El olvido de la gracia o cuando Dios no aparece en el cuadro


Por Andrés Tapia Arbulú.

Hace varios años, al principio de una charla, ante varias decenas de jóvenes de un colegio católico, pregunté a qué persona viva era a quien más admiraban. La respuesta casi unánime fue el Papa Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta. Luego de este comienzo alentador, pedí que levantaran la mano quiénes estaban preguntándose la posibilidad de seguir ese camino de consagración a Dios y servicio a los demás: nadie lo hizo. Así pude entender que admirar no significa seguir.

Hace poco vi la película de un santo laico del siglo XX. Una película muy bien realizada a nivel cinematográfico: bella fotografía, buenas actuaciones, un guión que buscaba mostrar la suma abnegación y la bondad cristiana del personaje principal. Así, a lo largo de la historia de su vida, el santo impresionaba por su generosidad, su perdón, su alegría a pesar de la adversidad, la paz que transmitía a los demás y su profunda humildad.  La película había sido realizada indudablemente para mostrar la grandeza humana de este santo y la bendición de su vida entre nosotros. Es decir, había sido realizada con muy buena intención. Pero carecía de un ingrediente fundamental: la relación del santo con Dios.

Durante toda la película se veía a un hombre excepcional, podríamos decir a un superhombre, a un hombre no de este mundo. Indudablemente emocionaban todas sus cualidades cristianas, pero su bondad estaba tan lejos de nuestra realidad cotidiana, que este hombre terminaba siendo inaccesible y lejano. Contrastaba, a fin de cuentas, con el principio por el cual la Iglesia canoniza a sus hijos: “para que sean modelo de vida de los cristianos”. Así, sin quererlo, el mensaje era que la santidad, la conversión en otro Cristo,  era sólo para algunos. Y consideré que efectivamente en la vida cristiana, uno puede admirar pero no seguir, no solamente por el egoísmo personal, sino porque no se comprende o conoce  la acción y la fuerza de la gracia frente a las limitaciones de los que todos somos conscientes.

Así la relación del santo con Dios, sus momentos de intimidad, donde brotaba la verdadera fortaleza del personaje, aparecía de manera muy tímida y había que hacer un esfuerzo de memoria para recordarlos. No aparecían escenas de oración, ni la participación en los sacramentos, ni la ayuda de algún consejero espiritual. Aparecía la bondad a raudales, pero Dios no aparecía en el cuadro. Como si la fuerza sobrenatural proviniera de la nada o sencillamente de la excepcionalidad de un buen corazón. Los pelagianos estarían de plácemes.

La dinámica del cine, la velocidad a la cual nos hemos acostumbrado en la cultura del entretenimiento, y que a veces se quiere aplicar a toda realidad,  hace tender a creer que donde no hay movimiento o sonido no hay ninguna actividad. En la vida de un santo, la mayor acción sucede en su corazón y en su encuentro con Dios. Ahí se dan las mayores batallas de la gracia, ahí se vencen las tentaciones y los desalientos, se disuelven las dudas, se reconcilian y sanan las heridas, ahí es donde se decide servir a Dios hasta las últimas consecuencias.

Curiosamente el reverso del olvido de la gracia en la vida de un santo es el olvido de las consecuencias del pecado en otro tipo de películas. La infidelidad conyugal, la mentira o las relaciones fuera del matrimonio parecen no mellar la integridad psicológica, anímica o espiritual de sus personajes. Es tan irreal el pretendido realismo de las producciones que desean mostrar “cómo es la realidad” que terminan perdidos en seres fantásticos porque en el fondo no saben quién es la persona humana.

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