Un milagro verdadero: Las enseñanzas de la paciente esperanza


Por Alfredo Garland B.:

Las personas nos ufanamos de alcanzar resultados inmediatos y tangibles. Un signo de los tiempos es la conquista rauda de la meta anhelada. Sin embargo, si algún obstáculo se interpone en nuestro camino, muchas veces nos precipitarnos en un abismo de frustración y de abatimiento.

En el siglo XVI un gran maestro espiritual, el español fray Luis de Granada, equiparaba la existencia humana con un mar tempestuoso e inestable. En esta vida, afirmaba, “no hay felicidad tan segura que no esté sujeta a infinitas maneras de accidentes y tragedias nunca pensadas que a cada hora nos asaltan” (Guía de Pecadores, Libro 1, 2, XXI).

A pesar de los siglos transcurridos, fray Luis podría estar describiendo nuestra época, caracterizada por la eficacia. Valoramos desmedidamente los resultados expeditivos y resonantes. Pero, cuando nos evaden, podemos estallar en disgustos, quizá abandonando frustradamente aquello emprendido.

Es frecuente que intentemos marginarnos de las pruebas, escudándonos en espacios esquivos. Nos asustan las incomprensiones. Cuando las cosas escapan a nuestros cuidadosos cálculos y los padecimientos se hacen inevitables, podemos deslizarnos fácilmente en la tristeza y en el desánimo. Permitimos que nos invadan pensamientos grises y desesperanzados, olvidando que estamos invitados a enfrentar los retos e infortunios con entereza y paciencia. Nos incomoda, muy humanamente, el prospecto de convivir con la congoja, la incomprensión y los quebrantos.

Extrañamos quizá la paciencia, que el sabio Cicerón definió como “voluntaria e ininterrumpida firmeza de la honestidad en cuanto a las cosas arduas y difíciles” (Ver De inventiones rethoricae, 1. 2, cap. 54). ¿Será porque relacionamos equívocamente la paciencia con la inactividad y la resignación? Pues cometemos un serio error, ya destacado por Santo Tomás de Aquino cuando adecuaba la paciencia con la acción de oponerse al conformismo. Padecer no es simplemente permanecer estático. Por eso el Aquinatense definía esta virtud como “la cualidad por la que los males presentes (principalmente los infligidos por otros) se soportan de modo tal que de ellos no se deriva una tristeza desesperanzada” (Ver Sum. Th. 2-2 gl36 a4 ad2).

La carencia de paciencia nos deja expuestos a las asechanzas del sufrimiento y de la frustración. La tentación del hastío, aquel aburrimiento profundo que se cierne sobre nosotros como la niebla sutil que cubre las crestas del mar en el invierno otoñal, está perennemente presente. Aparece sin anunciarse, ocupando sigilosamente todos los resquicios de nuestra vida, reduciéndonos a la indiferencia descuidada y descorazonada.

Ciertamente en el mundo abundan diversos males. Están las injusticias, las enfermedades, las desgracias propias y ajenas y las situaciones trágicas. De ninguno podemos marginarnos. Tarde o temprano nos alcanzan. Las limitaciones inherentes a nuestra humanidad nos generan impaciencias y agonías. ¿Cuántas veces hemos asumido resoluciones para combatir algún defecto particular, abandonando precipitadamente el esfuerzo, para desandar los pasos avanzados? “Se nos hace duro continuar esperando cuando, tras haber asumido mil determinaciones, somos siempre igualmente incapaces de cumplirlas”, puntualizaba el lúcido Cardenal Jean Daniélou. “Cuando, tras haber tocado en un cierto momento una cima volvemos a estar en el mismo punto que antes, teniendo la impresión de no haber avanzado, o cuando experimentamos la cantidad de mal que arrastramos para realizarnos en el plano espiritual” (Contemplación. Crecimiento de la Iglesia, Ediciones Encuentro, Madrid 1982, p. 64).

A nadie que esté en sus cabales le agrada sufrir. Un maestro espiritual como Santo Tomás de Aquino evidenciaba dos realidades ineludibles para nuestra fe cristiana:

a. El hecho metafísico de la existencia del mal, capaz de lesionar fuertemente, que se introdujo en el mundo por la primera caída, el pecado original.

b. La necesidad de la Redención obrada por el Señor Jesús para regenerar la naturaleza humana, reconciliándola de las rupturas y de su consiguiente desorden.

Particularmente desde la experiencia de la Pasión y de la Cruz el Señor Jesús transforma la paciencia en un sendero de santificación. Profetizando el arduo camino de incomprensión que aguardaba a los Apóstoles, Jesús les repite: “Con vuestra paciencia (nutrida de esperanza) salvaréis vuestras almas” (Lc 21, 19).

La paciencia está estrechamente unida a la esperanza, y el primer sustento de la esperanza paciente es la fe. En su encíclica “Spe Salvi”, el Papa Benedicto XVI acentuaba la relación entre la fe y la esperanza. La salvación practicada por el Señor Jesús constituye la base de la fe que abre nuestra vida a un espacio de “esperanza fiable gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, puede vivirse y aceptarse si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (N. 1).

La esperanza fiable nos hace comprender mejor nuestras dificultades, particularmente cuando la existencia nos confronta con diversas tensiones, por ejemplo, entre lo que uno desearía ser y lo que uno realmente es; entre lo que uno quisiera realizar y lo que uno es capaz de hacer; y entre lo que uno posee y lo que se aspira a tener.

A cada uno le corresponde concretar un proyecto de vida mediante la respuesta a una vocación única, que Dios desea para nuestro bien. El teólogo Adrian Van Kaam expuso nítidamente la aspiración humana a la realización: “Tengo que ser la persona única que Dios quiere que sea. Cuanto mejor llegue a ser aquello para lo que mí Creador me llamó a ser originalmente, tanto más unido estaré con mi origen divino” (Ser yo mismo, Narcea, Madrid 1978, p. 5-6).

Precisamente para alcanzar nuestras metas necesitamos de la paciencia. Los Padres del Desierto, los monjes y maestros de la espiritualidad cristiana de los primeros siglos de la historia de la Iglesia, consideraron que era fundamental confrontar la impaciencia. De las lecciones aprendidas de otros “Abbas”, o “maestros espirituales” más sabios y de sus propios combates, nunca cejaron en recomendar el enfrentamiento radical contra el abatimiento impaciente.

Para el “Abba” Juan Casiano la impaciencia consistía en un “aguijón opresor”: Si la alojamos en nuestro espíritu, nos aparta en seguida de la contemplación divina. Nos despoja de toda pureza. Nos derriba y anonada, dejándonos al ras de la tierra. Si permitimos que se enseñoree, nos roba la alegría, alentando la invasión de la acedia y de la inapetencia espiritual (Ver Instituciones, L. IX, I).

Una de las manifestaciones de la impaciencia es la tristeza. Cuando domina sin oposición, debilita nuestro entendimiento de la realidad. Unas veces aparece cuando se frustran las aspiraciones. En otras ocasiones, como consecuencia de la ira. Cuanto más se permiten las añoranzas de deseos irreales y vanos, aun mayor será el desaliento. La causa última de la tristeza es la dependencia exagerada del mundo, de sus tensiones y veleidades. Quien ama desordenadamente los éxitos mundanos y banales sufrirá sus congojas y desencantos.

Tras estas consideraciones, Juan Casiano aclaraba que existía una tristeza “sana”, un dolor según Dios, muy distinto al abatimiento según el mundo. Esta tristeza espiritual se originaba del reconocimiento de los actos equivocados y pecaminosos. Uno se sana mediante la reconciliación y la penitencia saludable (Instituciones, L. IX, X).

La fragilidad humana se entrelaza con el impulso que conduce a la persona hacia la búsqueda de Dios, a la comunión con el Padre Celestial, el ancla de nuestra esperanza y paciencia. Se trata de la nostalgia de infinito, aquella permanente aspiración a la paz, a la felicidad y a la realización, ligada a la existencia misma del hombre, que le ofrece la esperanza paciente sustentada en la confianza en el amor de Dios.

La persona moderna vive esta nostalgia, alternándola con la precariedad de su realidad. Pero sus limitaciones nunca acallan el hambre de Dios. El alejamiento de Dios impuesto por las rupturas del pecado jamás plantea una distancia insalvable. San Pablo descubre al hombre atribulado en todo, pero nunca aplastado. Perplejo, más no desesperanzado. Perseguido, más no abandonado. Derribado, más no vencido. El hombre, aunque quebradizo, puede condescenderse con sus quebrantos y sus flaquezas. Porque cuando se es débil, entonces uno puede ser fuerte porque se entiende mejor la propia fragilidad (2 Cor. 12.9-10). ¿Acaso Jesús, conocedor de nuestros defectos, desatiende su amor hacia nosotros? Por eso necesitamos de la paciencia, un milagro verdadero y continuo en medio de las pruebas.

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Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

Un Comentario

  1. Tere

    Gracias mil, lo que su escrito a dado a mi persona es esperanza y valor para vivir la paciencia. Dios les devuela mas y les bendiga. Tambien creo que cada humano de hoy vive con miedo y el mal se ha encargado de promoverlo a los cuatro vientos, para ganar almas hacia el. Paciencia es la virtud que practicandola dejaremos de lado este temor.

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