La Esperanza, Virtud del Pensamiento y la Acción.


Introducción

Resulta interesante percibir que en el ámbito académico de la filosofía se acreciente el interés por la relación existente entre el pensamiento y la vida, entre los hábitos de la persona y su cosmovisión, esto es, su forma particular de entender e interpretar la realidad. Ya a finales del siglo XIX, el filósofo francés Maurice Blondel se refería al tema en La Acción y más recientemente descuellan los trabajos de Michel Onfray, quien a pesar de las críticas que recibe de sus colegas por su particular forma de entender la historia de la filosofía, realiza una fundamentada exploración de este vínculo en obras como El vientre de los filósofos y en sus estudios sobre el cinismo durante el periodo helenístico.

No puede olvidarse a Pierre Hadot, quien a través de un profundo estudio del pensamiento antiguo se ha acercado al concepto de filosofía como forma de vida., asunto que da título a una de sus obras. Al respecto puede consultarse también Ejercicios espirituales y filosofía antigua.

Una antropología trial que concibe al hombre como unidad bio-psico-espiritual permite entender que así como la forma de pensar transforma los actos de la persona, las acciones o los hábitos adquiridos con el paso del tiempo configuran una forma mentis. Esta verdad ha sido expresada en el conocido adagio popular que reza: “Quien no vive como piensa termina pensando como vive”. Teniendo esto en cuenta, resulta fecunda la reflexión sobre ciertas virtudes de orden práctico y especulativo cuyas repercusiones pueden rastrearse en la acción pero también en el pensamiento.

Con este enfoque, un recorrido por la historia de las ideas modernas y contemporáneas permite evidenciar la pérdida de la esperanza, virtud de aquel que aguarda la plenitud como el fin de su vida y la realización de sus anhelos más profundos en el don sobrenatural de lo divino. Siguiendo la propuesta de Josef Pieper en Las Virtudes Fundamentales[1], puede afirmarse que esta desesperanzase manifiesta en algunos casos como anticipación del bien esperado y en otros como negación de dicho bien o desesperación, actitudes que dan soporte a distintos planteamientos filosóficos cuya vigencia se manifiesta en la vida de muchas personas y que siempre serán la antítesis de una visión cristiana de la existencia, para la cual, por muy hondos que sean “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18).

La Anticipación o la satisfacción inmediata.

“Los nuevos catequistas profesan que el Progreso es la encarnación moderna de la esperanza. Pero el Progreso no es una esperanza emergente, sino el eco agonizante de la esperanza desaparecida”

Nicolás Gómez Dávila

La Ilustración, cuya marea más alta en términos sociales, políticos y culturales es la Revolución Francesa, tiene como punto de partida el principio de autonomía: La capacidad racional del hombre le permite establecerse moral y políticamente a sí mismo sin necesidad de elementos externos. Los ideales de la modernidad se centran filosóficamente en la constitución de un sujeto independiente que solo con sus fuerzas naturales puede explicar su entorno y explicarse a sí mismo.

Planteamientos como los del filósofo inglés Francis Bacon contribuyen a que la esperanza de una redención para el hombre por la fe en Jesucristo se transforme poco a poco en expectativa intramundana de un paraíso construido desde la ciencia y la técnica, “(…) en Bacon la esperanza recibe también una nueva forma. Ahora se llama: fe en el progreso” (Spe Salvi 17). Por la libertad y la razón, el hombre pareciera poder colmar sus anhelos de felicidad, idea que porta un regusto de la herejía pelagiana, según la cual no se necesita la gracia para salvarse y alcanzar la vida eterna.

La esperanza cristiana no niega que el hombre pueda conducir a la humanidad a condiciones cada vez mejores, no está en contra del progreso ni lo considera una amenaza, pero sí afirma que nunca podemos esperar solo en nuestras capacidades y posibilidades, pues somos seres contingentes y frágiles. Estamos llamados a contribuir en la construcción del Reino de Dios en la Tierra pero este será siempre un don que recibimos y que será plenamente constituido al final de los tiempos cuando Cristo venga por segunda vez; la esperanza de un cristiano está puesta en esa presencia gloriosa y no en sí mismo como ser racional y autosuficiente. Por eso, mientras el hombre sin fe se anticipa queriendo responder desde el orden natural a su deseo legítimo de plenitud personal y colectiva, el hombre que cree pone todo de su parte, cooperando con la gracia de Dios, pero entiende dicha plenitud como una dádiva sobrenatural. Son incluso aleccionadoras las palabras de Gabriel Marcel, para quien “la única esperanza auténtica es la que se dirige hacia algo independiente de nosotros” (73).

Avanzando en el tiempo y llegando al agitado siglo XIX es posible encontrar esta “transformación de la fe-esperanza en el mundo moderno” (Spe Salvi 16) reflejada en las propuestas de Karl Marx y Federico Engels:

El hombre, que buscaba un superhombre en la realidad fantástica del cielo encontró en él el reflejo de sí mismo, no se sentirá ya inclinado a encontrar solamente la apariencia de sí mismo, el no-hombre (Unmensch), allí donde lo que busca y debe buscar es su verdadera realidad (…) La tarea de la historia consiste, pues, una vez que ha desaparecido el más allá de la verdad, en averiguar la verdad del más acá (…) De tal modo la crítica del cielo se convierte en la crítica de la tierra, la crítica de la religiónen la critica del derecho y la crítica de la teología en la crítica de la política (1979 93-94).

La evidente injusticia y desigualdad económica que tuvieron como una de sus causas la Revolución Industrial motivó en pensadores de la talla de Marx y Engels un afán por generar cambios radicales en la situación del proletariado, para lo cual veían la fe del pueblo como un obstáculo. Coherentes con su materialismo ateo proponían trasladar todas las preocupaciones al terreno de lo inmanente, esperando que solo por una política y una economía científicamente fundadas podría llegarse al fin de la Historia, en el que reinarían la paz, la igualdad y la justicia.

Lamentablemente, como recuerda el Papa Benedicto XVI, Marx y Engels olvidaron que el hombre es más que política y economía, a la infraestructura material construida pretendiendo salvarlo y redimirlo sobrevive una inclinación al mal y al egoísmo que él mismo no puede sanar, esto quedó demostrado con los horrores del régimen stalinista y con la caída de la URSS a finales del siglo XX, una vez más, la esperanza intramundana se había derrumbado.

El ocaso de las grandes ideologías, que otrora aparecían como formas de anticipación, ha traído consigo una decepción generalizada frente a los grandes sistemas que pretendieron responder a todas las preguntas del hombre, pero la reacción contemporánea frente a la caída de los grandes metarrelatos podría definirse también como una forma de anticipación, sigue negando un fin sobrenatural y se queda en el horizonte de lo inmanente. Cambiar la espera alegre y paciente de un bien por la inmediatez de un placer es también una actitud de vida que ha impactado profundamente el pensamiento del presente momento histórico. Contraponiéndola a la búsqueda metafísica de quien se siente insatisfecho en el orden de los fenómenos, Maurice Blondel la definía como “diletantismo” (1996 26).

El diletante es aquel que va de placer en placer, entregándose a una multiplicidad de experiencias con el afán de acallar una voluntad con anhelos de infinito. La posmodernidad podría definirse como la era de los diletantes, que sin comprometerse con nada parecen darse a todo lo que signifique una gratificación emocional o física; al mismo tiempo este diletantismo se extiende al plano de las ideas porque se abandona la esperanza en el conocimiento de la verdad y se la reemplaza por una “filodoxia” o amor a las opiniones, por un vagabundeo en medio de las doctrinas que desconfía de llegar a puerto seguro en el intento por descubrir la unidad de lo real, del bien, la verdad y la belleza en medio de la multiplicidad:

He aquí cómo distingo esas gentes curiosas que mencionabas, que tienen manía por los espectáculos y por las artes y se limitan a la práctica, de aquellos a quienes convienen en exclusiva el nombre de filósofos (…) Los primeros, cuya curiosidad  está por entero en los ojos y en los oídos, se complacen de oír  bellas voces, ver bellos colores, bellas figuras y todas las obras del arte o de la naturaleza en que entra lo bello; pero su mente es incapaz de ver y gustar la esencia de la belleza misma, reconocerla y unirse a ella (República 476a476b).

En estas dos formas de diletantismo, el de las sensaciones y el del intelecto, se esconde un pesimismo radical sobre el fin del hombre y su capacidad de conocer―que, valga decirlo, hunde sus raíces en el pesimismo ilustrado―, se opta por desesperar de la felicidad y la verdad, pero no negándolas simplemente sino reemplazándolas por el hedonismo y el relativismo con todas sus nefastas consecuencias en el plano del pensamiento.

Aún cuando el viaje por las sensaciones y las ideas conduce al hombre a una búsqueda espiritual, encuentra opciones que de modo muy sutil le sugieren que la respuesta está en sí mismo, cancelando el “ya pero todavía no” de la esperanza cristiana por el “ahora mismo” de la inmediatez moderna que no quiere aguardar ni tener paciencia, que quiere ver para creer, que no acepta la dimensión misteriosa de lo religioso y quiere reducirlo todo a los estrechos límites del entendimiento humano, incluso con el riesgo de renunciar implícitamente al don de la vida eterna, a la que sin llegar todavía, el hombre de fe se dirige como caminante, manteniendo la certeza de alcanzar esa meta que aparece en el horizonte sin detenerse en metas parciales.

En Fe, verdad y tolerancia, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger contraponía dos visiones religiosas en las que entra en juego la esperanza y que hoy en día pueden descubrirse detrás de distintas corrientes filosóficas y teológicas. Ratzinger hablaba

(…) de “mística de la identidad” y de “comprensión personal de Dios”. Se trata en último término de saber si lo divino, “Dios”, es algo que está ante nosotros, de tal manera que lo supremo de la religión, del ser del hombre, es relación ―amor― que llega a ser unidad, pero que no suprime la contraposición del Yo y del Tú; o si lo divino queda aún más allá de la persona, y la meta final del hombre es la unificación y la disolución en el Todo-Uno (41).

Si el hombre espera en un Dios personal significa que entiende su condición de creatura y reconoce que el control de su propia vida y del mundo no depende solo de sí mismo, mientras que la llamada “mística de la identidad” es una derivación del humanismo ateo que incluso con lenguaje religioso termina negando una vida más allá del mundo material para reducir la existencia humana al más acá que mencionaba la cita de Marx.

Por ejemplo, en la teología marxista de la liberación (TLM) se esconde un secularismo inmanentista más cercano a la idea de identidad que sigue tachando a la esperanza de la tradición cristiana en un Dios personal y en la vida ultraterrena como una forma de alienación. Así lo refiere el P. Horacio Bojorge S.J en una anécdota sobre alguna de sus charlas:

Cuando comenzaba a explicar tímidamente cómo precisamente la esperanza cristiana superaba de alguna manera la espera del Antiguo Testamento abriéndose a la vida eterna, me salió al cruce un prestigioso superior y formador reclamando un mensaje para esta vida y no la reiteración alienante de la vida eterna (Tokumura 86-87).

Si bien es cierto que la TLM entró en crisis después de la Perestroika, virando hacia posiciones indigenistas y ecologistas, su cosmovisión sigue influyendo notablemente en la teología académica, y por tanto, en la formación de muchos candidatos al sacerdocio y la vida consagrada, que entienden la difusión del Reino de Dios como un proyecto sociopolítico y su labor de agentes de reconciliación y testigos de esperanza termina convirtiéndose en una labor humanitaria que en nada se distingue de la que realizan muchos organismos no gubernamentales en distintas partes del mundo.

La desmedida confianza en la psicología, la gran cantidad de personas que acuden al New Age pretendiendo encontrar allí la solución a sus problemas y la abundancia de sectas con doctrinas cada vez más alejadas de lo real revelan de modo alarmante una tendencia muy acentuada a la impaciencia y la desesperanza, que se traducen como anticipación de lo esperado. Quien no quiere aguardar la grandeza futura, intenta conformarse con las minucias presentes.

La Desesperación o la negación del bien esperado

“Habiendo vivido siempre son el temor de ser sorprendido por lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme, lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera” Emil Cioran

 

A las dos guerras mundiales sobrevino en Occidente un sentimiento de fracaso y desencanto frente a la razón instrumental que los pensadores adscritos a la Escuela de Frankfurt supieron expresar claramente en obras como Dialéctica de la Ilustración y Eclipse de la razón. Era difícil tener esperanza después de la hecatombe. Es así cómo aparecen y se desarrollan filosofías de la desesperación que encuentran vano todo proyecto de transformación social, concluyendo más bien que el hombre tendrá un fin desastroso y que su vida desemboca  en la nada.

Aunque esta decisión voluntaria por la desesperación sea, como la anticipación, una forma de desesperanza, existe una diferencia sustancial que consiste en que la primera no cree en plenitud alguna, mientras que la segunda cree en ella, pero la priva de su carácter sobrenatural, y por ello, la anticipa. Si la esperanza cristiana se asemeja a la figura de un joven lleno de energías que vive el presente pero aguarda un futuro pleno,  la desesperación es más cercana a la amargura de la senilidad y la anticipación al infantilismo o la puerilidad (cf. Pieper 1997 399), la primera acentúa lo trágico de una existencia desprovista de sentido y finalidad mientras que la segunda intenta no preocuparse por esta situación y se entretiene con aquello que está al alcance de las posibilidades humanas, procurando encontrar allí su suficiencia y su todo.

Podrían ser varios los autores a estudiar si se desea profundizar en la desesperación contemporánea, sin embargo, el paradigma de esta postura dentro del existencialismo ateo parece ser el rumano Emil Cioran (1911-1995), cuya obra se caracteriza por un estilo aforístico en el que se tratan temas como el suicidio, la tristeza, la melancolía, la mística y las artes, pero siempre con un trasfondo de desazón, pesimismo y hastío.

En su natal Rumania, el joven Emil Cioran perteneció a un movimiento político de filiación fascista llamado La guardia de hierro. Fueron tiempos en que el mundo supo algo de aquel país perdido en el este de Europa gracias a los levantamientos y motines provocado por este grupo de entusiastas a quienes dirigía Corneliu Zelea Codreanu, asesinado en 1938 por las autoridades.

Años después Cioran recordaría con amargura sus días de fanatismo antisemita y ultranacionalista. Lo que resulta interesante desde el tema que aquí se aborda es que su crítica, que al mismo tiempo es autocrítica, no se limita a describir los excesos del totalitarismo y el fundamentalismo de aquellos insurgentes paramilitares que fueron sus compañeros. Para el autor, el movimiento de Codreanu había cometido la imperdonable falta de concebir un porvenir para aquello que no lo tenía, de ilusionar a tantos muchachos idealistas con un futuro de prosperidad cuando en realidad “lo único que debería enseñársele a los jóvenes es que no hay nada o casi nada que esperar de la vida” (1987 77).

Fernando Savater, cuya tesis de doctorado en Filosofía se titula Ensayo sobre Cioran, describe a quien fuera su amigo y maestro como un desesperado de todo futuro natural o sobrenatural. Incluso a pesar de su sonrisa y su buen humor, Cioran es fiel representante de un periodo histórico signado por la decepción y el desengaño, por tanto está completamente a contracorriente de las ideas dominantes que siguen rindiendo culto a proyectos de transformación social. Cuando triunfa la norma sartreana de la literatura comprometida, publica su gran libro de teoría política Historia y utopía, que en nombre del realismo denuncia los efectos mortíferos de la ensoñación en la política: “(…) todavía me sorprende más que siendo la sociedad lo que es, algunos se hayan esforzado en concebir otra, completamente diferente. ¿De dónde puede provenir tanta  ingenuidad o tanta locura? Sólo actuamos bajo la fascinación de lo imposible”.

Si la esperanza dice “terminaremos bien nosotros y yo mismo” (Pieper 1997 390), el desesperado autor de Silogismos de la amargura prefiere gritar: “Mi visión del futuro es tan precisa que, si tuviera hijos, los estrangularía en el acto” (1987 119). Su pesimismo es coherente con la ausencia de sentido de un siglo XX construido sobre la proclamación de la muerte de Dios, sin Él no puede haber alegría ni esperanza y los intentos por esperanzas intramundanas, típicos de la modernidad, son dignos de lástima, cuando no de risa, la risa irónica de aquel insomne que pasaba noches enteras escribiendo en aquel apartamento de tres cuartos ubicado en el No. 21 de la Calle Odeon de París.

Para Cioran, el más primitivo aullido de desesperación es más significativo y revelador que el más riguroso, complejo y elocuente raciocinio lógico. El aullido de este pensador que aprendió con grandes esfuerzos el francés y por él se dio a conocer, es el lamento de quien no le perdona a Dios su inexistencia. La desesperanza de Cioran, hijo de un sacerdote ortodoxo y de una mujer incrédula, hunde sus raíces en un radical ateísmo, pero sigue reconociendo en un ser superior la posibilidad de gozo que el mundo no puede darle. ¿Será esta vía de la desesperación, en que los vanos entretenimientos y las falsas ilusiones desaparecen definitivamente, la que nos conduzca a la búsqueda de una esperanza verdadera? ¿No será todo buscador sincero de Dios un desesperado?

Sin Dios, la soledad sería un alarido o una desolación petrificada. Pero con Él, la nobleza del silencio atempera el desvarío que nos produce la falta de consuelo. Cuando ya lo hemos perdido todo, recobramos la calma eternizando nuestros sueños bajo los desnudos árboles de sus alamedas. Sólo el pensar en Él me mantiene de pie. Cuando extirpe mi soberbia, ¿podré acostarme en su cuna misericordiosa y profunda y adormecer mis insomnios consolado por su vigilia? Más acá de Dios sólo nos queda el anhelo por Él (1995 224).

En su adolescencia, Cioran, quien sufrió de terribles depresiones durante toda su vida y moriría en un psiquiátrico luego de padecer alzheimer, se desahogó con su madre diciéndole: “¡No soporto más vivir!”, años más tarde escribiría la que muchos estudiosos consideran su gran obra: En las cumbres de la desesperación como resultado de un intento fallido de suicidio, según reveló décadas después en una entrevista. Hablar de aquel hombre nacido a principios de siglo en la lejana Transilvania y que desesperó de las grandes utopías, incluida la religión, es hablar sin duda de uno de los más contundentes, radicales, rencorosos y lúcidos enemigos de la vida, la ilusión y la esperanza; ciertamente su discurso es el más fulminante ataque metafísico contra la existencia de esencia y totalidad. Su lamento expresa el “No” de quien ha optado por la desesperanza y para quien enfrentar cada jornada se convierte en un acto de valentía: “El heroísmo consiste en querer morir, pero también en querer vivir cuando cada día agobia más que una eternidad. Quien no haya sufrido lo insoportable de la vida no ha vivido nunca” (Cioran 1995 195).

La visión cristiana de la esperanza permite comprender que la pérdida de esta virtud teologal, que solo se da si la antecede una confianza inquebrantable en Dios, solo puede tener como consecuencia el hundimiento del hombre y el rechazo a su propia existencia. No gratuitamente un santo de nuestro tiempo ha dicho con vehemencia: “Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible” (Camino 783).

Conclusión

No es poco el poder de las ideas, incluso en una época que parece despreciar la reflexión y hacer una opción consciente por la estupidez, la frivolidad y la ignorancia. Muchas aproximaciones filosóficas siguen modelando formas de vida, que a su vez, como por un efecto de circularidad, transforman los criterios orientadores en la vida de muchos hombres y mujeres. En una breve historia del pensamiento moderno ha sido posible rastrear una transición de las esperanzas construidas por el hombre a la más profunda desesperación.

Corrientes de pensamiento que se esfuerzan por enrostrar lo feo, lo grotesco, el dolor, la tragedia y el absurdo como definitivos en la vida humana, la presencia del mal en la sociedad, la evidencia de las propias inconsistencias personales, la fragilidad de nuestra vida, los fracasos de muchos proyectos bien intencionados y el triunfo de planes macabros que atentan contra la dignidad del hombre hacen difícil, nadie lo niega, creer en aquellas promesas modernas que auguraban una desaparición de la violencia, un aumento de la obediencia a las leyes y la constitución de un nuevo paraíso en la Tierra.

Frente a quienes se sumen en la tristeza y aquellos que fugan de la realidad por medio del hedonismo, la coherencia de una vida virtuosa que se entiende como cooperadora de la gracia de Dios y la alegría que produce levantarse cada día con el deseo de responder a sus inspiraciones es un testimonio para quienes viven sin esperanza. Por otro lado, se hace necesario que quienes se dedican a la apasionante tarea de la reflexión propongan un pensamiento esperanzado que sin proclamar una falsa superioridad del hombre ni desesperar de sus capacidades y posibilidades, le remita a valores sobrenaturales en los cuales debe estar anclada su existencia y la construcción de su proyecto vital.

El hombre puede aún hacer mucho por cambiar el mundo, pero ese cambio solo tiene razón de ser si se remite a un horizonte trascendente de verdad, bien y belleza, si es cierto que su vida tendrá un buen fin, si caminamos hacia la meta anhelada de la Jerusalén celeste, si hay un Dios personal en quien podemos esperar y que espera mucho de nosotros.

Bibliografía

Benedicto XVI. Carta Encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana. Lima: San Pablo, 2007

Blondel, Maurice. La Acción. Ensayo de una crítica de la vida y de una ciencia de la práctica. Trad. de Juan María Isasi y César Izquierdo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1996

Cioran, Emil. Del inconveniente de haber nacido. Madrid: Taurus, 1987

Cioran, Emil. El ocaso del pensamiento. Barcelona: Tusquets, 1995

Marcel, Gabriel. Position et aproches concrètes du mystère ontologique. Paris, 1949

Marx, Karl. Engels, Friedrich. Sobre la religión. Salamanca: Sígueme, 1979

Pieper, Josef. Esperanza e Historia. Trad. de Diorki. Salamanca: Sígueme, 1968

Pieper, Josef. Las Virtudes Fundamentales. Madrid: RIALP, 1997

Platón. La República o el Estado. Trad. de Patricio de Azcárate. Madrid: Espasa Calpe, 2006

Ratzinger, Joseph. Fe, verdad y tolerancia. Salamanca: Sígueme, 2005

Savater, Fernando. Ensayo sobre Cioran. Madrid: Taurus, 1980

Tokumura, Óscar. “Teologías marxistas de la liberación: ¿teología o secularismo inmanentista? Entrevista al P. Horacio Bojorge, S.J”. Vida y Espiritualidad 65, 22 (2006): 79-100


[1] Aunque Pieper habla de presunción y desesperación como formas de anticipación. Aquí se ha preferido hablar de anticipación y desesperación como formas de desesperanza, pues esta distinción parece ser más comprensible en la Lengua Castellana, para la cual presunción tiene otro significado.

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  1. Eduardo G.

    – ¡Excelente artículo! Como para releerlo luego con más calma. Me parece acertado el tema tocado; para la sensibilidad moderna, el ideal ilustrado del hombre independiente y autónomo tiene todavía muchísima fuerza, y con frecuencia genera anticuerpos frente al cristianismo por mal-entender la co-dependencia entre los hombres (y de los hombres frente a Dios) como un esclavismo, y no como ocasión para el encuentro y el despliegue de la libertad en la entrega-acogida entre personas. Es ahí cuando el personalismo de pensadores como Marcel me parecen supremamente interesante.
    – ¡Se tocan muchísimos campos – es muy amplio el diagnóstico cultural! En esa línea, la propuesta del diletante es similar al Calicles del Gorgias platónico, de reminiscencias Nietzscheanas… el personaje que opta por apostar su vida por llenar el cántaro de agua, aún cuando sabe que está lleno de agujeros por los que el agua saldrá e imposibilitará llenar el recipiente. También viene al caso recordar la logofobia que menciona Simmias en el Fedón, muy diciente de la hodierna postura desesperanzada frente a los metarelatos y, en general, a la capacidad del hombre de comprender.
    – Creo que, para poder tener esperanza real, es fundamental tener una concepción del hombre en la que se acepte su libertad, su capacidad de escoger su futuro y optar por diversos caminos… el cristianismo es adalid de dicha visión, en oposición a la visión antigua de un cosmos pre-determinado e inevitable. Eco de la inconformidad frente a dicha visión se ve ya en los mismos griegos, desde la rebeldía de los héroes homéricos hasta el homo mensura de Protágoras y todos los sofistas tardíos… inconformidad que asumirán los estoicos con resignación, y que será (junto con el deseo del auto-cuidado personal de la interioridad espiritual) una de las necesidades más acuciantes del ya decadente mundo romano a las que el cristianismo dará respuesta.
    – Ahora, a la vez que el cristiano se entiende libre, también comprende el concepto de Plan de Dios y de naturaleza humana, no como barreras frente a las que se choca, sino como caminos que se entregan como don, como espacios para ser recorridos desde la libertad. Inevitablemente se niegan caminos cuando se escogen caminos; el omnia determinatio est negatio de Spinoza tiene mucho de sensatez, y quizás la irrealidad de la libertad absoluta (como valor supremo) requiere de un contrapeso como el que ofrece la visión cristiana de la realidad.
    – Sin querer hacer reduccionismos o sobre-simplificar, ¿no hay ecos de éstas dos necesidades en los dos dinamismos fundamentales de la espiritualidad sodálite, la permanencia (que requiere de una naturaleza como piso estable) y el despliegue (que requiere de la libertad para ser auténtico)? Quien absolutiza uno en desmedro del otro termina dimitiendo de algo fundamental de su naturaleza y cayendo, ante la frustración, en la desesperanza, sea por buscar la libertad absoluta o por querer fundamentar su vida en una naturaleza-cárcel predeterminista.

  2. Carlos Andrés

    -Interesantes reflexiones sobre la postura diletante, ahondaré al respecto. Me confirmas el valor del pensamiento clásico y su sintonía, si bien hay que reconocer notables diferencias, con el pensamiento cristiano.
    Creo que las reflexiones sobre el diletante en la filosofía de Maurice Blondel son iluminadoras en nuestro contexto. Realmente a un hombre que ha renunciado al sentido y la plenitud solo le queda lo efímero de los placeres, que terminan haciéndolo sentir más vacío. El consumismo es una de las expresiones contemporáneas más claras de ese intento por satisfacer el anhelo de infinito con la materia, con la inmanencia, con lo temporal. Pascal Bruckner se ha referido a esa experiencia de estar hastiados y saturados en medio de los fenómenos como la “náusea”, que por un lado nos mantiene insatisfechos y por otra nos llena de cosas que no necesitamos. Podríamos también referirnos a una especie de “gula emocional” en cuanto búsqueda afanosa de estímulos que termina destruyendo al ser humano y llevándolo a un profundo dolor. Incluso me atrevería a decir que la desconexión de sexo y amor es consecuencia de haber desesperado del amor verdadero. “Si no hay amor, entreguémonos a la satisfacción de la carne”.

    -Si no hay Dios, no solo el hombre queda sin fundamento para su esperanza y sin un norte hacia el cual dirigir sus opciones libres, Tal vez habría que ir mucho más allá y decir con Gómez Dávila que “todo es trivial si el universo no está comprometido en una aventura metafísica”(Escolios 30).

    -La visión cristiana de la realidad te muestra el inmenso poder que Dios le ha dado al hombre dándole capacidad de elegir, pero al mismo tiempo el peligro de orientarla mal. Por eso el hombre debe dirigir su mirada a Dios y preguntarle con humildad y confianza: “¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” (Mc 10,17).

    -No me atrevería a decir cómo se relacionan naturaleza y libertad con los dinamismos fundamentales, si bien parece acertado lo que afirmas. Es necesario pensarlo más y sobre todo vivir el Plan de Dios con libertad, esto es, no esperar que Dios lo decida todo por nosotros como si la santidad fuera una cuadrícula de la que no puede uno salirse sino decidir, actuar con espontaneidad pero teniendo siempre como criterios el bien y la verdad. Para eso nos hizo libres, para decidir.

    ¡ME ALEGRA MUCHO TENER INTERLOCUTORES, ESPEREMOS QUE SE SIGA ALIMENTANDO ESTA REFLEXIÓN!

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