¿Vacaciones? Un derecho. Pero para todos.


Del 23 al 27 de abril se realizó el VII Congreso Mundial de Pastoral del Turismo en Cancún, México. El Papa Benedicto XVI envió un mensaje a los participantes que ilumina con la riqueza de la enseñanza social de la Iglesia realidades muy humanas: el descanso, las vacaciones y el turismo.

Muchas veces cuando pensamos en la evangelización de la cultura, vemos el horizonte de las grandes luchas en la sociedad: los problemas en la defensa de la vida, la justicia social, los medios de comunicación, la educación, la política, entre otros. Pero es muy frecuente que olvidemos que algo fundamental de la cultura es el “cómo vivimos nuestra vida”. Esos “estilos de vida”, o “formas de vivir la vida”, son un horizonte de la mayor importancia en la evangelización de la cultura. Pues allí se reflejan los valores y antivalores que luego se plasmarán en las políticas, leyes, creaciones artísticas, estructuras sociales, líneas de pensamiento, entre otros.

En nuestra “forma de vivir la vida”, las vacaciones ocupan un lugar fundamental. Con alegría esperamos los feriados o las vacaciones para poder descansar, viajar y renovarnos. Pero a pesar de la importancia que les damos, muchas veces no solemos cuestionar la forma cómo descansamos, ni tampoco abrimos la realidad del descanso a una perspectiva trascendente… ¿Cómo descansamos? ¿Cómo viajamos? ¿Con qué criterios decidimos qué hacer y dónde ir?

El Papa en su mensaje da algunos criterios que me parecen muy importantes para que, desde una perspectiva cristiana, podamos vivir esta realidad de tal modo que sea un auténtico y verdadero tiempo de renovación.

El Santo Padre señala la importancia de iluminar esta realidad con la doctrina social de la Iglesia buscando promover una cultura del turismo ético y responsable. Existen tristes casos de un turismo que promueve el tráfico de personas por motivos sexuales o para el transplante de órganos. En otros casos, podemos también constatar un turismo que, promoviendo la promiscuidad y la irresponsabilidad, no sólo degenera al hombre mismo sino que también atenta contra los lugares y las culturas donde se realiza dicho turismo. La enseñanza social de la Iglesia debe iluminar la moralidad con que vivimos nuestras vacaciones. ¿Cuántas veces se prestan para consentirnos ciertas inmoralidades, o para poner nuestro catolicismo entre paréntesis y olvidar que todo cristiano está llamado a ser signo de contradicción?

Desde otra perspectiva, el gozar del tiempo libre y de vacaciones, no sólo es una oportunidad que se presenta y debe ser aprovechada por uno pocos, sino que es un derecho de toda persona humana. Todos tenemos el derecho al descanso. En las clases sociales menos favorecidas, este derecho es muchas veces omitido o silenciado. Hay lugares donde las leyes laborales no son respetadas, o se encuentran ciertas “fracturas” legislativas que llevan a impedir a los empleados tomar las vacaciones merecidas. En otras situaciones, los precios de los lugares para las vacaciones son tan elevados, que hacen imposible el acceso para la mayoría de las personas.

También existe un escenario donde somos nosotros mismos los que no nos damos el descanso que necesitamos. El activismo, el utilitarismo, la cultura de la competitividad y la eficacia, nos llevan a exigirnos más de la cuenta para poder “obtener más”, “ganar más”, reduciendo nuestro horizonte de vida a lo monetario, a las ansias de éxito personal o de búsqueda de significación, o incluso, a la necesidad de cumplir ciertos estándares sociales para cuidar el trabajo o el estatus ganado.

Otro criterio que nos da el Santo Padre es la importancia de no olvidar la “via pulchritudinis” o “vía de la belleza”. Son muchos los patrimonios histórico-culturales y religiosos que ofrecen un camino auténtico para el encuentro con la Belleza Suprema: Dios. Y no sólo eso, sino que también ayudan a crecer en la fe, en la oración y en nuestra relación con Él. Muchas veces, la naturaleza también es un lugar privilegiado para el encuentro con el Creador. El verdadero descanso, no es sólo un “descansar de toda actividad”, sino que el cultivo de la persona vitaliza al hombre mismo, lo llena de un aire nuevo, y le ayuda a enfrentar los desafíos de su vida, sin perder la mirada de lo esencial.

Y por último, es importante considerar que los tiempos libres o vacaciones, pueden ser momentos propicios para el crecimiento humano y espiritual. Junto con el necesario descanso físico, necesitamos atender nuestra vida espiritual. Debemos alimentarnos más del Señor a través de la oración, la liturgia y la meditación. Durante nuestro año, muchas veces decimos que no tenemos tiempo para rezar bien, o para participar más activamente de la liturgia de la Iglesia. Pero cuando llegan las vacaciones, estamos “demasiado cansados” como para la oración y el encuentro con el Señor. No hay mayor renovación que el encuentro con Aquel que es la razón de nuestra existencia. Ciertamente ello no va en desmedro de que el tiempo de descanso sea distinto, más distendido, de manera que permita una recuperación física. Pero el obviar la necesidad de renovar también el espíritu sería una seria omisión.

Las vacaciones son una gran oportunidad. ¿Una oportunidad para descansa y relajarnos? Sí. Pero también para crecer integralmente según quiénes somos. Muchas veces cuando regresamos de nuestras vacaciones las personas nos dicen: “te veo distinto”. Pues de nosotros depende el que ese cambio sea reflejo de ser personas más íntegras, más plenas, y sobre todos, más cercanas al Señor.

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