Realismo y Caridad: Claves del Conocimiento y la Interpersonalidad


“El ser es amor, por tanto si no se ama no se conoce nada” decía el filósofo francés Maurice Blondel en su gran obra titulada La Acción (1893), no es gratuito entonces que en nuestro tiempo coincidan el egoísmo y la indiferencia como posturas existenciales con un relativismo según el cual cada quien tiene su propia verdad. Epicuro y Fichte señalan que todo hombre elige la forma de pensar que más se adecúa a su forma de vivir o la justifica.

La teoría escolástica sobre la virtud de la prudencia y la terapia cognitiva en la contemporaneidad acentúan que para obrar bien hay que pensar bien pero es aún más cierto que solo logra pensar con claridad y lucidez quien “obra la verdad” (Jn 3,21), es decir, quien hace el bien, quien ama en sus actos cotidianos ya que si “por su tiranía, el pensamiento recorta la acción; por su sumisión, la acción amplía el pensamiento” (Blondel 1996 462). Así, si el hombre es unidad de cuerpo, alma y espíritu que se influyen permanentemente no se pueden desconectar el conocimiento y la praxis, la investigación continua de la realidad y la vivencia permanente del amor. Realismo y agapé, búsqueda permanente de la verdad y experiencia concreta de la caridad en el servicio al prójimo deben ser los pilares de la formación humana.

“El ser no está nunca en la idea separada de la acción; incluso la misma metafísica considerada en su aspecto especulativo, no es verdadera sino en cuanto entra en el dinamismo general de la vida como un eslabón del sistema de los fenómenos. La acción funda la realidad del orden ideal y moral; contiene la presencia real de aquello que, sin ella, el conocimiento sólo puede representar, pero que, en presencia de la acción y mediante la acción, se convierte en verdad viva” (Blondel 1996 532).

Una cultura que niega la verdad es una cultura sin amor en la que las relaciones interpersonales carecen de fundamento y se dan en el vacío, quizás sea ese el drama de un tiempo como el nuestro, marcado por un relativismo y escepticismo que disfrazados de pluralismo ético tienen nefastas consecuencias en la vida de los hombres, creados para ser y amar.

La docilitas en relación con la realidad

Josef Pieper, basándose en la obra de Santo Tomás de Aquino, señala que lo común a todos los requisitos que condicionan la perfección de la prudencia como conocimiento es la “silenciosa” expectación de la realidad y, entre ellos, uno de los más importantes es la docilitas, entendida como aquel saber-dejarse-decir-algo que nace del deseo sincero del conocimiento real y que implica a la vez una auténtica humildad por parte de quien conoce. La manía de tener siempre la razón o de entronar el propio entendimiento como autárquico y autónomo frente al ser es el vicio opuesto a esta docilitas y es el defecto propio de quien cree poder vivir en un mundo inventado o fantástico en el que la verdad es una construcción individual y no la adecuación del intelecto con lo real. En la docilitas está lo que podría denominarse una ascesis que siempre trae consigo el conocimiento, una renuncia, una verdadera apertura sin reservas en la cual el sujeto cognoscente se deja permear por las cosas sin que el sí o el no de la voluntad las distorsione por capricho, permitiendo que por los poros de su inteligencia entre el aire de fuera.

Si se acepta con Santo Tomás que la belleza y el amor del amado golpean en el amante y lo transforman, podría añadirse que en el amante debe haber una predisposición a dejarse tocar, afectar, a dejar que el amor penetre cortantemente en su intimidad, esta docilitas entonces no es solamente algo propio de la gnoseología sino también de las relaciones interpersonales y pues la otra persona es una realidad, la más importante que me encuentro, no soy yo quién dicto quién es, más bien me abro a su ser con la docilitas propia de quien ama.

Las relaciones con los demás implican compromiso y en muchas ocasiones sufrimiento, se conoce al amigo en la medida que se vive con él y se comparten sus dolores, por eso muchos prefieren la soledad con el afán de evitar la confrontación con las realidades humanas que pueden ser chocantes. Fenómenos como la promiscuidad sexual y la adicción a redes sociales son manifestaciones de un intento de fuga hacia la irrealidad y la fantasía donde el único que habita es un yo agigantado para el cual los demás no son seres de carne y hueso, con sueños, sentimientos y aspiraciones sino juguetes para usar y tirar.

Verdad en el Amor en tiempos de Relativismo y Deshumanización

El nominalismo de Ockham propuesto en el siglo XIV planteó que los conceptos universales no eran más que flatus vocis, palabras vacías que no tenían ningún fundamento real, para el monje franciscano y sus seguidores solo existen individuos particulares, no se puede hablar entonces de universales que reúnan la realidad de varios individuos. Dicha teoría, cuyas consecuencias prácticas no se ven de inmediato preparó el advenimiento de un gran individualismo que se consumó con las ideologías liberales del siglo XIX y el capitalismo voraz del XX, traducciones político- económicas de una idea filosófica según la cual el mismo concepto de esencia humana es cuestionable pues cada hombre es independiente y no hay nada que lo vincule ontológicamente con el resto.

Pareciera entonces que en el mundo actual no se puede hablar de la humanidad o los Derechos Humanos, se usa la expresión pero está sujeta a la manipulación de fuerzas políticas que continuamente la utilizan para la consecución de mezquinos intereses, aquello que en determinadas circunstancias culturales es humano, en otras puede no serlo, en un hemisferio del planeta una conducta es castigada y en el opuesto es premiada. La oscuridad de tal panorama ha generado enorme preocupación en el ámbito de la filosofía práctica, en la que algunos estudiosos han invitado a la construcción de una ética mundial[1], una ética de la humanidad que no dependa de aproximaciones particulares, sin embargo esto no es nuevo, pertenece a la rica tradición del pensamiento clásico y cristiano: La verdad consiste en la unidad de cada objeto de conocimiento y su correlativa distinción respecto de los demás, pese a las mil apariencias diferentes que reviste cada uno y que tienden, por ello mismo, a difuminar sus mutuas diferencias en un continuum de matices infinitos. El chino, el alemán, el árabe y el latinoamericano son finalmente personas a pesar de sus innegables diferencias.

En un contexto como el descrito es necesario referirse con claridad a la humanidad como realidad. La tradición fundadora de los Derechos Humanos reconocía, desde una base iusnaturalista, que los hombres tienen unos derechos inalienables por el mismo hecho de ser hombres, del mismo modo, existen ciertas acciones inhumanas  por atentar de manera directa contra la esencia humana, no sujeta al cambio de una agenda ideológica.

Nussbaum no duda en indicar que “la confrontación con lo diferente de ninguna manera supone que no existan estándares morales interculturales y que las únicas normas sean aquellas establecidas por cada tradición local” (2005, 56). Más allá de cualquier contexto existe una realidad que se antepone y que es prioritaria, la realidad de lo humano. La persona debe ser educada entonces para pensar y juzgar el mundo y sus circunstancias desde el criterio de la humanidad incluso cuando eso implica romper paradigmas y renunciar a intereses. Cuando cristo enseñó que “el sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27) arrojaba una luz para el presente en el que muchas cosas resultan más importantes que la defensa de la vida y la dignidad humanas.

En la posmodernidad, la máxima protagórica según la cual el hombre es la medida de todas las cosas corre el riesgo de convertirse en una excusa para conceder cualquier capricho subjetivo y egoísta, la humanidad debe ser protegida incluso de los caprichos del hombre. Un niño desea jugar con un cuchillo y es más que probable que se haga daño, quien lo quiere se encargará de prohibirle semejante diversión aún cuando el pequeño se resista y se sienta tratado injustamente. La humanidad, lo humano como realidad es el criterio de juicio para el hombre contemporáneo que cada vez se parece más a un niño malcriado buscando formas de hacerse daño, “su majestad el baby”, siempre víctima y siempre inocente, así lo ha descrito el pensador francés Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia.

Toda época necesita revaluar sus tradiciones, cuestionarlas, no es otra la invitación de Sócrates a los jóvenes de la Antigua Grecia. En tiempos de galopante relativismo, hoy que el subjetivismo es tradición en Occidente es fundamental hacerle una crítica desde el realismo gnoseológico y la educación debe contribuir en esta noble tarea, formando para la caridad en apertura a la realidad que es el mundo y que son los otros, no para un egoísmo y solipsismo que aleja a las de sus semejantes[2]. No hay que tener miedo de cuestionar porque “lo bueno de nuestras tradiciones sobrevivirá al escrutinio de la argumentación socrática” (Nussbaum 56).

En una sociedad sin ágape lo más parecido a la interpersonalidad y el encuentro con el otro es el mundanal ruido del que habla Fray Luis de León, los demás no son valorados en toda su riqueza y de acuerdo a lo que son, sino que se convierten en partes de un yo encerrado dentro de sí, en autómatas de mi mundo privado que manejo y manipulo a mi antojo. La preferencia de muchos por relaciones virtuales y no personales demuestra ya una inclinación a crear mundos paralelos donde no se comunican las realidades sino las invenciones que cada cual hace de sí mismo y del otro, son comunicaciones entre fantasmas, pareciera que cada quién puede renunciar a lo que es y dimitiendo de su identidad presentar rostros falsos que son aceptados por otro enajenado en un diabólico contrato de egoísmos.

La solución a la crisis de nuestro tiempo se encuentra en un retorno a conceptos fundamentales de la metafísica clásica como ser, verdad, bien y realidad. Abrirse a la verdad es abrirse a los demás y por lo tanto no puede darse amor auténtico en medio del relativismo o el escepticismo, tal vez sea un gran intelectual de nuestro tiempo, Benedicto XVI, cuya autoridad como filósofo es indiscutible, quien pueda expresarlo mejor:

“Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario” (Caritas in Veritate, 3).

Bibliografía

Benedicto XVI. Carta Encíclica Caritas in Veritate

 

Blondel, Maurice. La Acción. Madrid. BAC. 1996

 

Bruckner, Pascal. La tentación de la inocencia. Barcelona. Tusquets. 2002

 

Nussbaum, Martha. El cultivo de la humanidad. Paidós. 2006

 

Ortega y Gasset, José. ¿Qué es Filosofía? Madrid. Espasa. 2007

Pérez-Ilzarbe, Paloma. Lázaro, Raquel (Eds.) Verdad, bien y belleza. Cuando los filósofos hablan de valores. Cuadernos de Anuario Filosófico. Pamplona. Eurograf Navarra. 2000

Pieper, Josef. Las Virtudes Fundamentales. Madrid. RIALP.


[1]Cf. Kung, Hans. Una ética mundial para la política y la economía. México. FCE. 2000

[2] “La aceptación del pluralismo moral, del ‘politeísmo axiológico’, conduce lógicamente al solipsismo, a la incomunicación. No hay modo de establecer un auténtico diálogo racional si no existe un mundo de valores comunes compartidos por los interlocutores, por cuanto cada uno de ellos se cerrará en su propio coto privado” Santos, Modesto. ¿Unidad o fragmentación de la ética? Análisis, valoración y perspectiva de algunos modelos éticos actuales en Verdad, bien y belleza. Cuando los filósofos hablan de valores. Cuadernos de Anuario Filosófico. Pamplona. Eurograf. Navarra. 2000. P. 98

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