La Voz del Gran Hermano II. Verdad y Abuso del Lenguaje


Introducción

Según el filósofo alemán Josef Pieper (1904-1997), el lenguaje tiene dos valores, el primero consiste en hacer patente la realidad y el segundo en comunicarla (cf. 219). Dichos valores se requieren mutuamente y no se da el uno separado del otro, pues quien dirige su mirada al objeto se remite naturalmente a un interlocutor, aquel a quien se le expone la realidad y si no se dice la verdad no hay auténtica comunicación, hay una distorsión de la comunicación. De ahí la importancia de aproximarse a la relación entre verdad y lenguaje, intentando mostrar que si en el uso de la palabra no se busca que sea vehículo de la verdad, puede generarse un abuso del lenguaje de graves consecuencias para quien escucha y que moralmente es imputable para quien comunica.

 Palabra y Realidad

 En el Crátilo de Platón encontramos que Sócrates propone una vía media que intentaría conciliar los planteamientos extremos de Hermógenes y Crátilo; el primero señala que los nombres de las cosas son mero pacto y consenso, convención y hábito (nómos, éthos) mientras que su oponente se sostiene en la idea de que los nombres son exactos por naturaleza (phýsei). Sin resolver definitivamente esta disputa ni concluir lapidariamente, el hijo de partera deja abierta la discusión, no sin antes recomendar que “nada importa que sean unas u otras las letras que expresan el mismo significado; ni tampoco que se añada o suprima una letra con tal que siga siendo dominante la esencia de la cosa que se manifiesta en el nombre” (393d) y que “es razonable que encontremos los que están rectamente puestos, sobre todo en relación con las realidades eternas por naturaleza. Aquí es donde conviene, más que nada, interesarse por la imposición de los nombres” (Id. 397b).

Sin dejarse confundir por los malabarismos retóricos y filosóficos de algunos pensadores posmodernos que se han dedicado al estudio del lenguaje algo es claro y muy sencillo para el entendimiento de cualquier lector que se aproxima con sinceridad e interés al texto: Sócrates considera que la exactitud de los nombres consiste en revelar la esencia de los seres, es decir, qué los hace ser lo que son y como son, lo cual no le impide descubrir al mismo tiempo las limitaciones del lenguaje con respecto al fin de develar la realidad. Así, el hombre es mucho más que “aquel que examina lo que ha visto”,  pero es innegable que dicha aproximación, aunque imperfecta, le hace justicia a una dimensión fundamental de la persona, y es por eso que se puede hablar de él como ánthropos, concepto que surge de la expresión griega anathron hà opope: el que examina lo que ha visto (cf. Crátilo 399c).

Los planteamientos socráticos brillan por su simplicidad y lucidez, nada hay en ellos del intelectual vanidoso  que busca sorprender por su irreverencia y extravagancia, por arremeter contra el sentido común. La simplicidad del hombre de la calle está expresada en la sabiduría de aquel caminante que ayuda a otros a dar a luz, para nadie es un misterio que hay formas erradas y correctas de nombrar las cosas con respecto a su realidad. El maestro de Platón lo piensa con sencillez pero profundiza filosóficamente en este asunto planteado por dos hombres de a pie cuyo único interés es el de “examinar lo que han visto”. Von Balthasar dijo alguna vez que “la palabra del lenguaje común encierra más verdad que el término artificial” y añade que “no solo Lao Tsé, Platón y San Agustín, sino también Aristóteles y Santo Tomás ignoran toda terminología especializada” (ctd. en Lauand 442).

La simplicitas es el sello de credibilidad del hombre que busca conocer las cosas y transmitir lo que de ellas ha entendido. Con esta actitud virtuosa y una inteligencia meridiana, Sócrates (o el personaje conceptual al que Platón dio este nombre) concluye lo que Pieper, en consonancia con la tradición metafísica clásica, resume con claridad en su artículo ¿Cómo se llama uno realmente?:

No hay nada en el mundo que podamos entender completamente. Las esencias de las cosas nos son desconocidas. Esa sentencia no se encuentra en una Crítica de la Razón Pura de Kant sino en las Quaestiones disputatae de S. Tomás de Aquino. Precisamente ésta es la razón, prosigue él, por la cual también los nombres que damos a las cosas no pueden penetrar en su esencia. Si llamamos lapides a las piedras porque pueden “herir el pie” (laedere pedem), con esto, como es evidente, no expresamos lo que una piedra propiamente es. Es sabido que las etimologías de los pensadores medievales son casi siempre irremediablemente falsas. Pero la sentencia sigue siendo verdadera: nuestros nombres no penetran en el núcleo de lo que queremos denominar. Sin embargo, hay, a lo que parece, gradaciones (220).

Con gradaciones se refiere Pieper a la profundidad del vínculo entre la cosa y la expresión usada para referirse a ella. El mismo objeto que protege de la lluvia (paraguas, parapluie, guarda-chuva) sirve también para protegerse del sol (umbrella, sombrinha), asimismo las etimologías en las distintas lenguas pueden traer un aspecto distinto de la realidad de la cosa. Cuando en el portugués se agradece diciendo “obrigado” se devela que la gratitud obliga a retribuir; del mismo modo cuando el anglófono dice thanks no se da cuenta de que “to thank” se reduce etimológicamente a “to think“, quien está agradecido piensa, considera lo gratuito (¡gracias!) en el favor que el bienhechor le ha prestado.

Con esto en mente hay que añadir que si las palabras pueden acercarnos a la comprensión de la realidad también pueden ser usadas para apartarnos de ella, hay gradaciones también en cuanto a la lejanía entre el concepto y el hecho o el objeto del que se busca hablar o que se pretende definir.

¿Comunicación sin verdad?

Se decía anteriormente que son dos los valores que tiene la palabra y por lo mismo,  son dos las formas en que puede corromperse, el primero consiste en que por medio de ella se hace patente la realidad, se habla para dar a conocer a alguien algo real. El segundo valor es el carácter comunicativo de la palabra, pues ese alguien es un destinatario de la información transmitida, un interlocutor, “esos dos aspectos del lenguaje, aunque distinguibles, no son separables. No se da el uno sin el otro” (Pieper 219). A esto podría presentarse la objeción de que incluso cuando se dice algo falso hay comunicación, pero ¿Qué es entonces lo que se comunica? La mentira ¿es en sentido estricto una comunicación ya que aquel a quien se miente solo en apariencia participa de la realidad? A esta objeción respondió ya Platón con un reclamo a los sofistas que es frecuente en los diálogos: “Vosotros pensáis que solo hay que preocuparse de las cosas en cuanto que se puede hablar de ellas causando impresión, y precisamente por eso sois vosotros incapaces de diálogo; habláis pero no conversáis. No se puede separar una cosa de la otra: el lenguaje que se emancipa del objeto es por eso, necesariamente, un lenguaje sin destinatario” (ctd. en Pieper 219).

Algo puede estar maravillosamente dicho, con fuerza, convicción y elocuencia, pero a pesar de todo ser falso. Un lenguaje emancipado del objeto equivaldría a una indiferencia de quien habla con respecto a la verdad de las cosas, un lenguaje que no tiene ningún criterio regulador. No es gratuito que el mismo Platón identifique al nihilista con aquel para quien la palabra es solo una forma de hacer negocio o de persuadir[1]. El Gorgias de los diálogos que afirma “No hay nada” no está diciendo que no existan los innumerables hechos y situaciones que se pueden comentar, de los cuales hay noticia, pero sí quiere decir que “no hay nada” detrás de esos hechos, no hay que contar con el ser que pudiera tener una fuerza normativa con respecto a aquello que se dice, tal idea quizá se entiende mucho mejor cuando el filósofo de Sils Maria proclama que  “no hay hechos, solo interpretaciones”.

Si todo es interpretación, mirada subjetiva y perspectiva no hay nada qué comunicar, no hay realidad qué desvelar ni verdad qué mostrar. Quedamos perplejos en un mundo de ideologías y visiones del mundo fragmentarias luchando entre sí por conformar mentalidades. Quienes proclaman a viva voz que la muerte de la verdad ha traído como consecuencia el pluralismo, la tolerancia y el respeto a la diferencia parecieran desconocer la lucha que día tras día libran los medios comunicativos por establecer su lectura de los acontecimientos como aquella que hay que creer, como aquella que en un mundo sin verdad, dice la verdad.

A estas alturas es necesario hacer una aclaración. La teoría contemporánea de las ciencias informativas, campo en el cual se evidencia de modo privilegiado la importancia práctica de las presentes reflexiones sigue preocupándose por la “información veraz” y esto presupone una definición de verdad que tal vez no sea la verdad ontológica o la adequatio rei et intellectus de la escolástica, pero en la cual  pervive el interés realista, primero, de conocer las cosas con objetividad y luego de comunicarlas tal y como fueron conocidas: “De lo que se habla en el Periodismo es de la “verdad lógica”, es decir, aquella que resulta de la adecuación entre el conocimiento que tiene el periodista de los hechos y la noticia difundida sobre estos. Por lo tanto, la veracidad afectaría tanto al deber originario del periodista de acceder a la realidad sobre la que informa como a la construcción retórica del discurso periodístico” (Azurmendi 12).

Si el lenguaje no tiene como objetivo mostrar el qué solo le queda la preocupación por el cómo, la forma, la dicción, no sería entonces el objeto al que se refiere o la realidad las que harían del lenguaje una obra de arte excelente sino la simple forma lograda, la belleza de las expresiones, la imagen proyectada. Una sociedad arrastrada por modas, lugares comunes y esquemas homogéneos de pensamiento que cada vez se interesa menos por la verdad es un campo de cultivo fértil para experimentar con esta maniobra manipuladora del lenguaje. El psiquiatra y filósofo español Aquilino Polaino se quejaba de esta situación en su libro ¿Hay algún hombre en casa? tratado para el hombre ausente: “Cuando te invitan a un programa de televisión, a un debate o una tertulia- y a mí me han invitado a bastantes-, es curioso comprobar que ni los que te han convocado ni el público te juzgan por si lo que has dicho es verdad o no, si tiene fundamento o si es razonable. Lo único que valoran es si das o no buena imagen. Son frecuentes comentarios cómo: “Usted da muy bien, ¡eh! Siga usted por ese camino, que da muy buena imagen”. En definitiva si estás o no de acuerdo con la moda” (129).

Para que exista genuina comunicación debe haber verdad, los dos valores de la palabra, el cognoscitivo y el comunicativo se requieren mutuamente. Ante la gran sofística que buscaría la mera persuasión, la sabiduría clásica responde contundentemente, mostrándole al hombre, buscador de la verdad por excelencia por qué hay que beber siempre de sus fuentes y recordar que en parte, el sentido de la vida humana está en el descubrimiento de la realidad.

Una vez que el lenguaje deja de comunicar, el otro deja de ser tratado como un igual, ya no es una persona que como yo que desea conocer la verdad de las cosas sino alguien a quien debo “adular” para que haga lo que yo quiero; este verbo expresa más de lo que en apariencia significa. Adular no es solo decir algo agradando o complaciendo a quien escucha; de manera más exacta la adulación revela la intención del hablante, el “para qué” de lo que se dice, y como ya quedó claro, lo que se dice no busca informar al otro o hacerle un favor revelándole aquello que desconocía sino llevarlo a una determinada forma de pensamiento o de conducta en relación con lo que yo le propongo, en síntesis, le estoy manipulando como si de un objeto se tratase.

La importancia del tema

Llamar a las cosas por su nombre es un principio de realismo y honestidad. A pesar de que sea políticamente incorrecto hablar al respecto, vale la pena notar que el tratamiento que se le ha dado al aborto en términos jurídicos es paradigma de una manipulación consciente de las palabras que no busca iluminar sino adular por medio de eufemismos como I.V.E (interrupción voluntaria del embarazo), pues para cualquiera es claro que la palabra “interrumpir” no corresponde a la realidad del legrado que busca eliminar la vida del nasciturus[2], pues la interrupción consiste en cortar la continuidad de un proceso que tendría la posibilidad de retomarse posteriormente, y aquí lo que se busca es cancelar el proceso de gestación, anularlo, conducirlo voluntariamente al fracaso. “Aborto” sigue siendo un concepto que se acerca mucho más a la naturaleza del acto, pero que por su fidelidad a la realidad de las cosas prefiere dejarse de lado, como lo señalaba acertadamente el Cardenal Medina Estévez hace algunos años: “Naturalmente también aquí se recurre a argumentos culturales, cambiando la expresión dura de “aborto”, cuya connotación negativa es evidente, por la de “interrupción del embarazo”, algo en apariencia tan inocuo como interrumpir la corriente eléctrica o el flujo de agua por una acequia o una cañería. Contra todas las evidencias científicas que demuestran la formación de la estructura celular propia e individual a partir de la fecundación, se hacen malabarismos para distinguir entre “embrión” y “feto”, entre “promesa humana” y “persona humana”, y soslayar así la clara expresión del Concilio Vaticano II que califica al aborto como “crimen abominable” (62).

Hay quienes afirman que esta discusión sobre los términos adecuados no tiene ningún sentido, es decir, que la disputa por el lenguaje se torna inoficiosa para este caso particular No obstante, las más radicales y célebres feministas de género, cuya ideología se esconde detrás del intento por despenalizar el aborto y que con seguridad tienen más experiencia en esta lucha cultural sostienen todo lo contrario:

Otros han argumentado que todos los términos clave de la modernidad se basan en la premisa de la exclusión de las mujeres y de la gente de color, y que llevan implícitas divisiones de clase así como fuertes intereses coloniales. Pero, (…) también sería importante añadir que la lucha en contra de estas exclusiones termina apropiándose de esos mismos términos de la modernidad, apropiándoselos precisamente para iniciar una entrada en la modernidad, así como también para iniciar la transformación de los parámetros de la modernidad. Así, la libertad viene a significar lo que nunca había significado anteriormente, y la justicia llega a abrazar precisamente aquello que no podía ser contenido en su descripción anterior (Butler 254).

El poder de los términos “talismán” al interior de las grandes organizaciones políticas es conocido y usado por los activistas de género que intentan permear con sus ideas las decisiones de la ONU, las cuales influyen de manera decisiva en las políticas sexuales de muchos países. En la Cuarta Conferencia de la Mujer de la ONU, realizada en Pequín (1995), Judith Butler resaltó la importancia del lenguaje en la implantación de políticas de género, afirmando que: “(…) es importante a nivel retórico puesto que representa el consenso internacional que prevalece sobre un tema y puede ser utilizado por los gobiernos y por los organismos no gubernamentales de diversos países con el fin de impulsar políticas que sean coherentes con la terminología del párrafo 96 de la Plataforma para la Acción de la conferencia”[3] (Butler  268).

Así pues, el saber hablar, entendido como la capacidad de comunicar la realidad de las cosas no es asunto de poca importancia. Nos corresponde cultivarlo por medio de la objetividad y el estudio permanente. Por otro lado, la sociedad de la información en la que vivimos nos exige ser muy críticos y analizar con detenimiento los discursos que encontramos diariamente,  juzgándolos con sentido común y realismo, y no de acuerdo a las fluctuaciones de la “moda intelectual”.

Bibliografía

 Azurmendi Adarraga, Ana. “De la verdad informativa a la ‘información veraz’ de la Constitución Española de 1978. Una reflexión sobre la verdad exigible desde el derecho de la información”. Comunicación y Sociedad. XVIII, 2, (2005): 9-48

Butler, Judith. Deshacer el género. Nueva York: Routledge, 2004

Lauand, Jean. “Método y lenguaje en Josef Pieper”. Sapientia. LIX, 216, (2004): 433-454

Medina Estévez, Card. Jorge A. “La verdad”. Vida y espiritualidad. 63, 22, (2006): 45-66

 Pieper, Josef. “Abuso de poder, abuso de lenguaje”. La fe ante el reto de la cultura contemporánea. Trad. Juan José Gil Cremades. Madrid: RIALP. 2000. 213-235

Platón. Diálogos. Madrid: Gredos, 2007

Polaino, Aquilino. ¿Hay algún hombre en casa? tratado para el hombre ausente. Urduliz: Desclée de Brouwer, 2010


[1] La etimología de este verbo (per-acción perfectiva o completa, suadere-invitar a algo exhortando con palabras suaves) que hunde sus raíces en el verbo indoeuropeo swad (dulce-agradable) es bastante iluminadora pues revela que la persuasión consiste en convencer con palabras y formas “dulces” y “suaves” del lenguaje. De este modo el orador o retórico se entiende como aquel artista del hablar para el cual solo existe un objetivo: Agradar.

[2] Literalmente: aquel que está por nacer. Es el término jurídico técnico con el que se denomina al concebido.

[3] Se refiere a la Cuarta Conferencia de la Mujer de la ONU realizada en Pekín en 1995 y el párrafo citado se refiere a los “derechos sexuales y reproductivos”, concepto acuñado por la ideología de género para abrir espacio jurídico al aborto y las uniones homosexuales, por ejemplo. El párrafo 96 al que se refiere Butler señala:

“Los derechos humanos de la mujer incluyen su derecho a tener control sobre las cuestiones relativas a su sexualidad, incluida su salud sexual y reproductiva, y decidir libremente respecto de esas cuestiones, sin verse sujeta a la coerción, la discriminación y la violencia. Las relaciones igualitarias entre la mujer y el hombre respecto de las relaciones sexuales y la reproducción, incluido el pleno respeto de la integridad de la persona, exigen el respeto y el consentimiento recíprocos y la voluntad de asumir conjuntamente la responsabilidad de las consecuencias del comportamiento sexual”.

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