¿Puede apartar la ciencia a Dios? La alternativa de los Jinetes del Apocalipsis


Por Alfredo Garland Barrón.

Recientemente recibí un comentario a un artículo que escribí (Dios y la ciencia: ¿conflicto o reconciliación?) donde afirmaba un lector que no era válido atribuir la creación al “sabio amor de Dios” precisamente cuando se desconocía aquello que existía antes del “Big Bang”. En todo caso, señalaba el comentario, era más sensato decir “que nada se sabe”. La apreciación, que agradezco, me permite desarrollar algunas ideas.

Como cualquier mortal contemplo el Universo, cuyo fino ajuste permite el desarrollo de la vida en nuestro planeta, particularmente, la vida inteligente. Compruebo que la materia se comporta de manera ordenada, regida por leyes físicas. Ello me habla de un orden y causalidad que hacen posible la investigación científica. Dicho ordenamiento proviene de una inteligencia mayor, sublime, enunciada por la teología natural o teodicea, desarrollada por filósofos como Platón y Aristóteles; y en quien la teología y la revelación judeo-cristiana reconocen a Dios.

La reflexión sobre la existencia humana me hace dudar radicalmente de que los seres humanos seamos producto de la casualidad evolutiva y me inclina a creer en un Dios creador. Cuando se sostiene que la vida inteligente es resultado de la casualidad, se relativiza el propósito de la existencia humana, despojando al mundo de un sentido inherente para contribuir a la vida. Si se aceptase la selección natural, entendida como una serie de mutaciones genéticas ocurridas al azar, tendríamos que prescindir de la idea de un fin último para el ser humano, porque éste se reduciría solamente a un accidente evolutivo. Más bien creo que Dios actúa sobre la creación, realzándola y guiándola de manera providencial hacia un destino mejor.

Con numerosos científicos y personas estudiosas del cosmos, pienso que la teoría del Big Bang constituye una explicación razonable, aportada desde la astrofísica, para comprender el origen del Universo. El Big Bang fue elaborado desde la más estricta ciencia, y no se opone a las enseñanzas de la fe y la intervención de Dios en el acto creativo. Como sabemos, en el campo de la astrofísica aquello que ocurrió antes del Big Bang permanece abierto a la investigación experimental.

El astrofísico Paul Davies, autor del libro “La Mente de Dios”, explica lo siguiente sobre el Big Bang: “En 1920 los astrónomos descubrieron que la imagen de un universo estático estaba en todo caso equivocada. Encontraron que el universo de hecho se está expandiendo, con las galaxias huyendo unas de otras. Esta es la base de la teoría del Big Bang, de acuerdo a la cual el universo entero devino en su existencia abruptamente, hace aproximadamente quince mil millones de años atrás, en una gigantesca explosión. La expansión -del Cosmos- hoy vista puede ser considerada como un vestigio de ese estallido primigenio” (Simon & Shuster, Nueva York 1992, p. 47).

Es importante añadir que la ciencia y la fe no han asumido la teoría del Big Bang como la “explicación final” del origen del Universo; la astrofísica continúa explorando otras posibilidades.

Ciertamente se puede optar por un camino que argumenta la imposibilidad de comprobar científicamente la existencia de Dios. Dicha manera de pensar responde a un paradigma que reclama una ciencia necesariamente “agnóstica” o “atea”. La ciencia respondería a las preguntas del “cómo”; mientras que la religión se reservaría las interrogantes sobre el sentido de las cosas.

Sin embargo en lo cotidiano descubrimos que la ciencia no puede responder a todas las preguntas que los seres humanos se plantean. Dado que la existencia es el problema más complejo, siempre permanecerán interrogantes que la ciencia y la fe deben explicar, cada una desde su campo. El problema surge cuando ambas disciplinas, la fe y la ciencia, confunden sus papeles y sus planos.

La Iglesia describe la fe y la razón como las alas que permiten al espíritu humano levantar vuelo. Benedicto XVI suele repetir que la verdad no debe temer a la verdad. A pesar de un pasado donde ocurrieron innegables tensiones por episodios de mutua incomprensión, la Iglesia no teme los descubrimientos científicos. Impresiona que a finales del siglo XIX el Papa León XIII haya refundado el Observatorio Vaticano, y que un astrónomo que labora en sus instalaciones, el religioso jesuita Guy Consolmagno, haya contribuido con sus estudios de Plutón a sustentar la nueva clasificación de los “Planetas Enanos”.

El Papa Benedicto XVI, en una reciente visita al hospital “Agostino Gemelli” (3 de mayo) hacía referencia a “la reciprocidad fecunda entre la ciencia y la fe”. Ambas comparten el intenso impulso de búsqueda, indagando y preguntándose sobre el “¿cómo?” y el “¿por qué?”, respondiendo cada una desde sus alcances. Ambas parten también de un anhelo, que para el Papa -opinión con la cual me identifico-, es una “nostalgia de Dios” que nos impulsa a otear más allá del horizonte, de lo visible y de lo medible.

Esta actitud de apertura, de búsqueda y de anhelo de respuestas contrasta con ciertos planteamientos intransigentes que conducen a científicos a sostener que la ciencia es racional, mientras que la religión es irracional; y que solamente la investigación científica está capacitada para descubrir la verdad. Es importante señalar que estos científicos parten de un concepto de ciencia donde solo se considera aquello que es medible, adoptando un reductivismo metodológico que tiene graves consecuencias.

Uno de los principales exponentes de esta tendencia, el biólogo Richard Dawkins, afirmaba que la ciencia tiene todo el derecho de confrontar la existencia de Dios y otros temas religiosos de acuerdo a los cánones del método científico; mientras que la religión carecería de voz en estos campos (Ver “El espejismo de Dios”).

Recientemente Dawkins prologaba un libro del físico Lawrence Krauss, “Un Universo de la nada”, cuyo propósito era sustentar que el Universo entero devino de la “nada”, del “espacio vacío”. En sus páginas Krauss sostenía que “la interrogante planteada por la religión: ¿por qué existe algo en lugar de la nada? está presente desde que la gente piensa. Sin embargo  hemos  alcanzado un punto donde la ciencia ha empezando a abordar esa cuestión” (Ver The Atlantic, April 23, 2012).

De acuerdo a Krauss, tanto la filosofía como la teología nada tienen que decir en el ámbito de la existencia. Menos la religión, ya que “Dios fue inventado por mentes perezosas”. ¿Podemos considerar a San Agustín de Hipona, a Santo Tomás de Aquino, al médico católico Louis Pasteur, a Georges Lemaître o Guy Consolmagno como personas de mente perezosa? La arrogancia de autores como Krauss parte de la suposición de que la fe constituye una creencia sin pruebas. Por lo tanto, al no haber evidencias científicas de lo divino (según lo que ellos consideran ciencia), corresponde negar a Dios. Pero aquella suposición que hace indispensable la evidencia empírica para sustentar cualquier creencia guarda una premisa oculta: que todo axioma digno de examinarse requiere de la comprobación por medio de experimentos científicos.

Aquella afirmación evidencia una cosmovisión cultural que postula a la ciencia como la única guía confiable hacia la verdad. Pero, como destaca el pensador científico John Haught, “aquella postura no puede renunciar al empleo de la fe; más bien contiene una ciega declaración del empleo de la fe por la ciencia, porque no hay manera de configurar una serie de experimentos científicos que demuestren que la ciencia constituye la única guía confiable hacia la verdad. Estamos en el plano de  un ‘credo’” (Ver Salon, December 18, 2007).

La ciencia buscar explicar el origen del Universo. Para ello tiene sus disciplinas y métodos de comprobación experimental, mientras que la fe posee su propio lenguaje, pero que no está al margen de la verdad o de la racionalidad. Ciertamente no entiendo la fe religiosa como aquello que se postula para rellenar las “fisuras” que la ciencia no puede esclarecer. Tampoco me convence una ciencia “altanera”, que postula hipótesis sin comprobación como las de Krauss, quien afirma que nos hallamos “en un punto donde es perfectamente plausible afirmar que un Universo lleno de materia ha venido de un principio sumamente simple, del más simple de los inicios: de la nada” (y menos de la “Causa Primera”, enseñada por la Iglesia católica).

Es el mismo Krauss quien revela una de las mayores debilidades de aquella forma de pensar: “Uno puede mantenerse preguntando sobre el ‘¿porqué?’ por siempre. Pero en algún nivel nos enfrentaremos a la interrogante definitiva a la que no podremos responder; pero si contestamos a las preguntas del ‘¿cómo?’, la cuestión estará esclarecida porque aquellas son las interrogantes que realmente importan” (The Atlantic, April 23, 2012).

Una sola anotación: en las facultades de física abundan los científicos que, al menos, en el plano teórico, estarían en capacidad de construir una bomba nuclear capaz de diezmar a cientos de miles, quizá millones de seres humanos. Ellos dominan el “cómo”. Sin embargo, también hay personas con autoridad ética, religiosa, política y científica que se preguntan por el ¿por qué hacerlo? Marginando las cuestiones religiosas y morales, y las interrogantes sobre el sentido de la vida, dejamos abierta la puerta al absoluto nihilismo, por la que ingresarían galopando los “Jinetes del Apocalipsis”.

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Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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