Cultura y encuentro


Michelangelo Buonarroti [Public domain], via Wikimedia CommonsEn lenguaje coloquial utilizamos la palabra cultura para referirnos a alguien educado o “cultivado”. También la usamos para referirnos al mundo artístico o quizá al intelectual. Podríamos estar hablando también del “ethos” de una sociedad, o de sus valores, sus aspiraciones, sus metas.

Este artículo es la primera parte de varios, en los que trataré de profundizar en la cultura, desde una perspectiva de la existencia, para tratar de orientarnos en la línea de una “Evangelización de la cultura”, a la que nos llama la Iglesia de diversas maneras.

El ser humano es un ser llamado al encuentro. Porta en su interior un hambre que, partiendo desde lo más profundo, lo impulsa dentro y fuera de sí en búsqueda. Este encuentro parte del encuentro con uno mismo, sigue en el encuentro con las demás personas humanas y con lo que llamamos la naturaleza, la creación toda. Pero el hambre del ser humano no queda satisfecho ahí, aspira al infinito, a un encuentro pleno. Este encuentro sólo se realiza en la comunión con la fuente de todo lo que es, con Dios. En este último encuentro, descubrimos la raiz y la meta de los encuentros anteriores, la luz que le da a los otros encuentros su dimensión plena y eterna.

Los encuentros no se dan en el vacío. El ser humano es un ser situado, en un tiempo y un lugar. Partiendo de estas categorizaciones básicas, la cultura la podríamos definir como el medio o espacio del encuentro. Así, en un sentido, la cultura es todo lo que rodea la vida del ser humano y favorece el encuentro en los distintos niveles que he mencionado: con uno mismo, con los demás, con la creación toda, con Dios.

Pero ¿De donde sale la cultura? De la misma fuente de la existencia humana, del único que puede crear de la nada, de Dios, que sale al encuentro del hombre y lo crea en un ambiente propicio para ese encuentro. Por otro lado, el ser humano, desde su creación, está llamado a ser partícipe de este impulso creador de Dios, a ser colaborador de la misión creacional, y por lo tanto está llamado a ser también creador, en un sentido analógico, de cultura, transformando su realidad y su ambiente concreto para el encuentro.

De esta definición general se puede deducir que la cultura no es simplemente un espacio o medio neutral, sino que el ambiente es cultura en cuanto que favorece el encuentro. Todo lo que atenta contra el encuentro, en sus distintos niveles, resulta siendo “anti-cultura”, o como lo llama el magisterio pontificio, “cultura de muerte”.

De esta definición general de cultura podemos entender que cuando la Iglesia habla de “Evangelización de la cultura” en sentido general, está haciendo eco directo de su misión universal: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”. O, como ya lo decía el Papa Pío XII: “Es todo un mundo que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de salvaje en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios”.

Hasta ahí llega esta primera parte.

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