Cimientos en la organización empresarial


Por Carlos Muñoz.

Cualquier estrategia empresarial que busque ser sustentable en el tiempo  requiere una adecuada cultura organizativa que la respalde.  Debe entenderse el término cultura de una manera amplia como el ‘hábitat’ de la empresa que abarca los diversos aspectos relacionales del trabajador. 

La palabra cultura viene del  latín colere, que hace referencia al  “cultivo” como  acción de perfeccionar.  En el caso de la organización podríamos decir que una auténtica cultura es la que promueve el desarrollo integral de la persona  para que se despliegue y perfeccione según su naturaleza y anhelos más profundos.

Según la consultora Haygroup, el 70% de los cambios culturales fracasan y esto se debe  básicamente a que el cambio se plantea en términos muy vagos, a que no se toman en cuenta el cómo el cambio cultural afecta a las personas y que los sistemas de gestión no se alinean a las nuevas pautas culturales.  Se acostumbra a enunciar los valores  de la compañía, pero no se traduce a comportamientos ni se mide cómo se viven.   Resulta reductivo guiarse simplemente por el clima laboral sin tomar en cuenta los valores y creencias latentes. Cuando estos entran en conflicto con los principios de las personas, aumenta la insatisfacción laboral.

Adicionalmente, cabe evaluar si los sistemas de gestión, estructuras, procesos y normas se alinean adecuadamente a la cultura organizativa que se busca crear.  Por ejemplo, si se busca una cultura que promueva el trabajo en equipo, pero el sistema de evaluación solo incentiva las metas individuales o el cumplimiento de la meta sin importar cómo, entonces hay una discordancia que afecta el avance hacia una cultura deseada.

El auténtico paradigma para lograr el cambio cultural debe tener como punto de partida el desarrollo integral de la persona, verdadero eje de la empresa, proporcionando así  el elemento cohesionador  que permita  impulsar en una sola dirección las estrategias que se requieran implementar.     Resulta fundamental el carácter testimonial  en el cual cada miembro de la organización  haga vida  los principios y valores que se promueven y sea así,  a través del recto actuar,  generador  de una auténtica cultura en el interior de la empresa.

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