¿Era necesario un nuevo concilio?


¿Era necesario un nuevo concilio?
A 50 años del Concilio Vaticano II

 

Por Carlos Neuenschwander.

Con ocasión de los 50 años de la inauguración del Vaticano II los autores, conferencias y escritos sobre el tema se han multiplicado. Un breve análisis de los mismos evidencia, entre otras cosas, la variedad de posturas, en muchos casos contradictorias, en relación al lugar que ocupa este hecho en la vida de la Iglesia.

Hacernos la pregunta sobre la necesidad que hubo de convocar un nuevo concilio nos puede dar algunas claves para situarnos correctamente ante este acontecimiento.

Comencemos por escuchar lo que nos tienen que decir al respecto Juan XXIII y Pablo VI, los dos Papas del Concilio.

Juan XXIII y Pablo VI

En la Constitución Humanae Salutis, con la que el Beato Juan XXIII convoca el Concilio Vaticano II, el Papa afirma: «La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. […] La Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio» (Humanae salutis, n. 3).

Menciona varias características del mundo actual: el ateísmo, las revoluciones sociales, las dos guerras mundiales, la ambigüedad del progreso técnico, los esfuerzos que se hacen por alcanzar un nuevo orden mundial, etc., y continúa: «juzgamos que forma parte de nuestro deber apostólico el llamar la atención de todos nuestros hijos para que, con su colaboración a la Iglesia, se capacite ésta cada vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo» (Humanae salutis, n. 6).

El Papa Bueno constata que, si bien el hombre de nuestro tiempo ha logrado un cierto tipo de progreso, éste no es suficiente por sí mismo. La respuesta a sus interrogantes más profundos la tiene la Iglesia: el Señor Jesús. Por eso los católicos tienen la responsabilidad de salir al encuentro de la humanidad: «El mundo tiene necesidad de Cristo y la Iglesia es la que debe llevar a Cristo al mundo» (AAS 54 [1962] 678).

Es desde esta perspectiva que puede afirmar en el discurso inaugural del Vaticano II que el «supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio… Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792).

Luego del tránsito de Juan XXIII, en junio de 1963, Pablo VI decide continuar con el Concilio. En el discurso de apertura de la II sesión, el 29 de setiembre de 1963, citando las palabras anteriormente mencionadas de su predecesor, añade: «…la doctrina cristiana no trata sólo de analizar la verdad con la razón iluminada por la fe,  sino también es palabra creadora de vida y de acción. La autoridad de la Iglesia no se debe limitar exclusivamente a condenar los errores que la perjudican, sino también a promulgar documentos positivos y constructivos, que manifiesten su fecundidad. Si por lo tanto, el oficio del magisterio eclesiástico, no es sólo especulativo ni sólo negativo, es necesario que en este Concilio manifieste del mejor modo posible la fuerza y potencia del mensaje de Cristo, que dijo: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida” (Jn 6,63)». (AAS 55 [1963], 841-859).

En la última alocución pública del Vaticano II el 7 de diciembre de 1965, Pablo VI, haciendo una primera evaluación de los objetivos alcanzados por los padres conciliares afirma: «La Iglesia del Concilio sí se ha ocupado mucho, además de sí misma y de la relación que le une con Dios, del hombre tal cual hoy en realidad se presenta. […] El descubrimiento de las necesidades humana -y son tanto mayores, cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro sínodo». Más adelante añade: «La religión católica y la vida humana reafirman así su alianza, su convergencia en una sola humana realidad: la religión católica es para la humanidad, en cierto sentido, ella es la vida de la humanidad». (AAS 58 [1966], 51-59).

¿Progresistas vs Tradicionalistas?

A partir de los textos citados se ve con claridad como, tanto en las intenciones de Juan XXIII como en las de Pablo VI, el Concilio estaba llamado a suscitar en la Iglesia un renovado ardor por trasmitir el mensaje y la persona del Señor Jesús.

En los últimos 50 años, sin embargo, ha sido muy común leer el Vaticano II como una lucha entre tradicionalistas y progresistas. Si les dirigiéramos la misma pregunta –¿era necesario un nuevo Concilio?– ¿cuál sería su respuesta? Los primeros nos dirían que la Iglesia quiso un Concilio para ponerse al día con la historia y los segundos añadirían que en el intento terminó cediendo a las exigencias de la modernidad.

El 12 de octubre pasado, en un encuentro con los Obispos que participaron en el Vaticano II, el Santo Padre Benedicto XVI, hablando precisamente del “aggiornamento”, afirmaba: «Cincuenta años después de la apertura de aquella solemne asamblea de la Iglesia, alguien se preguntará si aquella expresión no haya sido, quizás desde el principio, completamente apropiada. […] Estoy convencido de que la intuición que el beato Juan XXIII compendió con esta palabra fue y es todavía exacta. El cristianismo no debe considerarse como “algo del pasado”, ni debe vivirse mirando perennemente “hacia atrás” porque Jesucristo es ayer, hoy y para la eternidad. […] Por eso el cristianismo es siempre nuevo. No tenemos que considerarlo como un árbol completamente desarrollado partiendo del grano de mostaza evangélico que crece, da fruto y, un buen día, envejece y pierde su energía vital. El cristianismo es un árbol que, por así decir […] es siempre joven. Y esta actualidad, este “aggiornamento” no significa ruptura con la tradición, sino que expresa su vitalidad continua; no significa reducir la fe rebajándola a la moda de la época, a la medida de lo que nos gusta o de lo que le gusta a la opinión pública; sino todo lo contrario: exactamente como hicieron los Padres conciliares tenemos que llevar el “hoy” que vivimos a la medida del evento cristiano; tenemos que llevar el “hoy” de nuestro tiempo al “hoy” de Dios”».

Me parece que el Santo Padre nos da dos claves importantes para responder a la pregunta que guía nuestra reflexión. En primer lugar es en este llevar el “hoy” de nuestro tiempo al “hoy” de Dios donde encontramos la motivación profunda del Concilio Vaticano II. En segundo lugar, necesitamos una mirada de fe para poder comprender este “aggiornamento” no como una ruptura con la tradición sino como la expresión de una vitalidad continua.

Y es, quizás, esta mirada de fe la que les falta tanto a los llamados progresistas como a los  tradicionalistas. Ambas posturas en el fondo ignoran la naturaleza de un Concilio. Para unos estaríamos ante una especie de Asamblea Constituyente que refundó la Iglesia, mientras para los otros habría sido el momento en el cual una minoría maniobro con éxito para introducir el modernismo en la Iglesia.

Si ignoramos o prescindimos de la acción del Espíritu Santo en su Iglesia nos hacemos incapaces de percibir al verdadero protagonista del Concilio. En el discurso ya citado a los obispos que participaron en el Vaticano II el Papa les decía: «El concilio ha sido un tiempo de gracia en que el Espíritu Santo nos ha enseñado que la Iglesia, en su camino en la historia, debe hablar siempre a la humanidad contemporánea, pero esto puede ocurrir solo con la fuerza de los que tienen raíces profundas en Dios (…) y viven con pureza su fe». Es por eso que «el Año de la Fe que hemos empezado nos sugiere el mejor modo para recordar el concilio y conmemorarlo: concentrarnos en el corazón de su mensaje que, por otra parte, no es otro que el mensaje de la fe en Cristo, único salvador del mundo, proclamada a la humanidad de nuestra época».

Sin la fuerza de la fe el riesgo de perder la perspectiva es extremadamente alto. Es curioso, por ejemplo, como ambas posturas extremas coinciden en su rechazo a los textos del Concilio. Los progresistas ven en el “evento” conciliar sólo el inicio a partir del cual habría que replantear todo el ser y la misión de la Iglesia y por lo tanto los documentos serían tan sólo fruto del compromiso del momento, llenos de “residuos del pasado”. Por su lado los tradicionalistas critican la “ambigüedad” de los textos conciliares ya que al asumir un estilo narrativo, no “escolástico” y “definidor” se han apartado de la tradición de la Iglesia.

Por el contrario el Papa Benedicto XVI, en la ya citada audiencia del miércoles 10 de octubre, señalaba la riqueza de dichos documentos, «a los que es necesario volver, liberándolos de una masa de publicaciones que a menudo en lugar de darlos a conocer los han ocultado». Asimismo añadía que «son, incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la barca de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta».

Así pues, la pregunta sobre la necesidad de convocar el Vaticano II nos puede ayudar a orientarnos en un panorama no siempre claro. De la respuesta que nos den los distintos intérpretes podremos entender la comprensión y la visión que tienen de la Iglesia y de su misión.

Desde el inicio de su pontificado Benedicto XVI está promoviendo una recta comprensión del Concilio desde lo que él mismo ha bautizado como una “hermenéutica de la reforma”, es decir, de una renovación en continuidad del único sujeto-Iglesia.

Quisiera terminar con las palabras del Santo Padre que en estos últimos días nos ha regalado claves fundamentales en su aproximación al Vaticano II: «El Concilio, por decirlo así, se nos presenta como un gran fresco, pintado en la gran multiplicidad y variedad de elementos, bajo la guía del Espíritu Santo. Y como ante un gran cuadro, de ese momento de gracia incluso hoy seguimos captando su extraordinaria riqueza, redescubriendo en él pasajes, fragmentos y teselas especiales. El beato Juan Pablo II, en el umbral del tercer milenio, escribió: “Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Novo millennio ineunte, 57). Pienso que esta imagen es elocuente» (Benedicto XVI, Audiencia General, Miércoles 10 de octubre 2012).

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