EL INCOMPARABLE G. K. CHESTERTON


Por Alfredo Garland Barrón.

El filósofo Etienne Gilson gustaba relatar la siguiente anécdota. Dos personajes históricos apasionaron al genial escritor inglés Gilbert Keith Chesterton: San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino. El “Poverello” porque apelaba a su conciencia social, y el santo dominico porque, como el mismo Chesterton descendía de indomables navegantes normandos.

Un día, recordaba Gilson, G. K. Chesterton decidió escribir un libro sobre el Doctor “Angélico”. Para ello el prolífico autor acudió a su técnica usual cuando se trataba de redactar ensayos: recabar de su extraordinaria memoria los conocimientos necesarios, y el resto dejárselo a su viva inspiración. Fue así que Chesterton dictó la mitad de la anunciada obra. Cuando algunos alarmados amigos le advirtieron que concienzudos eruditos habían consumido sus vidas estudiando a Santo Tomás de Aquino, Chesterton hizo un paréntesis en su ímpetu creativo y pidió a su secretaria buscar algunos libros especializados.

—¿Qué clase de obras?, interrogó su colaboradora.

Chesterton le respondió despreocupado:

—Los que usted quiera.

Con la ayuda de un sacerdote conocido, la responsable secretaria se entregó a la pesquisa de elevados tratados y estudios sobre el Aquinate. Al presentarle a Chesterton el fruto de su esfuerzo, G.K. inclinó su jovial rostro, coronado por una leonina melena blanca, para permitir que sus ojillos miopes los recorran a toda prisa, deteniéndose en algunas páginas. Al darse por satisfecho tras aquel breve examen, los puso a un lado y continuó con el dictado.

Más tarde uno de los ejemplares de «Santo Tomás de Aquino» llegó a manos del reputado tomista Gilson.

—«Chesterton es desesperante», exclamó el filósofo francés. «He estudiado a Santo Tomás toda mi vida, y nunca podría haber escrito un libro tan elocuente como el suyo. Sólo un genio es capaz de aquella hazaña».

“G.K. Chesterton” —como a él le gustaba firmar sus escritos— fue uno de los más extraordinarios personajes surgidos entre los católicos de habla inglesa. Y, sin lugar a dudas, uno de los menos convencionales. Polemista impetuoso e incansable, ensayista, periodista, poeta, dramaturgo, autor galardonado y propagandista, pasaba del artículo fugaz y humorístico, al ensayo grave y erudito. De su pluma salieron innumerables artículos y más de noventa libros. Su capacidad memorística para retener los datos que leía se tornó legendaria. Un amigo relataba que podía absorber los libros «como una aspiradora».

«Soy sobre todo un periodista» escribió en su autobiografía. A este “periodista” se deben obras de extraordinaria prosa como “Ortodoxia”, “La Pequeña Historia de Inglaterra” y “El Hombre que fue Jueves”. Está también la serie de aventuras y misterio en la que el principal protagonista es un sacerdote católico, el Padre Brown, y “El Napoleón de Nottin-hill”, que se adelanta a las denuncias de Aldous Huxley y George Orwell sobre una sociedad dominada por un “superestado”. Quizás fue el Papa Pío XI quien mejor lo catalogó, llamándolo “defensor de la fe”,.

Chesterton no podía vivir sin un constante fluir de ideas en su cabeza. Inconforme y crítico de cuanto juzgaba negativo, sus escritos intentaban dar alternativas y soluciones. El caso de su inspiración para escribir “El Napoleón de Nottin-hill” es característico. Un día se encontraba paseando por las calles de aquel distinguido barrio londinense, relatándose mentalmente historietas de asaltos y asedios feudales, a la manera del novelista Sir Walter Scott, y tratando de aplicarlos vagamente al «desierto de ladrillos y concreto» que lo rodeaba. Su Londres natal se había transformado en una urbe despersonalizada, atestada de gente anónima. Frente a sus ojos se alzaba un centro comercial vivamente iluminado que rompía la monotonía. Una pequeña isla que de seguro el imaginario enemigo debía conquistar. Unas fuentes de agua cercanas debían ser el blanco de ataque. «Se me ocurrió de repente —recordará Chesterton más tarde— que la captura de aquellas piletas pudiera significar, en verdad, el golpe militar de inundar el valle, y, con aquellos torrentes y cataratas de aguas imaginarias, invadió mi mente la primera idea de un cuento llamado “El Napoleón de Nottin-hill”».

Sus relatos expresan sus ideales culturales y religiosos así como sus posturas políticas. «Nunca he tomado en serio mis libros; pero tomo muy en serio mis opiniones», sentenció en una oportunidad. Desde muy joven G.K. Chesterton fue un personaje público. Su pluma impetuosa, su gusto por la polémica y su incomparable figura —pesaba ciento veinte kilos y medía 1.83 metros de altura— lo convirtieron en uno de los escritores más populares de Inglaterra. Un testigo presencial de sus debates con George Bernard Shaw, amigo íntimo pero con quien no estaba de acuerdo en nada, lo describe vivamente: «Era un señor gordo y bracicorto, rebosante y fruncido, que juntaba las manos sobre la barriga, retorciéndolas a medida que iba expresándose, y que, entre labios, decía algo que si no era percibido, le producía a él sobrada hilaridad por no poder siquiera llevar a feliz término las frases».

Increíblemente distraído para las cuestiones prácticas, nunca consiguió (ni le importó mucho) vestirse con corrección. Andaba siempre desaliñado. Su esposa Frances Blogg optó por cubrirlo con una capa y un sombrero de ala ancha que, junto con su sable-bastón, su bufanda sobre los hombros y sus anteojitos de montura metálica, se convirtieron en su sello característico.

Fue justamente en una polémica donde conoció a otro personaje católico que sería decisivo en su vida: Hillaire Belloc. Este ya era famoso orador en Oxford. Después de polemizar, ambos se retiraron a un pequeño y oscuro café en el Soho donde se inició su legendaria amistad. Más tarde publicarían juntos un periódico semanal de denuncias sociales llamado “Eye Watch”.  Belloc y Chesterton formaron una pareja de adalides en una serie de causas como la oposición sincera a la guerra de Inglaterra contra los Boers sudafricanos, una diversidad de asuntos de tipo social y, cuando G.K. se convirtió al catolicismo, la propagación de la fe en un ámbito agnóstico y naturalista. Formaron un conjunto muy compacto en la comunión de ideas, bautizándolos irónicamente el mordaz Shaw como los “Chesterbelloc”.

Este personaje tan poco dado a lo formal nació en el seno de una familia ultra convencional, el 29 de mayo de 1874. Sus padres pertenecían a la clase media “un poco anticuada”, afincada en Kensington, donde su padre encabezaba un negocio de bienes raíces. El niño, vivaz, aprendía rápidamente de memoria las mejores páginas de la literatura inglesa, al extremo que a la edad de siete u ocho años conocía a Shakespeare sin comprender bien qué significaban las palabras. Desde entonces tenía la costumbre de recitar o relatarse de memoria cuentos y fábulas en los momentos más inesperados.

Su juventud está marcada por el recorrido por los “ismos”, sin mayor convicción y casi a la deriva. Se acerca al socialismo, al radicalismo y al liberalismo. Su inconformismo fue proverbial, «odiando lo que a la mayoría de gente le gusta» por convencionalismos vacíos. Muy joven se inició como periodista en el “Daily News”, carrera que le daría renombre. Descreído como la mayoría de los jóvenes de su generación, traba amistad con un clérigo de la “High Church” anglicana llamado Conrad Noel. «Había —relata G.K.— ciertamente dos tendencias en lo que se llamaba emancipación de la fe de credos y dogmas del pasado». Este personaje, poeta y aristócrata excéntrico, se consideraba “socialista cristiano” y participaba de un grupo llamado “Christian Social Union”, apareciendo cuando Chesterton “no tenía religión”. Noel despertó en el periodista una preocupación por lo religioso y social que nunca le abandonaría. Desde aquella plataforma anglicana se dirigió a los obreros de Nottingham tratando de lo que consideraba el deber cristiano hacia el problema moderno de la pobreza industrial.

Fue una etapa de búsqueda para Chesterton. Estas indagaciones lo condujeron al deísmo, a las sociedades teosóficas y éticas, para alcanzar la conclusión de que no existían las religiones nuevas. Solamente «Israel desparramado por los montes como borregos que han perdido a su pastor, y vi un buen número de borregos salir corriendo vehementemente, balando, hacia cualquier vecindad donde creyeran encontrar un pastor».

El proyecto religioso iba tomando forma en Chesterton. Empezó a profundizar en la teología cristiana, que muchos rechazaban y pocos estudiaban. Descubre que las teorías negativas y naturalistas, que estaban de moda en su día, no encajaban en ningún lado, mientras que las enseñanzas teológicas se articulaban en la experiencia. En esta época publica “Heréticos”, que reunía algunos estudios sobre escritores contemporáneos suyos como Kipling, Shaw y Wells, explicando cómo cada uno de ellos «pecaba por error último o religioso». Menudearon las polémicas y Chesterton escribió una bien meditada explicación sobre su creencia de que la doctrina cristiana, resumida en el Credo de los Apóstoles, «podía ser una crítica mejor de la vida, y de ninguna manera equiparable a lo que había reprochado yo». La llamó “Ortodoxia”. En la sociedad moderna, reflexionaba G. K. Chesterton, sumidero de herejías inconsistentes, la única herejía imperdonable era la ortodoxia. «Una defensa seria de la ortodoxia –decía– era mucho más sorprendente para el crítico inglés que un ataque serio contra la ortodoxia para un censor ruso».

El paso siguiente no fue sorprendente. En 1922 G.K. Chesterton se convirtió al catolicismo, asociando su nombre a otros grandes conversos ingleses como Graham Greene y Christopher Dawson. Su ingreso al seno de la Iglesia Católica comenzó muchos años antes, cuando su entusiasmo batallador lo llevó a combatir una serie de doctrinas que él consideraba repugnantes: el materialismo, la teosofía, los espiritistas, el capitalismo plutócrata, el socialismo, el escepticismo y todo aquello que manifestaba la «disgregación espiritual y moral de nuestro mundo». Como ensayista y pensador fue comprendiendo que las verdades universales y perdurables que él indagaba se encontraban en el catolicismo. Luego G.K. confesaría, un tanto divertido, cómo se dio a alocadas búsquedas en clubes anarquistas o “babilónicos” lo que pudo haber encontrado en el catecismo o en la parroquia más próxima.

En sus idas y venidas el ingenioso escritor había trabado conocimiento con dos personajes que lo ayudarían en su conversión. El primero, el gran Cardenal John Henry Newman, quien lo antecedió en la conversión y le mostró, a través de sus obras, a Santo Tomás. El otro fue un cura de barrio pobre, el Padre John O’Connor, párroco de Bradford, a quien G.K. conoció en 1907 cuando visitaba el poblado de Keighley. Al concluir una conferencia, el escritor fue abordado por un joven sacerdote, jovial y comunicativo. La hermosa campiña invitaba a dar un paseo. Mientras caminaban Chesterton iba narrándole sus proyectos para escribir una obra crítica sobre las injusticias que plagaban la sociedad. Mientras tanto el sacerdote lo escuchaba pacientemente. Al concluir, el Padre O’Connor (éste era su nombre) desaprobó varias de sus ideas por considerarlas muy vagas. «Fue para mí —narraría G.K. más tarde— una curiosa aventura la de encontrarme con que aquel célibe amable y tranquilo había sondeado abismos más profundos que los que yo conocía, y había descubierto en el mundo ignominias que yo jamás pude imaginar».

Al crear un personaje para su serie policiaca, en donde intentaba presentar a un sacerdote para quien cada caso significaba, además de atrapar al malhechor, un enfrentamiento con la maldad y la superchería representada por el Maligno, G.K. pensó en O’Connor. Fue así como nació este particular “Padre Brown”, el detectivesco sacerdote a quien Chesterton describía como «un hombre inteligentísimo y humilde. Tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto».

Cuando la gente le preguntaba por qué había ingresado a la Iglesia Católica, él respondía: «Para desembarazarme de mis pecados. Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga realmente desaparecer los pecados de las personas». El perdón fascinaba a este corazón generoso. «Que yo sepa solamente tengo una virtud», explicó en cierta oportunidad: «Yo podría realmente perdonar hasta setenta veces siete».

En el año 1909 un grupo de religiosos había fundado la “Catholic Social Guild” con el fin de despertar entre los católicos un mayor interés por la injusticia social, llamándolos a cooperar en la promoción de reformas a partir de los principios católicos. La CSG no planteaba planes ni programas detallados. Cada católico debía promover el conocimiento de los principios generales y luego aplicarlos a situaciones concretas. G.K. Chesterton y su amigo Hillaire Belloc participaron activamente del movimiento, promoviendo una idea que llamaron “Distributismo”, que se oponía por igual al comunismo socialista como al capitalismo y propugnaba una amplia distribución de la gran propiedad en favor de la pequeña, así como y la disminución de la concentración capitalista. El ideal de esta utópica doctrina, promovida por Chesterton desde su propio periódico llamado “G.K. Weekly”, era una invitación al retorno a una vida artesanal más sencilla, alejada de la extrema industrialización, donde el hombre viviría en mayor armonía con la naturaleza. En el fondo todo partía de una preocupación de G.K. por la persona concreta, por los pobres y desvalidos. Un crítico diría de él: «Chesterton comprendía a su prójimo».

Aquel incansable batallador de la verdad falleció un 14 de junio de 1936. Ese día amaneció triste y sombrío en la casita de los Chesterton en Beaconfield. G.K. había partido para siempre. Inglaterra perdió a una de sus mejores plumas y con ella, algo de su ingenio y buen humor.

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Acerca de Alfredo G

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados. Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

  1. Qué bueno saber que existió alguien que por medio de sus talentos y una pluma, logró enfrentarse al mundo para expresar sus creencias y que finalmente pudo encontrarse con su infinito, y aún hoy es recordado por ello. Gracias Chesterton. ¡Gran artículo!

  2. Javier

    Alfredo, excelente articulo. Un bosquejo sencillo y ameno que nos introduce en una personalidad tan interesante como la de Chesterton.
    El buen humor es algo que se extraña en los pensadores de nuestro tiempo. Me parece que GK tuvo esa extraña combinación de ironía, Alegria y compasión que en el catolicismo encuentra su fundamento.

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