CRISIS Y PROGRESO Apuntes desde Cándido o del Optimismo Filosófico


Primera edición de "Cándido", 1759.

Primera edición de “Cándido”, 1759.

La vida intelectual de Jean Francois Marie Arouet (1694-1778) —más conocido como Voltaire— está marcada por una fuerte militancia y un espíritu de denuncia que descuellan al estudiar su obra, convirtiéndolo en un pensador combativo, en un luchador de las ideas, que rebelándose contra un sistema establecido invita a la sociedad de su época a tomar conciencia de los males que la agobian, de que no estamos en el mejor de los mundos posibles, que solo los ingenuos pueden pensar que ha llegado el fin de la Historia y con él una perfección que haría innecesario todo cambio o progreso y por lo tanto son necesarias transformaciones radicales. Estos asuntos sobresalen de forma particular en Cándido o del Optimismo Filosófico (1758) pues en sus páginas se evidencia la crisis en la Europa del siglo XVIII y se desarrolla una reflexión en torno al progreso como meta legítima de todos los hombres pero también como posible sofisma que conduce a la humanidad a la involución y el retroceso.

Con el objeto de aclarar términos, vale la pena decir que una primera definición de crisis la presenta como una “mutación, un cambio para mejor o peor, en el marco de una dolencia. Es un momento decisivo en un negocio grave. Y, el juicio de una cosa luego de atento examen” (Figari 74). En Cándido la crisis no se presenta ni negativa ni ingenuamente positiva, es más bien la resonancia que traen los cambios de un ilustrado siglo XVIII con lo que implica en términos ideológicos, políticos y económicos y que cobran un valor positivo o negativo en la medida que la sociedad puede responder a ese desafío cultural, es decir, a los retos que el momento presenta. Voltaire describe a una sociedad europea sumida en guerras, intolerancias, fanatismos, pobreza y miseria moral pero deja abierta la posibilidad del progreso que varios de sus personajes persiguen, entendiéndolo como el sendero a recorrer para alcanzar el mundo ideal representado ya en El dorado, ya en las distintas propuestas que hacen desde su respectiva filosofía el mismo Cándido, Pangloss, su tutor (contrafigura de Leibniz) o Martín, su compañero de viaje. Con respecto a la crisis, Voltaire afirma en boca de uno de sus personajes que “Nosotros solo podemos decir cómo la experimenta el hombre. Se presenta ante nosotros como un peligro, como una amenaza. Y esto lo siente el alma sin que sepa contestar a las preguntas que lo agobian” (11). Cándido sufre en su vida personal las consecuencias de acontecimientos históricos que de modo elocuente revelan una deshumanización, una ruptura del hombre consigo mismo y con los demás que lo lleva a cometer los más terribles crímenes, en un ambiente de continua confrontación y de intereses egoístas en permanente choque. La unión más de dos veces frustrada con su amada Cunegunda y los dramas interiores de los distintos personajes son en la obra una muestra de que la crisis no es una abstracción, una mera idea de mentes apocalípticas sino una realidad que cobra  importancia al entender sus implicancias en la vida personal y cotidiana de cada hombre.

La crítica al optimismo leibniziano, según el cual todo va de la mejor manera, no se da a través de un pesimismo que igualmente sería miope, las conversaciones que Cándido sostiene en el Nuevo Mundo revelan un destello de esperanza en que las cosas pueden mejorar pero para ello hay que aceptar que no todo está bien, por ello, la posición de Voltaire —contraria a los planteamientos de Leibniz o Wolff— habla más de lo que podría llamarse un optimismo dramático que de un simple pesimismo pues se reconoce una situación crítica pero con el fin de motivar un cambio, una transformación proveniente de la misma acción del hombre, las palabras de Martín confirman que no es Cándido la exposición de un ideario oscuro o sin horizontes: “Siempre es bueno no perder la esperanza” (100). Tal aproximación crítica a la realidad es descrita  por Figari en los siguientes términos:

“No se trata, pues, tampoco, de asumir la crisis con ingenuo optimismo, con un romanticismo vacuo y simplón, sino con un optimismo sólidamente afincado en la realidad dramática de las cosas que orienta su visión  más allá de lo episódico, pero sin disfrazar o esconder todas sus graves cargas. Es asunto de vivir la dimensión de esperanza, radicalmente, en todas sus proyecciones” (2000 79).

Los diálogos de Cándido se mueven entre un reconocimiento de la crisis y una esperanza de cambio, así pues, como se lamenta de que “el mal está enseñoreado de la tierra” (113) reconoce también que las circunstancias pueden ser mejores y que no corresponde conformarse con lo  que un mundo en crisis ofrece: “¡Ay! Pangloss me engañó cruelmente al decirme que todo pasa en el mundo de la mejor manera posible” (Id. 39). El protagonista asume de manera crítica su realidad y propone una transformación e incluso Pangloss, en medio de su optimismo “rosa” también descubre el error y lo denuncia, son hombres que asumen positivamente la crisis ya que esta en sí misma es la posibilidad de progreso o decadencia en una determinada cultura. Severino María Alonso se ubica en una perspectiva interesante cuando, desde la raíz sánscrita Kir o Kri de la voz crisis, asume los elementos de la definición en una perspectiva de acentos constructivos:

“La crisis sirve de ´crisol´ que purifica de la escoria que se ha ido adhiriendo con el paso del tiempo. Y en una situación de crisis surge la ´crítica´, que -cuando es serena y constructiva- tiene la función de  clarificar y de discernir lo relativo de lo absoluto y lo accesorio de lo esencial. Crisis significa también -del griego krinein: decidir en juicio- una decisión tomada después de seria reflexión. Toda crisis nos obliga a purificar y a purificarnos, a decidir y a decidirnos. Y esto es muy positivo” (80).

En su análisis de las situaciones, los personajes de Voltaire encarnan una actitud “purificadora” en medio de los problemas que descubren, sin conformarse con ser meros espectadores, la misma conciencia de crisis es el comienzo de un camino que lleva a efectos positivos, mientras que ocultarla, lo que sería propio de perspectivas escépticas o relativistas podría tener como consecuencia una agudización de sus efectos negativos. Esto se hace particularmente importante en la modernidad, cuando la idea de progreso opaca la presencia de la crisis, imponiéndose como dogma según el cual todo es avance, crecimiento, desarrollo y perfeccionamiento, nada es entones signo de decadencia. El llamado de atención de Voltaire frente a esta adoración del progreso se manifiesta en la respuesta de Cándido a la pregunta de su criado Cacambo por la definición de optimismo: “Es el prurito de sostener que todo es bueno cuando es malo” (Voltaire 71).

“La ideología de un progreso imparable establece en sus quimeras una absolutización de lo ‘momentáneo’, de la ‘novedad’. El desarrollo tecnológico refuerza esta noción y la dota de una carga adicional de bondad —‘todo cambio es bueno’— por la que muchos incautos caen ante el nuevo baal, no sólo prestándole pleitesía, sino entregando como faustos hodiernos su alma a un ídolo vacuo, vacío: ‘lo que ayer valía no vale hoy’. Y con eso, para muchos, se arrasa con la entidad real y se llega a su ausencia, la nada” (Figari 2010 15).

Josef Pieper en su Fin del tiempo presenta como ejemplo el caso de Holderlin, que en carta a su hermano apenas estalladala Revolución Francesa deja ver una una exagerada fe en el progreso  que le impide ver los altísimos riesgos de rendirle culto: “Estas semillas de ilustración, estos deseos y afanes callados de los individuos para la formación del género humano se extenderán y robustecerán y llevarán a frutos gloriosos” (Pieper 1984), sobra decir que las matanzas y el “periodo del terror” como algunos historiadores lo llaman no fueron precisamente “frutos gloriosos” de la Ilustración, pero el prurito de canonizar todo lo nuevo sin juicio alguno que Voltaire describe en su obra enceguece incluso a quienes deberían ser guías en medio de la confusión: “La nuestra es sin duda la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos, del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores conculcados como jamás lo fueron antes” (Juan Pablo II 1979 I, 9).

El deseo de progresar revela también una dimensión “nostálgica” del ser humano pues pareciera estar buscando recuperar un estado de armonía perdida en el que todo mantenía un orden, en el que el hombre gozaba de plenitud. En Cándido, El dorado es la representación de dicho estado que para el europeo resulta tan atractivo, pues se constituye en antítesis del Viejo Continente. Dicha nostalgia sea quizás el motor de la libertad humana en la Historia, siempre tendiente hacia lo mejor, lo óptimo, lo excelente pero confundida por el vertiginoso cambio y las abundantes apariencias de bien. Tal vez, las más trágicas y perversas decisiones de quienes han ostentado grandes poderes a lo largo de la Historia no hayan sido siempre una opción radical y plenamente consciente por el mal sino las decodificaciones equivocadas de un legítimo deseo de progreso, común a todos los seres humanos en todas las épocas.

Los grandes proyectos de desarrollo no necesariamente han terminado de manera satisfactoria pero comparten el hecho de haber sido realizados con un válido afán de mejorar las condiciones de vida, de hacer más digna la vida humana. Dicho fenómeno histórico suscita algunas preguntas de gran relevancia en el plano de la Filosofía de la Historia o la Antropología Filosófica: ¿De dónde surge el anhelo de progreso? ¿A qué armonía se busca regresar? ¿Siempre busca bien el hombre su progreso? Cándido exhorta a darles respuesta y no se cierra a la posibilidad de un auténtico progreso que no dependa tanto de coyunturas socio-históricas particulares que se suceden unas a otras, sino que trascienda a lo más interno de cada ser humano, contribuyendo a la realización de cada hombre concreto.

Bibliografía

 

Alonso, Severino María. La vida consagrada. Madrid. Instituto Teológico de Vida Religiosa, 1982

Figari, Luis Fernando. Aportes para una Teología de la Reconciliación. Lima. Vida y Espiritualidad, 2000

Figari, Luis Fernando. Construyendo el presente y el futuro en horizonte de esperanza. Lima. Fondo Editorial, 2010

Juan Pablo II. Discurso Inaugural en la Conferencia de Puebla

Pieper, Josef. El fin del tiempo. Barcelona. Herder, 1984

Voltaire. Cándido o del Optimismo Filosófico. Barcelona. Fontana, 1994

Anuncios

  1. Guillermo

    Hola, me parecio interesante la idea de fondo de presentar el optimismo dramatico contra el optimismo irreal pero creo que la obra de Voltaire no es la correcta para presentar la vision catolica de los otros autores que citas.

    La obra de Voltaire esta marcada por presupuestos racionalistas que no consideran al Dios catolico. Esto es de gran importancia porque la comprension del hombre y del mundo dependeran de estos presupuestos. Por ejemplo, en el caso particular de la esperanza, si Dios no la fundamenta queda solamente una esperanza intramundana, un esperar en que las cosas salgan bien por algun tipo de fortuna.

    Es interesante que Voltaire no se convence con el optimismo de Leibniz pero su analisis y propuesta no son catolicos. Podrias presentar su pensamiento considerando sus presupuestos para tener una idea mas clara de lo que quiere decir.

    Guillermo

  2. Gracias por tu comentario:

    Más que argumentar justificar con “Cándido” la vision católica de los otros autores citados, a idea de tratar a Voltaire es precisamente establecer un diálogo entre la fe y un autor no creyente en el que se encuentran algunas propuestas interesantes, sin embargo, es cierto que su deísmo no coincide con la teología cristiana, en la que Dios interviene en la Historia y redime al ser humano con la Encarnación y la Resurrección de Cristo, ahí se fundamenta nuestra esperanza, no en algo mágico o en el azar.
    Llama la atención que en un autor típicamente moderno y no adscrito a ninguna corriente religiosa resalte esa desmitificación de la idea de progreso, tal vez eso lleve a algunos a reflexionar más al respecto, incluso, con mayor probabilidad que si se tratara de algún pensador cristiano.

    De nuevo, gracias por tu comentario y tus sugerencias.

    Hasta pronto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: