Dios y la ciencia: ¿conflicto o reconciliación?


Por Alfredo Garland Barrón

¿Existe un conflicto irreconciliable entre la fe y la ciencia? Aquella interrogante surge cotidianamente. Basta seguir las informaciones periodísticas o académicas. A pesar de que los detractores de la religión insistan que la actitud políticamente correcta del científico es descartar la “hipótesis de Dios”, el debate sigue vigente. Un representante de esta tendencia, el biólogo de la Universidad de Chicago, Jerry A. Coyne, manifestaba que la ciencia y la fe son fundamentalmente incompatibles, por la misma razón “que la irracionalidad y la racionalidad son irreconciliables. Solamente la ciencia está equipada para descubrir la verdad. Quizá puedan dialogar, pero no será un diálogo constructivo. La religión nada tiene que añadir a la ciencia”.

¿Qué dicen las enseñanzas católicas sobre la ciencia? Algo muy distinto a la embestida intolerante de Coyne. Para la Iglesia la ciencia constituye un conocimiento merecedor de la más grande estima porque perfecciona la inteligencia humana. En esta materia la Iglesia ha optado por enseñar tanto con la palabra como con los ejemplos.

En sus primeros meses al frente de la Iglesia, el Beato Juan Pablo II realizó un acto singularmente significativo: tributó un homenaje al genial físico germano Albert Einstein, resaltando también la colaboración entre la religión y la ciencia moderna. Recurriendo al Concilio Vaticano II, subrayó “la autonomía legítima de la cultura, y especialmente de las ciencias” en la función de la investigación sobre la verdad inscrita en la creación (Gaudium et spes, 59). Benedicto XVI, por su parte, se refirió el año pasado a los sabios que visitaron a Jesús en Belén como “científicos” que indagan en su contemplación del universo por el sentido último de las cosas, la sabiduría del Creador y su infinito amor hacia el ser humano (Epifanía, 2011).

Las palabras de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre el progreso de las ciencias en diálogo con la religión se han estrellado, en no escasas oportunidades, con oídos sordos y radical rechazo. Parecería haberse instaurado una especie de consigna que presenta a la religión como una cuestión pre-científica. “Nos encontramos ante una reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que es preciso poner en discusión”, denunciaba Benedicto XVI (Discurso en la Universidad de Ratisbona, 2006).

Dejemos de lado, temporalmente, las fecundas argumentaciones en torno al diálogo entre la fe y la ciencia y acudamos a un ejemplo. Uno de los científicos que más contribuyó con sus investigaciones a probar la futilidad de premisas sobre la presunta incompatibilidad “fe-ciencia”, como las expuestas por Jerry Coyne, fue el astrofísico y sacerdote católico Georges Lemaître (1894-1966), iniciador de la “teoría del Big Bang”. Nacido en Bélgica, cursó estudios superiores de ingeniería civil, física y matemáticas, impactándole profundamente la teoría de la relatividad de Einstein. En 1920 obtuvo el doctorado en ciencias, y aquel mismo año, siguiendo otro llamado espiritual, ingresó en el Seminario de Malinas, recibiendo la ordenación sacerdotal en 1923.

Mons. Georges Lemaître

Mons. Georges Lemaître

En 1927 Lemaître publicó un informe en el que examinó las ecuaciones de Einstein sobre la naturaleza del Universo, sugiriendo que estaba expandiéndose. En 1931 propuso la idea de que el Cosmos se originó en la explosión de una esfera súper densa, el “huevo cósmico”, generando el Universo en expansión. Siguiendo a Einstein, Lemaître pensaba que el Cosmos había tenido un “comienzo”, antes que una existencia material infinita. Con anterioridad a Einstein y Lemaître primaba, sin comprobación experimental, la idea aristotélica del “Estado Estacionario”, un Universo sin comienzo e inmutable, con un pasado y un futuro infinitos.

Como era de esperarse las ideas de Lemaître causaron encendida polémica. Se le atribuía haber elaborado una especulación que permitía atribuirle a Dios la acción decisiva en la creación. El científico belga replicó que sus consideraciones tenían todo que ver con la física y nada con la teología.

El cosmólogo inglés Fred Hoyle manifestó socarronamente, en una comentada entrevista radial para la BBC de Londres, que atribuir el comienzo de todo a una explosión era una manera indigna de pensar; como decir que el Universo nació de manera similar a “una dama saltando del interior de un pastel en una fiesta”, añadiendo que aquel principio sería como un “Big Bang”, nombre que perduró.

El modelo físico-matemático de Lemaître fue confirmado por el astrónomo estadounidense Edwin P. Hubble, quien observó que las galaxias estaban comprimiéndose, lo que indicaba que antes se habían expandido. Hubble descubrió que la frecuencia de la luz reflejada por estos cuerpos celestes demostraba que estaban apartándose de la Tierra. El movimiento de las galaxias manifestaba un impulso “hacia fuera”, tomando distancia de un “núcleo”, comportamiento característico de la dispersión a partir de un punto en donde habría ocurrido una explosión cataclísmica. Los cálculos de Hubble conducían a conjeturar que el acontecimiento estelar del “Big Bang” habría ocurrido hacía unos quince o veinte billones de años. Hubble y Lemaître apuntaban a un mismo veredicto, que el Universo había tenido un abrupto comienzo en el tiempo.

En el año 1965 Lemaître recibió el reconocimiento definitivo a su teoría, cuando dos investigadores de los Laboratorios Bell de Nueva Jersey detectaron accidentalmente un “ruido” cósmico en sus aparatos de microondas. Arno Penzías y Robert Wilson, galardonados con el Premio Nobel de Física de 1978, conducían experimentos con la intención de medir las ondas de radio emitidas por nuestra galaxia. Para ello necesitaban cerciorarse que sus instrumentos y antenas dejasen de captar ruidos espurios que encubriesen las señales que estaban buscando.

Lo que descubrieron fue que sus instrumentos siempre detectaban radiaciones de similar intensidad, provenientes de todas las direcciones. Penzías y Wilson concluyeron que estas señales provenían del exterior de la galaxia, precisamente de todo el Cosmos. Probablemente se trataba de radiación originada al principio del Universo. Los estudios determinaron que era el “eco” del “Big Bang”, en la forma de protones despedidos hace unos 15 o 20 billones de años, tras el explosión cosmogénica original.

Actualmente la teoría del “Big Bang” ha obtenido un reconocimiento científico de magnitud universal. En Ginebra, Suiza, funciona el CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear), cuyo “Gran Colisionador de Hadrones” logró reproducir el choque de protones casi a la velocidad de la luz, imitando las condiciones en las que creen que se formó el Universo primigenio, del que surgieron las estrellas, los planetas y la Tierra.

Pero lo más sorprendente del “Big Bang”, concebido por Lemaître, no ha sido tanto lo que aconteció después sino, como observó el físico Robert Jastrow, antiguo director del Instituto Goddard de la NASA, “lo que habría antes, que es la pregunta más interesante”. Es una interrogante que la ciencia aun no ha podido responder. Sin embargo, la fe tiene mucho que enseñar al respecto. Una cosa que queda clara es que el universo no es el resultado de la casualidad, sino del infinito y sabio amor de Dios. “No deberíamos permitir que limiten nuestra mente teorías que siempre llegan sólo hasta cierto punto y que, si las miramos bien, de ningún modo están en conflicto con la fe, pero no logran explicar el sentido último de la realidad”, opinaba Benedicto XVI. “En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad, no podemos menos de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos de dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra”.

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Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

  1. guti

    como sabes q es el sabio amor de Dios si aun nose sabe q hubo antes de la explosion , si no logras explicar algo no lo atribuyes a algo , lo mas sensato es decir q no se sabe y punto!

  2. Pingback: Deus e a ciência: conflito ou reconciliação? (por Alfredo Garland) « Movimento de Vida Cristã Brasil

  3. aspmotta

    El artículo logra mostrar como la fe católica no se opone, sino que promueve investigaciones de carácter esencialmente científicos, pero que se inserten “in the big picture” de la busqueda de la verdad, que no debe estar cerrada a ninguna via compatible y valida de conocimiento, como son la fe y la profundización filosófica.

    Respondendo a tu cuestionamento, es cierto que por la ciencia no se sabe lo que hubo antes de la explosión, pero, citando el autor, «la fe tiene mucho que enseñar al respecto».

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