Edith Stein y la apertura ante el fenómeno de la realidad


Por Eduardo F. Gutiérrez.

I. Introducción: la búsqueda de la verdad en la filosofía

«Desde siempre el hombre se ha caracterizado por su necesidad de conocer la realidad. Ya Aristóteles, en el siglo V a.C., caracterizaba al hombre como una creatura que “desea saber”[2], que busca apropiarse del contenido de lo real para poder dar una explicación a cuanto capta acerca del universo en el que se descubre ubicado, acerca de la sociedad que lo rodea con creaturas semejantes y a la vez disímiles a él, y acerca de sí mismo. El hombre siempre busca conocer la verdad – pero ¿qué es esa verdad?»[3].

Esta búsqueda, aunque de naturaleza universal, se ve de manera particular en quienes buscan la verdad desde la filosofía en la cual encuentran el espacio que requieren para entender los contenidos de dicha verdad. En el caso de Edith Stein (1891-1942), esto se ve con mucha claridad a lo largo de todo su itinerario desde el seno de su familia judía, pasando por la filosofía de la escuela fenomenológica alemana y culminando con su encuentro con la fe cristiana, a partir de la cual su búsqueda de Dios –y luego su divulgación de dicha experiencia de encuentro personal–, llevándola a optar por la vida de religiosa contemplativa, sigue atravesada transversalmente por su esfuerzo por categorizar intelectualmente sus indagaciones y hallazgos. Edith Stein murió como mártir en Auschwitz; fue canonizada con su nombre de religiosa carmelita (Teresa Benedicta de la Cruz) por Juan Pablo II en 1998.

II. Contexto histórico en el que surge Edith Stein

La filosofía, según Hegel, es «una época elevada a concepto». Dicha elevación implica un esfuerzo de parte del filósofo por salir de la cotidianeidad para captar la realidad espacio-temporal en la que vive inmerso el hombre y categorizarla en conceptos e ideas. En ese sentido, y dado que la búsqueda de Dios que Edith Stein inicia está hilada en torno a su búsqueda filosófica de la verdad, es importante contextualizarla en el espacio-tiempo en el que vive y en el que surgen las ideas filosóficas que más la influenciaron. Como en la gran mayoría de los grandes filósofos, es imprescindible tener en cuenta «la importancia de las circunstancias concretas que vivió para la formación de su pensamiento. Los variados senderos que [Edith Stein] recorrió durante su vida contribuyen sin duda a su relevancia para el tema de las relaciones entre fe y razón»[4].

Edith Stein vive en la Alemania de comienzos del Siglo XX, marcada fuertemente por la herencia de la Ilustración decimonónica y su esperanza en las fuerzas de la razón humana no solamente para desvelar la realidad toda sino para someterla a la voluntad del hombre y su plan de progreso. Sin embargo, cuando el proyecto de comprensión y manipulación de la Ilustración son no solo elevados a concepto por los filósofos sino aplicados por dirigentes a la cultura alemana, el resultado es una sociedad altamente sofisticada y racional, pero marcada fuertemente por la frustración ante la crisis de las ciencias y la decepción frente al mito del progreso. Ante lo inapropiada que resulta la razón en sus esfuerzos por abarcar la realidad toda, el espíritu de la experiencia se podría condensar en las palabras de Otto Hahn que López Quintás trae a colación como «experiencia amarga de toda una época»:

Acabo de advertir que mi vida en conjunto carece de sentido. He investigado por puro deseo de revelar la verdad de las cosas y el saber teórico acaba de convertirse en poder aniquilador[5].

III. La Escuela Fenomenológica

A raíz de la crisis de las ciencias y la frustración ante el naufragio del sueño ilustrado, en Europa surgen diversas reacciones; la filosofía de Edmund Husserl (1859-1938) se enmarca dentro de las posturas personalistas, que creen que el distanciamiento entre el sujeto y el objeto no son un impedimento para el conocimiento (como sí lo postulan los vitalistas), sino que por el contrario, da la perspectiva necesaria para tener posturas críticas y mejor fundamentadas frente a la realidad. Husserl es el fundador de la fenomenología, escuela que estudia «los fenómenos que se manifiestan en la conciencia»[6] y por tanto asume una postura que pretende aproximarse al objeto pero desde la perspectiva del sujeto, aceptando tanto la distinción entre uno y otro como la necesidad de ambos elementos en el proceso epistemológico. Edith Stein conoce a Husserl y se hace discípula suya. A partir de dicha relación estudia a fondo la filosofía de su maestro y entra en contacto con otros filósofos insignes de la escuela fenomenológica; entre ellos, Adolf Reinach y Max Scheler.

A partir de este momento, el proceso de búsqueda de la verdad de Edith Stein pasa sobre todo por una creciente y gradual apertura a la realidad con base en la filosofía fenomenológica, que la educa progresivamente en cualidades vitales[7] como la ausencia de prejuicios, la atención a las percepciones primeras de la sensibilidad, la búsqueda de lo esencial y la agudeza mental para superar lo cotidiano. Sin embargo, junto con todo el contenido filosófico que se va asimilando, Stein es también expuesta al testimonio personal de sus co-pensadores alemanes, en los que descubre elementos que admira –como la bondad y clarividencia del recién convertido Reinach[8] o la genialidad y lucidez filosófica de Scheler[9]– y a través de los que comienza a entrar en contacto también con la cosmovisión filosófica del cristianismo y su capacidad para transformar vidas.

IV. Conversión de una filósofa y reflexiones filosóficas de una conversa

Además del testimonio del círculo de gente que la rodeaba, la apertura y reflexión en la que se ha educado Stein hace que algunas experiencias (fenómenos) tengan un profundo eco en su interior. El primero es la visita[10] a la Catedral de Fráncfort, en la que Stein se cuestiona al ver a una mujer entrar a visitar el templo en medio de sus quehaceres cotidianos con una familiaridad poco familiar para la filósofa, más acostumbrada al ritualismo formal de los protestantes o los judíos. Luego, el testimonio de la viuda de Reinach le abre a una dimensión mucho más personal y espiritual de la vida cristiana, en la que descubre[11] la capacidad de la Cruz del Resucitado para dar esperanza, temple y serenidad en medio de la tristeza o el drama de la muerte de un ser querido. Y finalmente, es la lectura –una casualidad casualmente adecuada para la conversión de una filósofa– de Santa Teresa de Ávila lo que mueve a Edith Stein a decir «Ésta es la verdad[12]», a leer el Catecismo y el Misal Romano, a asistir a una Misa y finalmente pedir al párroco lugareño el Sacramento del Bautismo[13].

Una de las cosas que más llaman la atención en el caso de Edith Stein es que es precisamente su «búsqueda incondicional de la verdad[14]» desde la filosofía lo que genera en ella no solamente el descubrimiento y la asimilación de las categorías y conceptos que necesitará luego para entender los contenidos intelectuales de la fe (como la centralidad del concepto de «Ser Absoluto» al que hacía referencia Scheler), sino que dicha búsqueda, a su vez, genera en ella la apertura y la conciencia necesaria para captar su misma experiencia personal de encuentro con otros como base a partir de la cual puede también hacer filosofía. Desde los primeros contactos con Reinach, Stein se inicia en un proceso en el que «toda mirada despierta el asombro[15]» que ya en Aristóteles se señala[16] como la condición necesaria para el inicio de la filosofía auténtica… filosofía que, asombrándose ante el fenómeno de la realidad como un todo, percibe en dicho fenómeno una experiencia de diálogo con Otro. El encuentro con ese Otro que es el Ser Absoluto produce en Stein una experiencia a la vez de paz y quietud interior y, paradójicamente, de profunda energía para emprender nuevos rumbos:

Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu, en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni aun llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir un asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino. […] Cuando me abandono a este sentimiento, me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y –sin ninguna presión por parte de mi voluntad– a impulsarme hacia nuevas realizaciones[17].

Edith Stein pasa por un encuentro personal con ese Dios de los cristianos, percibido como una realidad sutil pero elocuente a través de su propia experiencia y la experiencia de la Iglesia en su entorno. Como parte de las nuevas realizaciones a que hace referencia la recién conversa, Stein descubre en la filosofía de inspiración cristiana, en particular la philosophia perennis de Santo Tomás, una clave de singulares propiedades para confrontar la filosofía trascendental de la fenomenología y para identificar «la verdadera solución a la crisis espiritual de nuestro tiempo: […] la decisión de cambiar el centro de gravedad de nuestro espiritu»[18]. Solamente renunciando al resentimiento egocéntrico que denunciaba Scheler y descubriendo y aceptando el mundo de lo espiritual que sostiene toda la realidad puede el filósofo transformar su interior y re-centrarlo no en torno a sí sino en torno al Ser Absoluto que lo habilita para elevarse al conocimiento del ser de las cosas y la vivencia auténtica de la propia humanidad como centro desde el que se puede donar a los demás. Es por eso que «la cuestión filosófica por excelencia de la Edith Stein madura es precisar el modo posible de unión entre el ser finito y el infinito»[19].

V. Conclusión

Aunque algunos puedan ver tintes de misticismo en la propuesta filosófica de Edith Stein, quizás sea precisamente ese entreveramiento de lo divino y lo humano, del que habla López Quintás a lo largo de su capítulo, lo que permitió a la filósofa alemana iluminar su vida (incluyendo su pensamiento) desde su fe y tener la coherencia de vida que tuvo hasta el final de sus días. El Papa Benedicto XVI, en su famoso discurso en Ratisbona (2006) menciona tres tareas fundamentales que se requieren para hacer realidad la obediencia a la verdad necesaria para el ejercicio filosófico: «en primer lugar, la obediencia a la verdad; en segundo término, la ampliación del horizonte de la razón que esa obediencia exige (yendo más allá de los límites estrechos en que la ha encerrado la ilustración); por último, el renovado encuentro entre fe y razón que esa ampliación permite. El pensamiento de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) puede ofrecer un aporte importante a esta tarea en todos sus aspectos»[20], tanto por su perseverancia filosófica en el esfuerzo por hallar la verdad como por su valor al seguir hasta el final aquello que descubre, precisamente, como luz para toda su vida. «En cuanto entrevió dónde se hallaba la fuente de dicha luz, se fue rauda hacia ella, diciendo, sin duda, con quien iba a ser su guía espiritual, Juan de la Cruz: “Apártalos, amado, que voy de vuelo”»[21].

Bibliografía

  • BRUGGER, Walter. Diccionario de Filosofía.

Biblioteca Herder: Barcelona, 1983.

  • GUTIÉRREZ, Eduardo. Ensayo sobre la verdad (trabajo para Vida, Razón y Fe).

Universidad de la Sabana: Chía, febrero de 2012.

  • LÓPEZ QUINTÁS, Alfonso. Cuatro filósofos en busca de Dios.

Ediciones RIALP: Madrid, 1989, pp. 117-150.

  • SALAZAR, Miguel. Conferencia Fe y razón: el aporte de santa Edith Stein.

Centro de Formación Ntra Sra de Guadalupe: San Bartolo (Perú), 2009.


[1] El presente ensayo está basado sobre todo en LÓPEZ QUINTÁS, Alfonso. Cuatro filósofos en busca de Dios. Ediciones RIALP: Madrid, 1989, pp. 117-150 (en adelante, LQ).

[2] Metaf. 1, 1, 1.

[3] cf Ensayo sobre la verdad, febrero 29 de 2012.

[4] SALAZAR, Miguel. Fe y razón: el aporte de santa Edith Stein, p. 1

[5] LQ, p. 117. Otto Hahn es el inventor de la fisión del átomo de uranio – la frase aquí tomada la dice luego de intentar suicidarse estando en un campo de concentración, motivado por la noticia del uso que los americanos le han dado a su invento en Hiroshima.

[6] Fenomenología en BRUGGER, Walter. Diccionario de Filosofía. Biblioteca Herder: Madrid, 1983, p. 248.

[7] LQ, p. 129.

[8] LQ, 128

[9] LQ, 134.

[10] LQ, 139

[11] LQ, 140

[12] LQ, 140

[13] LQ, 140-141

[14] LQ, 127

[15] LQ, 130 (itálicas de énfasis agregadas por mí)

[16] cf Metaf. I, 2, 982b.

[17] LQ, p. 141.

[18] LQ, p. 146. Itálicas del autor.

[19] LQ, p. 147.

[20] SALAZAR, Op. Cit., p. 2.

[21] LQ, 148.

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