aprovecha para compartir. Acompañando la agonía de Jesús en el huerto podemos explorar las profundidades del sufrimiento, aprendiendo a vivirlo desde la dimensión de la esperanza. El Salvador toma sobre sí la terrible carga de la incertidumbre. Asume los incontables “getsemanís” que ocurren en nuestra vida.

Getsemaní fue un acontecimiento paradigmático. En estas circunstancias de prueba extrema, Jesús mostró dimensiones extraordinariamente humanas: se angustió, se sintió enormemente sólo y experimentó el desierto interior en niveles inenarrables. El Beato Juan Pablo II recalca el grado de dolor y agonía vivido por el Señor: “Se trata sobre todo de sufrimiento interior, no comparable con los sufrimientos de cualquier hombre” (Signo de Contradicción, p. 95).

Jesús desea cargar las infinitas penas que afligen al ser humano, padecimientos que la acción del pecado ha introducido en la historia. Un peso tan inmenso que solamente Dios puede soportar.

La experiencia en el huerto ayuda a responder a interrogantes críticas, como el sufrimiento de las personas inocentes, de los más pobres y desheredados, de los enfermos y los abandonados, de aquellos que son perseguidos y castigados injustamente por sus creencias, de aquellos que sin haber nacido, se les despoja de la vida, así como de aquellos cuya carencia de fe sumerge en la zozobra interior.

Getsemaní constituye un consuelo para las angustias, por ejemplo, de Asia Bibi, apresada en Pakistán por afirmar su fe católica. Esta sencilla campesina de una aldea cercana a Lahore, salió a trabajar al campo en un abrasador día de junio del año 2009. Solidaria con sus vecinas, en su mayoría musulmanas, acudió al pozo a buscar agua, ofreciéndoles de beber. Algunas se indignaron porque el agua había sido recogida por una “impura”, una “no-musulmana”. Le exigieron que abandonara el cristianismo y que siguiese a Mahoma, a lo que ella se negó, diciéndoles que “Jesús había muerto en la cruz por los pecados de la humanidad”. Inmediatamente fue denunciada por blasfemia ante el Imán local. Un juez la condenó a muerte, desatendiendo que hubiese sido falsamente acusada. Aquel magistrado ofreció a Asia convertirse al Islam a cambio de su libertad, respondiendo ella que prefería morir antes de renunciar a Jesús. “Yo no soy una criminal, no hice nada malo”, manifestó Asia Bibi. “He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por él”.

La pasión de Getsemaní

La última cena pascual -en sí misma un paradigma de dolor y alegría- suscitó intensas emociones, especialmente cuando Jesús anunció a los discípulos que prontamente derramaría su sangre para redimir los pecados del mundo (Mt 26, 18 y ss. y Lc 22, 19-20). También les dijo que “había llegado la hora” para acudir junto al Padre (Jn 17, 1), y que Pedro le negaría pronto. Sorprendidos, los discípulos también escucharon que uno de ellos le iba a traicionar: ¿Cómo podría ocurrir aquello? (Mt 26, 21-25).

Más tarde, abandonando el lugar de la cena, se alejaron de la ciudad, descendiendo por un camino escalonado, para acudir al Monte de los Olivos, “a la otra parte del torrente de Cedrón”, donde había un huerto cercado, poblado de olivares con un molino (Jn 18, 1). Aquel lugar se llamaba Getsemaní, el lugar de los lagares (gat) de aceite (chemani).

Era un paraje tranquilo y solitario, donde Jesús y los discípulos solían pasar la noche cuando visitaban la Ciudad Santa. Según su costumbre, el Señor deseaba orar en la tranquilidad del campo (Lc 22, 39). Pero cada paso andado hacia Getsemaní le hundía en mayor aflicción. También los discípulos permanecían pensativos y taciturnos (Mt 26, 22). Aun resonaban sus misteriosas palabras: “Esta noche se escandalizarán por causa mía” (Mc 14, 27). Una prueba terrible iba a suceder, pues aquella fraternidad iba a extraviarse; se ausentaría el Maestro, y quedarían como ovejas sin pastor.

Apesadumbrados, atravesaron el umbral del huerto. En la puerta permanecen ocho de los apóstoles. Jesús pasa adelante con los que tenía más cercanos a su corazón (Mt 26, 37; Mc 14, 33).

Uno de ellos es Pedro, tozudo y franco. Otro es Juan, el vidente de Patmos, cuya densidad metafísica y cordial se revela en su Evangelio, así como en sus Cartas. El tercero es Santiago, el impetuoso “hijo del trueno” (Mt 4, 21; Mc 3, 17). Son sus amigos de mayor confianza. Los necesitaba cerca. Precisamente, para ese momento de inmensa fragilidad, el Señor Jesús eligió como compañía a los mismos tres que había bendecido con la experiencia de la Transfiguración, milagro donde se reveló su identidad mesiánica, de Hijo de Dios (Mc 9, 2-8).

Pero aún coloca cierta distancia -como “a tiro de piedra”- entre los que había elegido como compañeros para aquella decisiva jornada (Lc 22, 41). Desea permanecer solitario, en oración. Escoge el aislamiento para sumergirse en su mismidad, abriendo plenamente el corazón al Padre. En aquella jornada Jesús nos revela una realidad fundamental de la condición humana: la fragilidad.

La oración del Señor afligido

Con voz clara, aunque apenada, les manifiesta a sus tres compañeros, asaltados por el sueño: “Me muero de tristeza; quedaos aquí y velad conmigo”, porque sentía abatimiento y angustia (Mt 26, 37-38). Son exclamaciones del Salmo 43,5 en las que resuenan también expresiones de otros salmos. “Estas palabras -destaca Benedicto XVI-se han hecho del todo personales, palabras absolutamente propias de Jesús en su tribulación” (Jesús de Nazaret, T. II).

En medio de aquel tormento los discípulos cedieron al agotamiento, cayendo dormidos. Jesús los reprocha, especialmente a Pedro: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26, 40-41).

En la amonestación del Señor hay como dos dimensiones: Jesús necesita el sostén de sus amigos, pero su tristeza aumenta porque ninguno comprende la magnitud de la prueba que afronta.

Con aquella recriminación el Señor quiere acentuar y perdurar otra dimensión: el llamamiento a la vigilancia contra la tentación y el pecado, destacada por Benedicto XVI: “La somnolencia de los discípulos sigue siendo a lo largo de los siglos una ocasión favorable para el poder del mal. Esta somnolencia es un embotamiento del alma, que no se deja inquietar por el poder del mal en el mundo, por toda la injusticia y el sufrimiento que devastan la tierra. Es una insensibilidad que prefiere ignorar todo eso; se tranquiliza pensando que, en el fondo, no es tan grave, para poder permanecer así en la autocomplacencia de la propia existencia satisfecha. Pero esta falta de sensibilidad de las almas, esta falta de vigilancia, tanto por lo que se refiere a la cercanía de Dios como al poder amenazador del mal, otorga un poder en el mundo al maligno” (Jesús de Nazaret, T. II).

Ante la perspectiva de un dolor enorme Jesús se encuentra abandonado. La “hora” esperada y temida del combate final con las fuerzas del mal, de la gran prueba (peirasmos), ha arribado. Pero la causa de su angustia es más profunda: se siente cargado de todos los males e indignidades del mundo. No ha cometido mal alguno, pero es lo mismo, porque lo ha asumido libremente: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo” (1Pe 2, 24).

Clama al Padre para que lo libre de este holocausto: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mi este cáliz” (Mt 26, 39; Mc 14, 36). Jesús se dirige a Yahvé como un niño a su padre. La Epístola a los Hebreos relata que el Señor ofreció “ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte” (Hb 5, 7).

Aquella noche Jesús se llenó de aprensión y angustia, cuando sintió de golpe la proximidad de la muerte. La verdad es que desde hacía tiempo aguardaba aquel desenlace, pero aun no lo sentía cercano. Aquel momento inaplazable y amenazador lo arremete. “Ante la muerte inminente el pavor que experimenta es como el estupor de la naturaleza humana” (Pierre Benoit, Pasión y resurrección del Señor, p. 22).

Debe quedar rotundamente establecida la desgarradora pena, la tristeza con tristeza mortal”, que el Señor experimenta, el vehemente “miedo mortal” que lo deja exánime (Mt 26, 38; Mc 14, 34). Al emplear este verbo, Mateo y Marcos quisieron dejar claramente establecido el grande pesar del Señor Jesús (Juan de Maldonado, Comentario al Evangelio de Mateo).

“La angustia del Salvador es algo mucho más radical que la angustia que asalta a cada hombre ante la muerte: es el choque frontal entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, el verdadero drama de la decisión que caracteriza a la historia humana”, destaca Joseph Ratzinger (Jesús de Nazaret, T. II).

La “experiencia angustiosa” es una situación que representa claramente los sentimientos internos de Jesús. La “angustia”, en griego “merimnáo”, describe a una persona que está sobrellevando una experiencia de desamparo, una “temerosa agonía”, un momento de desolación (Alfred Plummer, Gospel According to S. Luke, p. 510).

Ricciotti interpreta la agonía del Señor como “trepidación ansiosa”, tristeza extrema de quien está enzarzado “en la postrera lucha contra la muerte” (Vida de Jesucristo, p. 444). En palabras de Joseph M. Lagrange, “la angustia causada por la vaga aprensión de un mal que se ve venir” (Vida de Jesucristo, p. 472).

Añade Benoit: “Vemos a Jesús en su naturaleza humana, probando lo que todo hombre conoce, la angustia de la muerte, pero con sensibilidad excepcional y ante una muerte excepcional también. Jesús quiere pasar por esa condición para sufrir la última prueba” (Pasión y resurrección del Señor, p. 22).

Para Benedicto XVI, “Jesús forcejea con el Padre. Combate consigo mismo” . “Y combate por nosotros. Experimenta la angustia ante el poder de la muerte. Esto es ante todo la turbación propia del hombre, más aún, de toda criatura viviente ante la presencia de la muerte. En Jesús, sin embargo, se trata de algo más. En las noches del mal, él ensancha su mirada. Ve la marea sucia de toda la mentira y de toda la infamia que le sobreviene en aquel cáliz que debe beber. Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo, que recae sobre él”. (Misa de la Cena del Señor, 2012)

Jesús también me ve y ora por mí. Así, este momento de angustia mortal de Jesús es un elemento crucial en el proceso de la Redención. “Por eso, la Carta a los Hebreos ha definido el combate de Jesús en el Monte de los Olivos como un “acto sacerdotal”. En esta oración de Jesús, impregnada de una angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: “toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre”. (idem)

Ahora bien, la “agonía” de Jesús constituye también un combate contra la angustia. La experiencia que vive en el huerto -descrita con la palabra “stenokhoria” en los textos griegos- se opone radicalmente a la actitud desesperanzada, del griego “aporia” (ver 2 Cor 6, 4 y 4, 8). Su dolor abre camino a una muerte fructificante, a una actitud de servicio que se multiplica en dimensiones infinitas.

El Señor estaba postrado por la tristeza, más no desesperanzado o derrotado (aporía). La tensión y la ansiedad acumuladas en la soledad del huerto hacen que Jesús transpire como gotas de sangre (Lc 22, 44). Tal fue la agonía que su sudor peculiar transparentaba violentísimas emociones. En Getsemaní pudo repetir el Señor la oración de un Salmo familiar: “Me circundaron los dolores de la muerte y los peligros del infierno me cercaron” (Sal 114, 3).

Las lecciones de Getsemaní sobrepasan los alcances del intelecto humano. Solamente podemos vislumbrar algunas dimensiones del misterio del huerto. En la oración de Jesús, sin embargo, recogemos enseñanzas fundamentales: la esperanza y confianza en el Padre; su auto-donación, llevando la humanidad hacia lo alto, a Dios; su amor por nosotros, hasta el cruento sacrificio, y la transformación de la cruz en fuente de vida; y el infinito amor de Dios por nosotros, dispuesto a sacrificar a su Hijo en el dolor del Gólgota.

Anuncios

Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: